Tomar la decisión de tener un segundo hijo no es fácil. Esta mujermamá está casi convencida de tenerlo y comparte sus argumentos a favor y en contra. ¿Y ustedes, se animan a tener más hijos?

He comenzado el proceso. Análisis médicos completos, papanicolaou, eco de mamas y, dentro de poco, vitaminas.

Lo he decidido (o al menos eso creo): ¡tendré un segundo hijo! Y prefiero soltarlo así, sin anestesia, porque cualquier meditación prolongada puede echar por tierra mi decisión.

Antes de ser mamá y aun sin tener pareja, planificaba la familia que quería integrar a futuro: dos o tres hijos, decía convencida, y hasta imaginaba que unos gemelos serían algo maravilloso en mi día a día, todo doble y vestidos iguales. Hoy me río de esas pretensiones. Qué ingenuidad trae la juventud. No puedo del todo con un huracán de dos años y yo quería tres.

Obviamente no tenía idea de todo lo que implica la maternidad. Sí, ya se sabe que el amor por los hijos es desmedido, pero es indudable que criarlos es un reto diario y una tarea que no termina nunca.

Cuando nació Gabriel y atravesé su alergia a la proteína de la leche, sus cólicos interminables hasta los casi cinco meses y que no durmiera ni tres horas seguidas, pensé que uno era un buen número y que era suficiente.

Mi papá suele decir que en cuanto a hijos uno es ninguno, dos son medio y tres son uno. Yo, que tengo tres hermanos, creo que el número ideal va en función de la paciencia (sobre todo) y el recurso de los padres.

Pero justamente pensando en esa filosofía de mi papá, recordé también que mi infancia estuvo cargada de muchos juegos en el patio, en la calle, bajo la lluvia o en el árbol de Guayaba de la casa de mi abuela con mis hermanos y primos. Hoy, aun a la distancia, si necesito algo sé que ellos están ahí para ayudarme, me han dado 7 sobrinos con los que mi hijo juega y de los que recibe mucho amor.

Entonces volví a abrir el debate interno de si cuando ya pasé los cólicos, llantos y malas noches y estoy por salir de los pañales vale la pena volver a empezar cero y hacerme cargo de dos. Si con uno hay ratos en los que uno siente que no tiene espacio, con dos, ¿cómo será? ¿Me quedaré sin vida?

Una amiga, que tiene dos hijos y con el primero vivió una etapa de alergias y cólicos aún peor que la que mía, dice que con el segundo nunca es empezar de cero porque ya tienes una experiencia previa. Ya sabes si llora por hambre, por dolor y conoces qué hacer en cada caso. Ya no existe ese miedo a lo desconocido.

Ella esperó 4 años para tener el segundo porque prefería que el primero esté más grande y pueda darle una mano. El segundo ha sido una experiencia exitosa de principio a fin. Y hoy los dos juegan y comparten, tanto que hasta ella piensa en un tercero.

A una buena amiga, en cambio, le ocurrió lo contrario. Con su primera hija todo fue de maravilla, dormía toda la noche y en su propia habitación desde el segundo mes, no hubo cólicos abrumantes y ninguna novedad más allá de comer y dormir para un recién nacido.

El segundo, que llegó justo a los dos años, fue todo lo opuesto a eso, se levantaba en las madrugadas en busca de teta y recién hace poco duerme de corrido. Hoy juntos son un terremoto.

Cuando le pregunto qué pesa para decidir sobre un segundo hijo me dice que no es la más indicada porque si regresara el tiempo no los tendría.  Y dice algo muy cierto: su amor es desmedido e incondicional hacia ellos pero cuando uno no conoce el amor de los hijos no le hace falta. El problema es cuando sabemos cómo es.

Ese amor por los hijos y la idea de dejarle un hermano a su primer hijo, de tres años, motivó a una prima de mi esposo a tener otro bebé. Lo meditó mucho y al final se animó. A diferencia del primero, que nació prematuro y padeció de cólicos, este agarra bien la teta y duerme casi de corrido. Pero el mayor no para con los berrinches, se levanta de madrugada, grita por todo, quiere estar a upa (cargado) y se niega a dejar el pañal. No lo vimos venir, confiesa.

Ahora se siente cansada y agobiada y con el esposo preguntan mitad en broma mitad en serio: ¿están seguros de tener el segundo?

Mi marido no tiene dudas. Yo, en realidad, sí lo medito mucho y analizo los colapsos que tengo al día por lo activo que es mi hijo, o los momentos en que se me agota la paciencia, probablemente diría que no y me quedaría con uno.

Sin embargo, aun consciente de que puedo colapsar más, también quiero dejarle un hermano, para que si mañana no estoy yo, o su padre, tenga un apoyo, para que conozca el amor de tío y sus hijos también tengan primos.

Otra amiga ha decidido dejarlo en manos de Dios. Está feliz con su hija de tres años y su rutina con ella y, aunque no se está cuidando y tampoco ha quedado embarazada, dice que no es su prioridad. Tuvo dificultades para concebirla y ahora no piensa someterse a tratamientos como lo hizo antes. Lo que tiene claro es que si antes de los 40 no ha quedado, se va a ligar.

Aunque comparte la idea de que tenga un hermano (ella tiene dos) cree que entre sus tiempos y paciencia con una le va ahora bastante bien después de unos meses iniciales caóticos.

La maternidad al final no deja de ser una caja de sorpresas. Hay quienes nos animamos al segundo después de experiencias no tan gratas y otras que van más motivadas porque con el primero les fue genial.

Lo cierto es, como dice mi amiga que quisiera tres, es que la maternidad genera uno de los dolores más ingratos: uno lo experimenta, se queja, dice no más pero luego se vuelve a ilusionar cuando siente ese olor a bebé o cuando ve unas manitas frágiles que te toman por el dedo y lo aprietan para recordarte que sí, eres mamá, y eres todo para ellos. Así que ahí vamos, por uno más.

¿Y tú te animas a otro más?