“Una cosa es no querer tener hijos, pero otra muy diferente es no poder”, escribe una de las autoras de historiasdemamas.com.

La sala de espera era violeta pálido. Blanco o verde claro para hospitales, rosado para embarazos, violeta para problemas de fertilidad. Pareciera ser casi un código tácito de los especialista médicos.

Ya había estado en varias salas de espera rosadas sin estar embarazada, y a pesar de querer estarlo pasaron varios meses sin resultados. Algunos problemas que parecían ser hormonales nos llevaron a un especialista en fertilidad y endocrinología, “solo para estar seguros”. ¿Problemas de fertilidad? ¿Yo? Imposible.

Parecería que quedar embarazada es difícil cuando se quiere. De acuerdo a nuestro especialista, una pareja en sus veinte, totalmente saludable, tiene solo entre un veinte y un 25 por ciento de posibilidades de quedar en embarazo de manera espontánea. Las variables son muchas. El día del ciclo es solo una de ellas.

Varias muestras de sangre después de nuestra primera cita arrojaron una serie resultados que resumían que “solo hay un nueve por ciento de posibilidades de quedar en embarazo de manera espontánea”. Yo pensaba que iban a sugerirme tomar algo de sol, hacer yoga, meditar, dormir mejor. Tanto mi esposo como yo teníamos problemas y aunque podríamos seguir intentándolo un tiempo, probablemente sin resultado alguno, quedaba claro que la mejor opción era una intervención médica. Todavía me acuerdo quedarme mirando por la ventana del consultorio sin querer escuchar el resto del diagnóstico. Una cosa es no querer tener hijos, pero otra muy diferente es no poder.

Decepcionados y abrumados con la noticia decidimos tomarnos una vacaciones convencidos de que el cambio de ambiente iba a ayudarnos. Honestamente yo no creía lo que me decían y tampoco quise oírlo. “Debe ser un error”.

Y así, cuatro meses después, más muchas clases de yoga, meditaciones, ejercicio diario, vacaciones, ácido fólico y vitamina D con el desayuno, yo aún no estaba embarazada. Luego de varias conversaciones en las noches en las que no podíamos dormir, decidimos someternos a tres tratamientos de inseminación intrauterina (IIU), después de los cuales podríamos, dado el caso, seguir con tres ciclos de fertilización in vitro (FIV). Nuestro médico pensaba que tres inseminaciones no iban a dar resultado alguno dado el desorden hormonal que yo padecía y nos dijo que en su opinión experta necesitábamos al menos seis intentos. Él sugirió comenzar por la FIV porque creía que las inseminaciones no iban a dar resultados. Pero yo quería algo menos agresivo. Tres intentos de cada uno fue nuestra decisión.

Yo me culpaba de algo sobre lo que no tenía ningún poder. ¿Qué hice para causar esto? Me preguntaba también si era menos mujer por necesitar ayuda. Mi femineidad y el empoderamiento que la capacidad de crear vida genera, y mi imposibilidad para lograrlo, me hacían sentir insignificante y también muy sola.

Padecimos la dificultad en silencio. Ni mi familia, ni mis amigos más cercanos supieron por lo que pasábamos. Ya era suficiente con las preguntas de si iba a tener hijos, como para sumarle el estrés de ¿y entonces ya estás embrazada? No nos teníamos lástima, pero sí nos dolía mucho pensar en una casa vacía cuando fuéramos viejos. Veía bebés por todas partes, soñaba con bebés todo el tiempo. Además, debido a mis búsquedas en la red, los algoritmos de Google me enviaban publicidad de artículos de bebé y fotos de manitos y pies de recién nacidos. Internet sabía que había un bebé en mis planes y mi familia no tenia idea. Y yo no estaba embarazada.

Mucha de la literatura acerca de la infertilidad va dirigida a las mujeres, pero los hombres la sufren igualmente. Yo me sentía menos mujer, y mi esposo, claro, menos hombre. Intentábamos distraernos viendo películas, saliendo a caminar, cocinando en la casa. Pero el peso de una potencial vida sin hijos estaba ahí, acechándonos todo el tiempo.

La infertilidad es una dificultad de la que no se habla abiertamente, y muchas parejas entran en crisis porque sienten que no poder tener hijos es “la culpa” de alguno de los dos. Pero en realidad no es la culpa de nadie. Simplemente es. Y hay posibilidades, tratamientos y esperanza para quienes se enfrentan a estas adversidades.

Ahora, con mi bebé aquí junto a mí, intento recordar el proceso con amor y agradecimiento hacia mi cuerpo y hacia el amor incondicional de mi esposo. Intento no pensar en cuáles fueron las razones y también busco perdonarme por haberme juzgado tan duramente.

Ahora, ya desde el otro lado, veo que la infertilidad es un sentimiento además de una condición física. Y como tal también hay que tratarlo y necesita un canal de expresión. Creo que no hay pastillas, ni inyecciones, ni inseminaciones, ni nada que la mejore si no se habla de ella. La conexión entre el cuerpo y la mente es poderosa: no solo la mente logra lo que en nuestro caso pudo la medicina, pero acceder a un espacio mental de paz y aceptación me ayudó a estar en un lugar emocional más sano y tranquilo. Puse mi actitud y mis pensamientos en un lugar de abundancia y no de carencia.

Y desde ahí fue que pude, con amor, visualizar que mi familia iba a crecer en ese lunes festivo a las 8 de la mañana, conectada a mil aparatos, cuando el médico, con su bata violeta nos dijo: “hagamos un bebé.”
Mi historia termina en felicidad pura, en un proceso exitoso, un embarazo tranquilo y feliz y un bebé sano. La predicción de al menos seis inseminaciones y al menos tres FIV para, tal vez, y con poquísimas posibilidades, lograr un embarazo, nos puso en una desventaja estadística abrumadora. El hecho de que yo quedara embarazada en la primera inseminación, en contra de todas las predicciones médicas y matemáticas, puso en una desventaja estadística al resto de las mujeres que intentaban tener un hijo a través de una inseminación. Así son los números, y aunque mi embarazo fue gracias a la ciencia, cuando miro a mi hijo me gusta pensar que él está aquí porque yo lo quise mucho y porque él quiso mucho estar con nosotros e intento no pensar en pastillas, agujas, tubos y cables.

Aunque a menudo sigo viendo el color violeta en mis sueños.