Nuestra autora sufrió de Hiperémesis Gravídica, lo mismo que ha hecho famosos los embarazos de Kate Middleton. Aun así, escribe, esas náuseas que la mandaban frecuentemente al hospital no tenían nada de “chic”.

Cuando a la princesa Kate la hospitalizaron por Hiperémesis Gravídica, la dolencia sonaba tan chic que muchas mujeres alrededor del mundo fueron al médico con la esperanza de que el diagnóstico de sus náuseas fuera como el de la princesa y así poder ser igual de chic y decir “tengo lo de la princesa Kate.” Leí eso en alguna revista de entretenimiento light hace unos meses, cuando yo ya había dado a luz luego de nueve meses de una dolencia que Kate hizo famosa.

Si las madres gestantes que querían ser cool cargando con ese malestar supieran lo que es, creo que se avergonzarían de haber intentado ser diagnosticadas con la misma.

Hiperémesis Gravídica es una complicación del embarazo que no tiene causa conocida. Se le atribuye a muchas cosas y a ninguna: desórdenes en la tiroides puede ser una, y mala suerte puede ser otra. Se manifiesta con episodios de vómito, más de tres al día, pérdida de peso y deshidratación. Las náuseas de la mañana suelen superarse luego de la semana 14 o 20 del embarazo, pero la Hiperhemesis puede durar hasta la semana 40.

Yo entré a la sala de partos vomitando.

Todo comenzó… bueno todas sabemos cómo comenzó todo. Pero mis náuseas no fueron lo que yo esperaba o lo que oía de otras madres, como el malestar en la mañana, o el vómito ocasional.

Lo primero que noté muy temprano en mi embarazo fue que el olfato se había agudizado a la enésima potencia y olores que antes no me molestaban, como una inofensiva olla de arroz en el fogón, ahora eran catalizadores de un malestar que me recorría la espalda con un sudor frío y que culminaba, cuando estaba de suerte, de rodillas en el inodoro. Digo de suerte porque usualmente no alcanzaba a llegar al baño.

Con las semanas ya mi manejo del asunto fue tal que cargaba bolsas de hospital en la cartera y vomitaba sin pena ni sonido en cualquier lugar, en la calle, el cine, el mercado, la droguería. Aprendí a ser tan silenciosa que a veces ni mi esposo se daba cuenta de mis viajes al baño en las noches en las que el mareo y las náuseas no me dejaban dormir.

Aún hoy muchos alimentos que alguna vez fueron mis favoritos me hacen salivar profusamente y traen a mi cabeza el recuerdo del malestar. ¿Quien pensaría que una papa cocida en agua pudiera ser tan malévola?

Tuve que ir al hospital por líquidos intravenosos varias veces; ya me conocían en la entrada y el portero me veía y acercaba la silla de ruedas. Las enfermeras me consentían la frente, y yo ya sabía a qué brazo le tocaba el pinchazo esta vez. Muchas veces ni llamé a mi esposo porque no valía la pena hacerlo salir de la oficina para que me viera tendida en una camilla de hospital con una toalla en la cara. Porque lo otro es que el mareo se asemejaba a una migraña. Estar en silencio en la oscuridad muchas veces era la solución.

Para mi infortunio mi trabajo era, y es, frente a una pantalla de computar, bien luminosa. Mis horas de trabajo se vieron afectadas y tuve que pedir ayuda muchas veces; mis horarios estaban al revés porque durante algunas semanas me sentía mejor de noche y en ese horario comencé a trabajar mejor. Dormía de día, en parte para no tener que sentirme mal; aunque a veces, aún acostada, me daban ganas de vomitar.

El gran problema con esta dolencia no es vomitar –a pesar de lo desagradable y de toda la energía que requiere–, sino que impide subir de peso de manera saludable y el bebé se puede ver afectado. Pero ¿quién se comería una ensalada con aceite de oliva y un pescado cuando las náuseas llegan? ¡Guacala! Hasta una galleta de soda era una proeza.

En el hospital aprendí que había que comer, tomar algo y tratar de no vomitar durante dos horas. Y así en la casa, comía bocados cargados de cosas nutritivas y me acostaba de lado dos horas, en silencio, sin pantallas de teléfono, tal vez con música muy baja y cerraba los ojos. Y dos horas después intentaba caminar unas cuadras para tomar aire.

Así fueron las primeras 20 semanas, en la cama, de rodillas, con bolsa de hospital en la cartera, con miedo a vomitar encima de alguien (me disculpo con aquella enfermera, pobrecilla).

En mis primeros cuatro meses de embarazo perdí 3 kilos; me daba hambre pero no podía comer, y si comía, vomitaba; me daba mucha sed, pero tomar líquidos en sorbos grandes me hacía vomitar y en sorbos pequeños no me calmaba la sed. Me dio acidez y gastritis y las frutas que me daban ganas de comer solo empeoraban el malestar. Mi hijo debe tener en su ADN trazas de naranja, que comí, disfruté y vomité sin parar durante 30 semanas.

La acupuntura ayudó a apaciguar el malestar y a controlarlo en las noches para poder descansar. Lastimosamente abrir los ojos era una tortura porque si me iba bien lograba llegar al baño, usualmente el hecho de sentarme ya me tenía con la bolsa en la mano.

Aprendí a comer cosas pequeñas y calóricas. Masticarlas lentamente en microbocados y nunca tomar y comer al tiempo. Un ejemplo era una bolita de proteína hecha con mantequilla de almendras, avena, semillas de chia y miel de maple. Una bolita de esas del tamaño de una albóndiga me servía de snack, y aunque la meta eran cuatro al tiempo con un vaso de leche de soya, con una me daba por bien servida.

El truco siempre fue estar un paso adelante y seguir mi instinto. Pero sin ayuda médica creo que no hubiera llegado a la semana 30 con un peso relativamente saludable, aunque siempre por debajo de la recomendación. La ayuda de una nutricionista fue clave, por lo que la recomiendo a quien sufra de esta dolencia o cree que sus náuseas están fuera de control.

Estuve en medicación para apaciguar los síntomas hasta la semana 30, luego el vómito disminuyó, pero nunca desapareció. Aunque se volvió ocasional, tres veces por semana y no de cuatro a seis por día. Igual, como lo dije, con la primera contracción llegó una ola de náuseas que aún me da pesadillas.

Dice la creencia popular, y hay estudios médicos que lo corroboran, que cuando la madre tiene muchas náuseas y vomito en el embarazo, el bebé nace peludo. La hormona que induce el vómito es la que se dice, causa la cantidad de folículos que desarrolla un feto. A ese ritmo yo pensaba que mi hijo iba a nacer más parecido a Chewbacca que a un humano. Pero sin exageración, lindo y todo, sí era más peludo que el promedio… dato curioso.

En todo caso esa dolencia no se la deseo a nadie. En cierta medida es una de las razones por las que no quiero otro hijo, porque el malestar acabó con mi rutina, con mi ánimo y puso en riesgo la salud de mi bebé y la mía.  De mi experiencia solo puedo recoger lo que a mí me sirvió y aquí unos breves consejos:

  1. Confíen en su instinto. Si se sienten mal en las primeras semanas y creen que hay algo adicional a simples náuseas, pidan ayuda. Vayan al médico.
  2. Consideren terapias alternativas como acupuntura o acupresión. Hay manillas que ayudan a las náuseas y ejercicios para hacer en casa que alivian en momentos de crisis.
  3. Coman lo que puedan, cuando puedan. Las ventanas para comer son pocas y es importante aprovecharlas. Yo tuve un mes relativamente tranquilo, solo uno, y ahí fue cuando mejor pude comer sin devolver cada bocado.
  4. Lleven en su cartera agua fría, toallitas húmedas, bolsas de hospital de vómito, cepillo de dientes y crema dental, su medicación y una nota en la billetera que diga que sufren de Hiperémesis, el teléfono del doctor y su contacto de emergencias. Un desmayo no está fuera de las posibilidades.
  5. Descansen y aprovechen las licencias de enfermedad en sus trabajos. Forzarse a trabajar solo agrava la condición.
  6. Lleven en la cartera alimentos saludables ya porcionados. No coman mucho así se sientan bien. Mastiquen mucho y esperen luego de cada bocado. Atorarse de comida aprovechando un buen día solo rebota los jugos gástricos y lo que viene después de eso… bueno ya saben. Náuseas.
  7. Sean amorosas con ustedes mismas. Nada de lo que sucede es su culpa, ni hay nada que puedan hacer para solucionarlo (además de las indicaciones médicas). Así que sean pacientes y respiren profundo. ¡Imaginen a ese bebé bien peludito en sus brazos!
  8. Acudan a remedios caseros, pero con supervisión médica. Muchas hierbas medicinales pueden ser contraproducentes. A mí me sentaba muy bien el té verde sin cafeína y el agua de apio. No sé cuál era más feo, pero me aliviaba mucho tomarme una taza de a sorbos pequeños.
  9. La actividad física debe estar supervisada por el médico para evitar bajar de peso, con tan poca comida dentro es peor gastar calorías que no se han consumido. Aun así, caminar y respirar aire puro ayuda al ánimo, así sea una vuelta corta por el barrio, ver gente y respirar otro aire siempre me hicieron sentir mejor, aún en los peores días.
  10. Pidan ayuda a familiares y amigos para organizar la casa para la llegada del bebé. Actividades extenuantes no son recomendables. No tengan afán de tener todo listo, poco a poco, una cosa a la semana, un día a la vez.