Sonia Naranjo comparte el testimonio sobre su pérdida y muestra qué, “pese a ese percance, es posible tener un final feliz”.

Hablar de embarazos no evolutivos y de una pérdida cuando estás buscando un bebé o cuando estás embarazada es algo difícil de abordar, pero es una realidad que nos ha tocado vivir a más de una.  A través de mi experiencia quisiera aclarar dudas y brindar un testimonio que muestra que, pese a ese percance, es posible tener un final feliz.

¿Qué pasa cuando la beta no se duplica?

Por fin había terminado la maestría y ahora sí íbamos a buscar bebé. Programé la cita con ginecóloga, me hice los exámenes prenatales y empecé a tomar el ácido fólico. Pasado un mes de búsqueda comencé sentirme diferente, algo estaba cambiando dentro de mí y luego de una semana de retraso me hice la tan anhelada prueba de embarazo. Y ahí fue que vi las dos rayitas que confirmaban el positivo que tanto esperaba.

Como estaba tan muy juiciosa con mi doctora, y aún sin saber que estaba embarazada, ya tenía programada una cita de control y ahí empezó mi odisea. Me hizo una ecografía transvaginal y me dijo que era mejor que hiciéramos una prueba de sangre pues pese a tener el positivo de la prueba casera era mejor confirmar la cantidad de hormona gonadotropina coriónica humana (beta “hCG”, por sus siglas en inglés) que tenía en ese momento y que esto nos revelaría aproximadamente las semanas de embarazo que tenía.

Y ahí empezaron los pinchazos pues debía hacerme las pruebas cada 48 horas. Lo normal era que la cifra que saliera se duplicara (esta hormona es producida durante el embarazo por la hipófisis y la placenta) y durante las primeras semanas con el rápido crecimiento que se está dando en el embrión estas cifras pueden ser un referente que va indicando cómo va el embarazo.

Estas fueron mis cifras: 7 de julio: 404.80; 11 de julio: 898.00; 13 de julio: 1.469; 19 de julio: 3.386.

Esta última cifra confirmó que algo no estaba marchando bien y la ecografía lo ratificó, pues no había latido. Estaba frente a un embarazo no evolutivo que se quedo en la semana siete.

Entendiendo lo que pasó

Me enfrentaba a un diagnóstico que nunca había escuchado. Ahí empecé a investigar para tratar de entender que me había pasado y encontré testimonios como el de Sascha Barboza, famosa youtuber, y el de la blogger Susana Sánchez. Ellas me ayudaron a sentir que no estaba sola, que a muchas les había pasado.

La explicación seguía siendo muy vaga pues la ginecóloga me dijo que durante el primer trimestre los abortos espontáneos son el resultado de anomalías cromosómicas en el óvulo fecundado. La mayoría de las veces esto significa que el óvulo o el esperma tiene un número equivocado de cromosomas y esto implica que el óvulo fecundado no se puede desarrollar normalmente.

Mi prueba de embarazo era positiva porque la placenta había empezado a secretar hormonas y por eso tenía síntomas de embarazo, como las típicas nauseas, pero el último ultrasonido mostró que el saco gestacional estaba vacío. Ya no había mínima posibilidad de que embarazo llegara a término.

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El duelo y la sanación

Lo que seguía en mi caso, al ratificar que no había embrión ni corazón que latiera, era esperar. Al estar en una etapa tan temprana (siete semanas) no era necesario hacer un legrado ni tomar medicamentos para acelerar el proceso. Mi cuerpo, con la misma sabiduría que acogía la posibilidad de un bebé también era eficiente para depurar por sí mismo ese colchoncito que se estaba formando para este ser que no alcanzó a llegar.

No fue fácil esta etapa porque todavía tenía náuseas y ya no quería sentirlas. Quería que todo acabara y poder pasar la página de la manera más rápida. Pero todo pasa por algo, o por lo menos así yo veo la vida.

Fue un jueves. No acepté la incapacidad que me ofreció mi ginecóloga porque pensaba que era mejor ir a la oficina y no quedarme en la casa esperando que pasara lo inevitable. En la tarde empecé a sentir dolores muy parecidos a los cólicos menstruales pero muchísimos más potentes. Eran cada cinco minutos y duraban dos. Y así acabó. Esa noche junto a mi esposo sufrí esas contracciones y lloré esa pérdida.

Pese a no haberlo sentido, ni verme una panza, para mí era real ese embarazo. Pero en ese momento, la posibilidad de que ese pequeño fuera el nuevo integrante de mi pequeña familia se había acabado y debía aprender de su pequeño paso por este mundo.

Lloré y así desahogué ese mar de hormonas represadas. Escribí para dejar testimonio de mi aprendizaje.

Y leí estas palabras que me dieron el consuelo que nadie más podía darme, porque a las pocas que les había pasado preferían evitar el tema; y porque al final es algo tan íntimo y personal que solo sanas haciendo conciencia del milagro que es la vida.

Y es que de verdad cuando un bebé llega a término es algo azaroso. Desde la unión del ovulo y el espermatozoide hasta que se implante en el útero y allí crezca esa personita, pasan tantas cosas que es increíble cuando por fin pueden alzar a tu pequeño y besarlo.

Meses antes de la pérdida había ido a una toma de yagé (ayahuasca) y de alguna manera visualicé que las madres somos el medio para que la vida proceda en el mundo y que por lo mismo esa vida es del universo y entre ese ir y venir estábamos las mujeres con ese vientre como puente entre el existir y el respirar. Esa memoria me dio fortaleza para intentarlo de nuevo y ser más fuerte frente al vínculo maternal, pues al final me permitió consolidar mi labor como guía en este mundo de esa pequeña vida para enseñarle lo poco que sé y aprender de ese nuevo ser.

Dejé en manos del destino la nueva posibilidad de ser madre y tres meses después confirmé que estaba destinada a ser la mamá de Helena, mi niña arco iris, y ser por siempre también la madre de ese bebé estrella que me acompaña desde el cielo.