Pocas decisiones son tan trascendentales y generan álgidos debates en el embarazo, como la elección del nombre del bebé. Esta es la historia de una larga controversia y una feliz resolución.

 

Escoger el nombre a nuestros hijos puede ser algo creativo, pero a la vez complicado, casi como armar pacientemente el cubo de Rubik. Las propuestas surgen en un laberinto intrincado de posibilidades. Pensamos con detenimiento lo que representa para nosotros y damos paso a tres vías: un no rotundo porque nos parece inadecuado, un tal vez (y eso quiere decir que lo repasaremos) y un me gusta que remite a una larga lista de opciones.

La elección no es sencilla, menos aún si queremos desmarcar a ese nuevo ser de toda carga familiar o reminiscencia que nos evoque a cierta persona. Que se llame como tu padre, no como tu abuelo, como tu mamá o como tú. En medio de la decisión crucial que se nos presenta, las frases sonarán como tambores de guerra. ¿En qué momento se inventó la democracia para elegir el nombre del bebé?, ¿por qué debo conciliar con mi pareja?, entre otras preguntas, rondaban en mi cabeza.

La situación era preocupante. Al padre de mi hija se le ocurrían propuestas que inmediatamente rechazaba por considerarlos más propios de modelos de revistas que de una niña. Él pensaba en Ana Libia (referencia joyceana), Nora (como se llamó la mujer de James Joyce), Leonora (por Leonora Carrington y sus mundos alucinantes), Rita (seguramente por la estrella hollywoodense). Y no es que no sintiera respeto por la vida de estas mujeres de ficción y no ficción, pero sus nombres no me encantaban para mi hija.

Diego fue la primera opción, en eso coincidimos ambos cuando pensamos en la posibilidad de que fuera niño. Diego porque sería el nieto número diez de su ascendencia paterna y porque Maradona llevaba la camiseta con esos dígitos. Un amigo mutuo nos hizo la siguiente recomendación: “Ya se fijaron en la cacofonía, será Diego Toledo”. Dicho de forma rápida era: Diegotoledo. Tenía razón, era nuestro único punto en común y no era una buena elección. No obstante, la posibilidad de hacer honor a la afición del balompié se esfumó cuando me enteré que esperaba una niña.

Volvieron a salir a relucir los nombres que casi me provocaban un calambre en el estómago. No. Había que lograr una conciliación, necesitábamos urgentemente un árbitro. Leía nombres y nombres, y pocos pasaban a la segunda vuelta. La panza crecía, las preguntas incómodas de cómo la van a llamar estaban a la orden del día. Poníamos cara de quién sabe, falta tiempo, pero en realidad no tanto. En esos menesteres siempre se presenta la amiga de la familia, la tía, la abuela, la persona que nunca se aparece pero esta vez sí, que quiere (a toda costa) el nombre de la bebita para mandarle hacer #noséquémonadamáslinda de regalo. Ni eso resultó para que adelantáramos la elección: ninguno de los dos cedía terreno.

Quiero continuar mi relato no sin antes aclarar que si alguien ve su nombre anotado, no haga una mueca de ombligo después de un parto, pues el que no me agradara para mi hija no significa que remitan a epítetos desdeñosos. Tenía una clara conciencia casi celestial, nada de María en el nombre de mi hija. Me llamo María del Carmen y tuve que aprender a aceptarlo. Carmen me gusta, María no, y menos del. Cuando colocaban mi nombre en los boletos de avión (antes no había tantos espacios), la computadora simplificaba mi identidad con Madel. Fui varios años Madel y eso me hizo aborrecer la abreviatura de María del.

En mi familia mi abuela, mi madre y yo llevamos el nombre de María antepuesto a otro. Así se usaba por una costumbre religiosa. En estos menesteres de usos y costumbres, también optaban por Guadalupe, y muchas niñas llevaban ese nombre. Luego en los años setenta, la tendencia cambió de nombre a Claudia. Fue como una epidemia, había Claudias por todas partes.

Cuando se me ocurrió meter la nariz en los libros de nombres para el bebé que hay en el mercado, vi tantos que acabé por marearme, acaso como cuando vas al departamento de perfumería de una tienda departamental y empiezas a oler y probar los aromas: te gustan varios, pero no logras decidirte por uno en especial.

 

Tomando en cuenta mi experiencia al elegir el nombre del bebé, es necesario considerar que:
  • La decisión la deben tomar los padres, nadie más (eso excluye a hermanos, abuelos, tías y tíos, vecinos, compadres, amigos del Facebook y seguidores en twitter)
  •  Honre tu identidad cultural y familiar. (En la Dirección de Registro Civil de Oaxaca, se les negó a los padres poner un nombre indígena a su hija, “Po”, que en mixe significa “Luna”. ¿Es necesario llegar a este tipo de errores por parte de las autoridades?)
  • Refleje las cualidades que quieres para tu bebé. (Hace más de 20 años, el nombre de Lorenzo y Lorenza significaba que alguien no estaba en sus cinco sentidos. Y la frase: Estás Lorenzo, quería decir que te encontrabas en la ingenuidad total, loco o equivocado al pensar tal o cual cosa)
  •  Con el paso de los años, le permita sentirse orgulloso de su nombre (En el himno nacional de México se canta: “Mas si osare un extraño enemigo..” Alguna persona, cierta ocasión, creyó que Masiosare era un nombre y se lo puso a uno de sus hijos).
  •  Es necesario evitar iniciales que deriven en chistes, cacofonías y albures que resulten vergonzosos. (Mónica Galindo, Zoila Reyna de las Flores, Jimena Rico y de cariño o burla le dicen Jime Rico, Aniceto del Río Chico).
  • No tomen en cuenta el país o la zona en donde se conocieron los padres ni lo mucho que les gustó su luna de miel en tal sitio. (Los que hacen lo contrario llaman a sus hijos América, Bolivia, Marsella, África, Grecia).

Por fin, un afortunado día, después de varias batallas y momentos de indecisión, llegamos a una tregua: la niña tendría dos nombres. Tú eliges uno y yo otro. Era una propuesta que no podía rechazar, tal vez me gustaría un nombre compuesto. Alejandro borró de su mente esa lista con designaciones que yo detestaba y se limitó a uno: Luisa. Y yo recordé que María con Luisa me parecía un nombre convencional de señora de fin del siglo XIX, o como se llama al ensamblado de los cuadros cuando los colocan con vidrio y va una maría luisa. Sin embargo, Luisa con Ana me agradaba. Luego vino la canción de Tom Jobin, brasileño, hizo más fuerte mi corazonada. Es una armónica composición; la escuchaba mucho cuando estaba embarazada, todavía si la oigo se me humedecen un poco los ojos cuando rememoro la plenitud de aquella época de gestación y amor. La melodía y letra de Tom Jobin vino a concretar nuestra decisión: Ana Luisa. Las invito a escucharla: https://www.youtube.com/watch?v=sBDzNQwXQwU