Estar embarazada es como recibir un combo completo de síntomas y antojos. Lo bueno es que el combo viene con papas fritas. Un artículo sobre esos “regalos” del embarazo.

Después de dos años de planificar, decidimos con mi esposo que era el momento de empezar la búsqueda del hermano para Martín. Solo había pasado un mes desde que suspendí las pastillas anticonceptivas y me negaba a creer que estuviera embarazada tan rápido. Pero un día, en una salida a almorzar, sentí un deseo enorme de comer pollo broaster, frito y crujiente, que no me gustaba hasta ese día. Esto generó la sospecha de que un bebé venía en camino.

Devoré el pollo como si llevara años esperando ese momento y en los siguientes días al sentir el aroma de las comidas enloquecía por probar un bocado. Esto no era normal, algo me pasaba y efectivamente era Gabriel.

Asumí los antojos. Finalmente son uno de los “regalos” del embarazo. Es típico antojarse de mango verde con sal, helados, comidas rápidas o alimentos “prohibidos” que es mejor evitar, o comerlos con precaución como el sushi, mariscos, ceviche o una cerveza bien fría. La mayoría de personas y médicos dicen que no se puede, que es peligroso para el bebé. Mi consejo es preguntar al ginecólogo y no creer lo que dice la gente o la web, el sushi se puede comer bien cocido y el grado de alcohol que tiene una cerveza o un vino no representa un riesgo real, concluí.

Ningún embarazo se parece a otro

Con Martín, mi primer bebé, no tuve muchos antojos de comida, tenía tiempo para dormir y me dediqué a las clases de yoga prenatal en la piscina y en el parque. Fue un embarazo tranquilo y sin mayores sobresaltos. Me fui de vacaciones a Perú, hice tours, probé su gastronomía y recorrí ciudades y sitios históricos.

Pero con Gabriel la historia fue otra. Tuve un carnaval de síntomas. Fue un combo todo incluido de cambios físicos, hormonales, mareos y molestias.

Una de estas molestias fue el reflujo, a veces más agudo, a veces más suave, pero sin una solución efectiva. Los que saben recomiendan comer pocas cantidades de comida y más seguidas, caminar después de comer, no llenarse, no cenar después de seis de la tarde y mil cosas más que apaciguan el síntoma pero no lo acaban. En el mercado existen todo tipo de medicamentos y hasta sachets para llevar en la cartera, pero nada acaba con ese ardor infernal que sientes subir por el esófago. ¿Qué hacer? Nada. Aprender a vivir con él.

Así pasa con muchos síntomas del embarazo, el único consuelo es que después de nueve meses todo volverá a la normalidad.

Los cambios físicos son quizás el impacto más fuerte para la vanidad femenina. La barriga que primero se asoma tímidamente y luego en el tercer trimestre sale en su esplendor, a veces imponente y majestuosa, otras puntuda y delicada. Generalmente dejando huellas eternas en nuestra piel, que nos mortifican y al mismo tiempo nos recuerdan el milagro de la vida, las famosa estrías.

Pero detrás de esa barriga que pesa y nos hace doler la espalda, la pelvis y el nervio ciático, existen otros cambios físicos por los que pasa una mujer. Manchas en la cara, una coloración oscura en cuello, axilas e ingle, acné en la espalda, vellos y verrugas a la vista y esa línea negra peluda en la barriga que le sale al 90 por ciento de las mujeres embarazadas y es absolutamente horrible.

Encima de todo, el baño se vuelve nuestro segundo hogar, el peso y tamaño de la panza presiona nuestra vejiga que pierde capacidad y nos obliga a visitarlo mil veces, al punto de interrumpir el sueño nocturno.

En el embarazo de Gabriel padecí las molestas hemorroides. Medicamentos, cremas, supositorios naturales de sábila y baños de asiento fueron algunas de las estrategias que me daban un alivio momentáneo, porque la situación no tenía solución. Gabriel estuvo todo el embarazo sentado cómodamente en mi barriga y con su peso presionaba todo dentro de mí. Descanse el día que ese bebé de 3.820 gramos salió de mi cuerpo.

Esa fue una lección de la vida y del embarazo: todo pasa y nada es eterno.

Son formas de ver la vida y asumir el embarazo. Algunas mujeres se quejan y amargan todo el tiempo, se deprimen por perder su figura, se aburren con los síntomas y no buscan la parte positiva de esto.

Recuerdo con alegría cómo pasaba dichosa delante de largas filas de personas en los bancos o supermercados haciendo valer mi preferencia, no tener que hacer dietas ni comer con remordimientos, ni contraer el abdomen al caminar, al contrario ahora podía lucirlo con confianza.

El embarazo es una forma de conocer nuestro cuerpo

La mayoría de mujeres no conocemos nuestro cuerpo ni por fuera ni por dentro. Creo que el embarazo casi nos obliga a encontrarnos con nuestro interior y aprender del funcionamiento de órganos, glándulas, hormonas y otros procesos totalmente ajenos para nosotras. Con el embarazo se activan las búsquedas en Google para confirmar si es normal sentir dolor en la pelvis o vomitar el día del parto, y el resultado es “sí”. Casi todas las respuestas son afirmativas ante los innumerables síntomas que pueden presentarse.

Y es que cuando eliges ser mamá y tienes el privilegio de quedar embarazada, automáticamente aceptas todo lo que eso implica.

Al final muchas recuperan su figura, quedan iguales o mejores, otras no cuentan con la misma suerte o como yo, les cuesta un poco más de tiempo y esfuerzo. Quedan secuelas físicas y recuerdos imborrables de ese embarazo, pero tal vez la huella más significativa reposa en nuestros corazones y en el espíritu, porque esa mujer embarazada no es la misma que ahora sostiene a su hijo en brazos. Cambian los pensamientos, las acciones, las prioridades, nace el instinto y la madre.

¿Cuáles fueron los síntomas que te indicaron que estabas embarazada?