La cocina de mamá es ese lugar que los hijos recordarán por siempre. Por ello nuestra autora decidió que este lugar pasara de ser un cuarto de guerra a ser “un cuarto de paz en donde horneo, sazono, hiervo y cocino los alimentos que nutren día con día a mi hija”.

Antes de que naciera mi hija lo mío no era cocinar. Preparaba lo elemental y prefería otras opciones antes que pasar horas en lo que en esa época era para mí era un cuarto de guerra. Después tuve que emprender otra estrategia: ir con cautela y tratar de reconciliarme con mi enemiga la cocina. Luego la relación fue mejor, mucho mejor.

Mi trabajo compite con el tiempo que le puedo dedicar a mi hija, debo ser organizada y saber qué alimentos puedo preparar que cumplan los siguientes requisitos: 1) Saludables 2) Fáciles de preparar 3) Sin complicaciones para conseguirlos 4) Que si los preparo con cierta frecuencia, no dejen de gustarle a mi hija

Antes de iniciar mi reconciliación con la cocina, tomé en cuenta que mi paladar es de sabores definidos, nada de comida con sutilezas sino de un equilibrio entre los condimentos necesarios para llegar a un punto exacto en donde empieza lo delicioso. Aprendí a cocinar guiada por la intuición más que por las cantidades exactas o como lo dice el recetario de Cocina fácil o de la abuelita de no sé quién. ¿Vieron la película Ratatouille? Si la conocen, seguramente ya saben de lo que estoy hablando.

Empecé a darle a probar a mi hija, en la medida de lo posible, de todo lo que yo consumo. Obviamente que los alimentos que detesto jamás se los doy y no están incluidos en el menú diario. Claro, no somos iguales ni ella es como mi ramificación. Estoy consciente que tarde o temprano tendrá una independencia de mi gastronomía y entonces incluirá los alimentos que en este momento ni me atrevo a mencionar porque me da un poco de asco y bueno, hay que ahorrarnos el instante desagradable. ¿Están de acuerdo?

Comenzamos por el pollo en sus variantes: pollo cocido como dicen que les gusta a los niños, pero me parecía simple. Empecé a incorporar condimentos, incluso salsas y aderezos de ensaladas. Tenía que considerar que lo peor que me podría pasar es que la pequeña me hiciera cara de fuchi y me dijera un categórico: “No”. Pasé la prueba de carnes, aves y pescados, además de las pastas, el arroz y, ocasionalmente, frijoles. Los quesos eran suaves, no fuertes, hasta que un día se me ocurrió que probara un poco de queso de cabra. Fue de una torpeza innecesaria, gratuita. Era obvio que rechazaría ese sabor tan especial de ese queso, pero me ganó mi interés de que lo comiera. Para esta época, ya la niña no era tan pequeña, debió de haber tenido unos cuatro o cinco años.

Malabares y circo

Recuerdo que cuando Ana Luisa tenía entre los tres y los cinco años, llegué a experimentar esas maravillosas y coloridas recetas que dan como útiles y prácticas para los niños. Son como hacer malabares en una fiesta, inflar globitos o ponerse el traje de un payaso, así me sentí cuando comencé a diseñar en el plato: el pelo con espagueti, la cara era una carne de pollo o de res, los ojos unas rodajas de zanahorias, la boca era un trozo de jitomate abultado, el cuello de su camisa era un tanto caprichoso porque tenía holanes por todas partes de color verde que realidad eran unas hojas de lechuga, las orejas eran unos trozos de papa cocida y la nariz era un chícharo o alverja. Así creo haber realizado payasos, extraterrestres, muñecas y varias figuras de animales. Nunca me salieron las orejas de Mickey ni Woody de Toy Story. El resto de las imágenes que mi demandante hija solía pedir, las logré esculpir (y cocinar) en la medida de lo posible; no obstante, me sentía rara haciendo esos requiebros y extravagancias en la cocina.

Después dejé de hacer todas esas gracias, quedaron atrás los días en que el avión (la cuchara) iba en pos de la boca de la niña o cuando colocaba la comida en el tenedor y me hacía la distraída, me quitaba de su mirada para que ella tomaba el cubierto y se llevara la comida a la boca. Entonces yo ponía cara de sorprendida y le pedía una breve explicación: “Ah, ¿quién se lo comió? Yo dejé esto aquí y ya no está”. Y sus ojitos se iluminaban con una risa de complicidad, delatora y gustosa de seguirme quitando esos trocitos de pollo.

Llegó el momento de subirle de intensidad al sabor y, en la medida de lo posible, agregar más condimentos, nuevos alimentos, más frutas y verduras. Aquí debo hacer un alto. A muchas mamás les cuesta trabajo que los niños las coman, pero no hay que olvidar que los pequeños consumen estos alimentos por imitación y por gusto. Creo que con excepción de los champiñones, el pimiento verde y chiles picantes, mi hija consume una gran variedad de verduras. “Mamá, ¿por qué a unos niños no les gusta el brócoli?”, me dijo una vez. Mi respuesta: “Es que sus mamás no se los dieron cuando eran más chiquitos y no encontraron el gusto a esta verdura. Además, no a todas las personas les agradan las mismas cosas, son diferentes”.

Cuando me di cuenta que Ana Luisa empezó a aceptar bien las pastas con salsas de jitomate, de tomate verde, decidí incluir proteínas a esos platillos para que una plato con lasaña de pollo o carne, más ensalada verde, fuera un complemento nutritivo para ella. También sabía que la vitamina C, tan importante para los niños, la ingería en el brócoli, piña, kiwi, limón y naranja; sé que la guayaba contiene vitamina C, pero nunca he podido lograr que la consuma. A mi hija no le gustan las bebidas gaseosas. Siente que el gas en la soda le pica y no soporta esas bebidas. La pediatra dice que es mejor, así evita el consumo de exceso de azúcar y gas que tienen los refrescos. Ella toma agua natural o de sabor (limón, naranja, piña o jamaica).

Ahora va otra confesión, toda esta reconciliación con la cocina jamás habría sido posible si no hubiera tomado en cuenta los consejos de Lucía Bultó, nutrióloga y autora del libro Los consejos de Nutrinanny. Las soluciones que funcionan para la alimentación de los niños. Ella elaboró un decálogo que recoge los principios básicos de una guía en nutrición para niños, que tiene eficacia si se realiza con un plan de ejercicios físicos de acuerdo a su edad.

  1. No existen alimentos ‘malos’, sino frecuencias de consumo inadecuadas. Adapta las cantidades a la edad y al desarrollo del niño.
  2. Frutas y verduras a diario. Ofrece al niño frutas y verduras diariamente, de temporada, que aporten a su organismo vitaminas, minerales y fibra.
  3. Tres o cuatro raciones de productos lácteos al día. Sirven para asegurar el calcio que necesitan los huesos, en pleno desarrollo. Las opciones descremadas aportan la misma cantidad de calcio que las enteras.
  4. Utiliza aceite de oliva. Es el más recomendable para cocinar y tomar en crudo.
  5. Dos tomas de proteínas al día. Dos tomas moderadas al día de pescado, carne, huevoso pollo son suficientes para aportar al organismo de los niños la cantidad de proteínas que necesitan.
  6. Hidratos de carbono integrales. El pan, el arroz, la pasta, las patatas, las legumbres y los cereales aportan los hidratos de carbono complejos que el niño necesita. Si compras productos integrales, le aportarás fibras y aumentará su ingesta de vitaminas y minerales.
  7. Una buena hidratación es importante. Para beber, siempre agua. Los refrescos sólo en momentos puntuales y sin cafeína.
  8. Alimentación variada. Programa una alimentación que incluya alimentos de todos los grupos, sin abusar de ninguno de ellos. Todos los alimentos son buenos, lo importante es el equilibrio entre ellos.
  9. Alimentos envasados. La industria alimentaria ofrece productos de calidad que se adaptan a las nuevas tendencias de vida. Opta por los pescados en conserva y pocas verduras envasadas.
  10. Predica con el ejemplo. Cuida tu alimentación y tu hijo te imitará.

Ahora mi relación con la cocina es distinta. Nos entendemos, somos cómplices. Cada vez disfruto más el tiempo que estoy cocinando, a tal grado que decidí redecorar el espacio y hacerle los cambios necesarios para que tuviera más de mis pasatiempos: ahí cultivo plantas de ornato, comestibles y tengo un lugar para guardar pinturas, pinceles, colores. Tener en orden mi cocina me ayudó a quererla más, a estar más en contacto con los sazones y variedad de guisos que puedo realizar. De haber sido un cuarto de guerra, hoy es un cuarto de paz en donde horneo, sazono, hiervo y cocino los alimentos que nutren día con día a mi hija.

Y es cierto, cualquiera puede cocinar.

Fuente consultada:
Los consejos de Nutrinanny. Las soluciones que funcionan para la alimentación de los niños, de Lucía Bultó. Editorial Planeta. Madrid, 2012.

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