Katherine Villavicencio media en el recio debate entre madres: ¿se es menos mamá por tener un bebé por cesárea que por parto vaginal?

¡Las madres están en guerra! Y juro que no es ninguna nueva serie de Netflix, aunque haya material de sobra para un guion.

Hay quienes lanzan misiles secretos que se esparcen solo entre amigas, familiares o grupos de WhatsApp. Están las que explotan su artillería más pesada en redes sociales o foros de internet, o las que abiertamente van con una metralleta por la vida expresando su “desaprobación” con las formas o los métodos de los demás.

No importa el arma, hieren por igual. Y hieren a otras madres que, como todas en esta etapa, necesitamos apoyo y contención.

El tema parece ser lo de menos: si somos o no colecho, si porteamos o dejamos en el cochecito, lactancia exclusiva o biberón, papillas o blw (baby-led weaning o alimentación complementaria a demanda), crianza Montessori o tradicional.

Los debates y los consejos casi de libro están a la orden del día, cuando quienes somos madres sabemos que no hay un manual y que cada uno lo va escribiendo, con aciertos y tachones, a su manera o a lo que mejor le resulta. Ni siquiera los libros de los expertos funcionan siempre para todos.

Pero hay un enfrentamiento todavía mayor y que motiva este artículo: el parto. Ese momento, que debe ser la mayor prueba de amor que una mujer pasa en su vida, es motivo de crítica, de cuestionamiento, y de parte de las mismas mujeres.

Alguna vez escuché en una maternidad a una enfermera y a una tía lejana decir que quienes paren de forma vaginal sí son madres de verdad, que ahora la mujer es vaga y prefiere la cesárea. ¡Lo dijeron en serio! Y lo más triste es que se repite a diario.

Hoy, en cambio, suelo leer en redes sociales o en foros que una mujer que no da a luz por vía vaginal pierde la magia real del nacimiento, expone a su hijo o es antinatural por su condición de mamífera.

“Paren el mundo que me bajo”. Nunca mejor aplicada la frase de Mafalda. Llevamos nueve meses a un ser adentro, latiendo, creciendo y respirando a través nuestro, con las piernas cansadas, con el cuerpo ensanchado, con presión en los intestinos y la vejiga.

Luego lo traemos al mundo, con miedo, con dolor (porque ser madre duele no solo en lo físico) y con muchas agallas. ¡Damos vida! Y para eso arriesgamos la nuestra (ya estar en el trabajo de parto implica un riesgo y mucho más una cirugía con anestesia de por medio), y a la gente, a ciertas las mujeres, les importa más la forma.

Es verdad que cada parto tiene sus beneficios y perjuicios tanto para la madre como para el bebé, y que la Organización Mundial de la Salud (OMS) está preocupada por el aumento de las cesáreas en el mundo y en especial en América Latina y el Caribe.

En esta región, según un estudio de la misma entidad publicado en 2015, entre 1990 y 2014 la tasa de cesáreas pasó del 23 por ciento al 42 por ciento. Brasil (55,6 por ciento), Ecuador (49 por ciento), República Dominicana (56,4 por ciento), Chile (47,1 por ciento), Colombia (45,8 por ciento), Paraguay (48,7 por ciento), Uruguay (44,2 por ciento) son algunos de los países con las cifras más altas, más de la mitad de los partos, cuando la OMS considera que la tasa ideal está entre el 10 por ciento y 15 por ciento.

Es una realidad que si bien las cesáreas salvan vidas y debería ser aplicada solo cuando esté en riesgo la madre o el hijo, se vienen aplicando “sin que existan indicaciones clínicas”, ha dicho la OMS, por pedido de la madre, practicidad del médico para programar la cirugía o por los mayores costos.

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Pero eso, ¿te hace menos madre? Creo que no y que es imprescindible que toda mujer que llegue a dar a luz esté plenamente informada de lo que le va a pasar, de las opciones que tiene, del procedimiento al que va a ser sometida, de los riesgos y beneficios que implican, y que su decisión no sea producto del miedo o de la sugerencia del médico, de una amiga o familiar.

Di a luz de forma vaginal y sin terapia del dolor de por medio. Tuve un parto rápido, sin complicaciones, con mucha respiración y meditación. También con una carga de oxitocina, que no tenía idea que me generaría más dolor (si no, hubiera pedido que no me la aplicaran). Pero recibí a mi hijo en mis brazos de inmediato y al día siguiente ya estaba en casa haciendo de todo.

A lo largo de mi vida, nunca había entrado a un quirófano a operarme y tenía terror de entrar a uno a dar a luz. Me informé muchísimo sobre ambos partos y le dije al médico que quería que fuera vaginal. Él me contestó que siempre que las condiciones se den, así sería.

No siempre ocurre. A la semana 38 por una severa infección urinaria y un bajo de nivel de líquido amniótico, mi parto estuvo a punto de convertirse en una cesárea, una operación en la que a la mujer es anestesiada en la mitad de su cuerpo y le cortan siete capas de piel hasta llegar al útero y sacar al bebé, después cosen la herida y en su casa tiene que hacerse cargo de un recién nacido.

Después de vivir lo duro de los primeros días con un bebé, creo que es admirable que una mujer operada tenga que estar enseguida al 100 por ciento con su hijo.

Hay quienes eligieron cómo traer al mundo a sus hijos y no se arrepienten y otras, como Noris Arroyave, a quienes les tocó ir de urgencia a una cesárea para salvar la vida de su pequeño Luciano, de tres años.

Se había preparado desde el embarazo con buena alimentación y ejercicios para un parto vaginal, soñaba con recibirlo en su pecho y darle la bienvenida al mundo, pero ese día no completó la dilatación, su bebé cambió de posición en plena labor de parto y tuvo que ir a una cirugía porque el pequeño corría riesgo de asfixia. El bebé no lloró, tuvo que ser reanimado y fue llevado a terapia intensiva.

En esas condiciones le tocó vivir la otra cara de la moneda de las críticas punzantes. Fue de un médico que estaba de guardia en cuidados intensivos. Le dijo: “¡ah! Usted es la mamá que casi mata al bebé por querer dar a luz normal”.

Esa frase la derrumbó. “Me frustré en ese momento, pero después de todo, cuando comprendes que la cesárea es una cirugía que salva vidas de bebés y madres en circunstancias especiales, entiendes que al final, más allá del camino, la batalla que libraste fue hermosa, igual de mágica, porque pudiste darle vida a alguien, porque a pesar del peligro que implica (y que pocos entienden) lo lograste”, cuenta.

Por eso coincide en no juzgar a quien da a luz de una u otra manera, porque detrás de cada caso hay una historia. “Las mujeres somos las más duras con este tema. O sea, las que paren normal (vaginal) creen que son fuertes por haberlo hecho, pero eso al final es lo de menos”, dice.

Yo coincido. A qué viene la competencia, la guerra, si al final, en esencia, todos queremos lo mismo: lo mejor para nuestros hijos.

Por eso confío en que cuando queramos decir algo a otra mujer sea información útil (enlaces, libros, estudios), experiencias de nuestros partos para ayudar a que ese momento sea más llevadero y feliz, de la forma que fuere.

Siempre le voy a agradecer a mi amiga Libia por aconsejarme que al momento de las contracciones fuertes hiciera sentadillas para aliviar el dolor en las caderas. Las hice hasta el final. Todos me miraron raro y con desconfianza, pero tenía razón.

Hoy, después de lo vivido y con base a lo que he leído y sigo leyendo, quisiera tener un parto sin ningún fármaco (creo que sería menos doloroso), sin cortes y de forma vertical.

Pero uno nunca sabe lo que puede ocurrir, así que de la forma que se dé agradeceré que sea respetado y que no haya un dedo juzgón o una mirada inquisidora que ponga en duda que las mujeres damos vida y luz a este mundo.

Y tú, ¿qué tipo de parto eliges? Cuéntanos en los comentarios.