“Ese fríjol que no parecía ser más que una mancha en la pantalla, tenía un corazón y latía, latía dentro de mí”, escribe Catalina Palomino sobre la emocionante primera ecografía, que no es como la pintan en las películas.

Nunca planeé tener hijos, nunca me imaginé embarazada ni educando niños, mucho menos cambiando pañales o preparando papillas. La idea de tener un ser extraño creciendo dentro de mi, me aterraba, me parecía medio extraterrestre. Pero sucedió.

Amanecí un día con mareos, sensible a los olores y llorona como nunca. Solo por descartar la posibilidad, que yo creía nula, me hice una prueba de embarazo casera y allí apareció la temida liniecita azul. Estaba embarazada. Se lo conté a mi esposo que entró como en una especie de estado catátonico. Comimos al silencio del pánico que nos invadía y decidimos hacer otra prueba casera. Dos días y ocho pruebas caseras después yo seguía embarazada, así que llame al ginecólogo. En esta primera visita me dio una cantidad de recomendaciones: tomar ácido fólico, no comer nada crudo, nada de alcohol, drogas, cigarrillos, ni papaya. Hicimos cuentas para calcular la fecha del nacimiento del bebé y quedamos de vernos después de la primera ecografía.

Para esta primera ecografía mi esposo fuera de la ciudad así que le pedí a mi madre que me acompañara. La mujer no veía la hora de publicar en las redes sociales que por fin iba a ser abuela, que sus oraciones habían surtido efecto y su hija por fin le daría un nieto. Pero me habían dicho que era mala suerte publicarlo antes de los tres primeros meses y además, después de mi tour por “google”, estaba más que pesimista.    Según las estadísticas, el 75% de los primeros embarazos se pierden durante el primer trimestre, es algo mucho más común de lo que se cree, pero nadie habla de eso.

Yo todavía seguía dudando de la credibilidad de las infinitas pruebas de embarazo caseras y no lograba hacerme a la idea de alguien creciendo en mi panza. Hasta el quinto mes de embarazo me dirigí al bebe como “the thing”.

Esta primera ecografía no es para nada como la vemos en las películas. No te ponen ese gel sobre la panza ni ves perfectamente formado a tu bebé. La primera sorpresa es que es “transvaginal”. Cuando me di cuenta de esto, agradecí no haber invitado a mi padre.   Para el procedimiento se necesita tener la vejiga medianamente llena, así que media hora antes me tome un litro de agua. Mala idea. Para cuando fue mi turno estaba a punto de explotar y fue entonces que descubrí que en el embarazo ese tema no da mucha espera.

La primera ecografía se hace para comprobar que efectivamente estés embarazada y que el embrión este donde debe estar, es decir, en el útero. Se descarta un embarazo múltiple y el médico toma una serie de medidas para saber exactamente cuanto tiempo hace que “the thing” está ahí.

Todo eso yo ya lo había leído cuidadosamente en todas mis búsquedas por internet, búsquedas que pronto me quedarían medicamente prohibidas. Sin embargo, nada de lo que apareció en la ecografía parecía un bebé. Yo, en lo personal, no vi más que un pequeño fríjol. Me sentí la peor madre del mundo, no lograba tener ninguna conexión con el poroto. Mi madre conmovida tomaba fotos de la pantalla con los ojos llenos de lágrimas y yo… nada.

Pero entonces, el médico encendió el sonido. En esta primera ecografía no se ve nada, pero se puede escuchar el latido del corazón del bebé.  y entonces, me pegó…. Ese fríjol que no parecía ser más que una mancha en la pantalla, tenía un corazón y latía, latía dentro de mi. Eso fue todo lo que necesite para tener la conexión, para entender el milagro de la vida… no deja de parecerme medio extraterrestre, pero milagro al fin y al cabo.