A nuestra autora le hubiera gustado que alguien le contara la verdad sobre el parto, no solo el lado mágico. Por eso comparte su historia con las usuarias de HistoriasdeMamás.com.

Yo fui de las pocas mujeres afortunadas que tuvo un embarazo sin ningún problema. No sentí mareos matutinos, no se me hincharon los pies, no tuve incontinencia, no detesté a mi marido y los antojos, aunque raros, no fueron a horarios exóticos ni con un desespero casi animal. Mi embarazo fue el soñado por todas, y, es por eso, que siempre esperé que el parto fuera más o menos lo mismo.

Para mí, el parto siempre fue algo lejano, no solo en el tiempo, sino algo lejano de mí, de esas cosas que uno cree que no le pasan. Aunque fui a esas clases de premamá que supuestamente lo preparan a uno para tan magno evento, nunca fue realmente claro lo que iba a suceder. Hoy en día creo que nadie lo tiene claro y por eso le dicen a uno tantas cosas inútiles y de las que ninguna se va a acordar en medio del trabajo de parto.

Entonces recurrí a mis amigas en busca de información. Y ellas, al ver que la fecha se acercaba, decidieron hacer el ultimo y muy tardío baby shower. Todas mamás, todas con sus recuerdos muy lejanos a la realidad. Todas recordaban la felicidad al ver a sus hijos en brazos, algunas recordaban el dolor como algo pasajero y ninguna recordaba cuántas horas había durado el trabajo de parto.

En medio de las risas y teorías de todas estas madres, me pare al baño y note que había salido lo que el medico había descrito como “el tapón”. Yo lo vi y tuve dudas.  Pero, como me negaba a aceptar que el día se acercaba, no le di importancia. Luego de una cantidad importante de consejos inútiles, llegamos a la conclusión de que es culpa de Hollywood que nos hace creer que las mujeres rompen aguas y tienen los hijos en cuestión de minutos.

Llegando a casa sucedió, como en las películas, rompí aguas y quedé parada en un charco de líquido, muda y en pánico, ante la mirada congelada de mi marido. El momento había llegado.

Nada, absolutamente nada de lo que uno se imagina es así. Tampoco lo que le dicen en el curso de premamá o en los showers con las amigas. Todo sucede como si fuera parte de un sueño, un muy doloroso sueño.

Para comenzar, las contracciones no duelen en la panza, duelen en todos lados, la espalda, la panza, las piernas y sobretodo, la cadera, dios mío cómo duele la cadera.

En la clínica me recibieron con un tacto y una sonda urinaria sin anestesia en medio de las contracciones. Me conectaron a toda clase de monitores y me prohibieron levantarme de la cama. A mí el cuerpo me impulsaba a pararme, quería acurrucarme, aliviar el dolor en la espalda, pero el protocolo no lo permite. Mi paciente esposo intentó recordarme la respiración como nos la enseñaron en el curso, el pobre fue a parar a una esquina bajo amenaza de homicidio.

Empecé el trabajo de parto a las once de la noche. A las cinco de la mañana, después de siete tactos, un cambio de turno de enfermeras y haber tenido que usar el pato (silla sanitaria), el cansancio y el desespero me hacían pedir a gritos una epidural, un abogado o humo, lo que fuera que sacara la criatura de mi cuerpo y me diera algo de alivio.

A las siete de la mañana y en medio de una contracción, el anestesiólogo metió una aguja en mi columna vertebral y me alivió por un rato. Pero pocos minutos después los monitores prendieron las alarmas, el bebé estaba sufriendo lo que llaman estrés fetal. Nadie nunca me había hablado de eso y sentí pánico. En cuestión de minutos estaba en el quirófano y en pocos segundos, Camila estaba en brazos del obstetra.

El parto no fue para mí un momento mágico, ni mi esposo tuvo tiempo de ver nacer a nuestra hija ni la pusieron sobre mi pecho para darnos una primera mirada. Mi parto fue un momento de pánico, cuestión de vida o muerte después de una noche interminable de dolor. Me regaló el amor más grande del mundo y me cambió la vida por completo. Aún así, hubiera agradecido que alguien me contara la verdad, no solo el lado mágico. Porque lo mágico viene después, y alguien debería prepararnos para semejante punto de giro.