Después de la confesión, nuestra autora, una madre primeriza en apuros, comparte una lista de consejos útiles para sobrellevar la carga emocional de la maternidad.

Soy madre primeriza y tengo 26 años, relativamente joven para ser mamá en mi sociedad. León, mi bebé, ya cumplió cinco meses y me he visto en una encrucijada de sentimientos difíciles de enfrentar. Debo decir que me costó dejar ir mi pasado, me enfrenté a una crisis de identidad en la que aún voy navegando mientras me voy readaptando a mi nueva realidad como madre. Sentí que algo en mi murió para renacer.

He decidido compartir mi historia con otras mujeres porque creo firmemente que desde la transparencia puedo sanar y superar los retos que la maternidad me ha puesto, además, porque quiero dar mi apoyo a las otras madres primerizas incomprendidas y recordarles que todas las emociones son válidas, naturales y son herramientas de autoconocimiento.

Antes de ser mamá vivía intensamente, persiguiendo mis sueños entre pocas o, debo decir, casi ninguna responsabilidad. Solía encarar al miedo y sentirme valiente. Mi vida estaba dirigida a un único propósito que era mi búsqueda espiritual, donde creía ya haber escalado grandes peldaños. Estaba realizada, sentía que había descubierto el secreto de la vida para lograr transformar todas mis cenizas como el ave fénix.

Yo pensaba que por estar embarazada sabía de qué se trataba ser mamá. Sabía que tener un bebé iba a tener momentos difíciles pero lo cierto es que ninguna descripción detallada puede reflejar la magnitud de los cambios que implican la maternidad. Finalmente, es evidente que el nacimiento de un bebé representa en la vida de una mujer un antes y un después. A la mujer se le añade la cualidad de madre y éste no es un cambio pequeño, es un cambio de estilo de vida absoluto.

Ver nacer a León fue el momento más sublime en toda mi vida, ese instante perfecto, profundo e inexplicable. Sin embargo, pocos minutos después con él en mis brazos, sentía que no entendía nada. Todo era confuso. Me sentía tan, tan cansada después de la cesárea. Era muy raro verlo y entender que era mi hijo, reconocerlo. Además de esto, no conocía otros bebés ni a otras madres contemporáneas. Todo era nuevo, no sabía que esperar.

Pocas madres primerizas hablan sin tapujos de lo difícil que es ser mamá. Entré en un periodo de constante frustración donde no podía hacer las tantas cosas que me proponía realizar. Llevaba tanto tiempo sin separarme de mi bebé que ya sentía que necesitaba espacios de esparcimiento.

Extrañaba mis momentos a solas, extrañaba descansar, extrañaba sentirme ligera, extrañaba cosas tan simples como poder ir a la tienda a comprar un chocolate sin tener que pensar en toda una logística. Cualquier mínimo plan parecía una odisea. Entré muchas veces en conflicto con mi maternidad por no querer soltar algunas ideas y entender que mis prioridades habían cambiado.

El proceso posparto es más complejo de lo que cualquiera podría imaginar. Dando todo de mi, en un punto quedo vacía. Miro hacia atrás y veo un huracán que pasó por mi vida. Me sentía pasmada y confundida, trataba de reconstruir algo, pero me era imposible. Mi mente estaba completamente saturada y no podía procesar bien la información ni recordar nada

Soñaba con el momento en el que pudiera llevarlo al jardín y tener tiempo para mí. De alguna manera mi mente quería tomar unas vacaciones de ser mamá, como si ésta fuera una responsabilidad a medias. Entre estos pensamientos y la actividad sin descanso de baño, teta, arrulle, pañal, juegue, cargue, en mi interior había nostalgia y amargura.

Mi antigua yo, la no madre, estaba cansada de serlo, estaba lista para un reto de evolución, quería dar desinteresadamente, quería un sentido, un propósito, quería algo que le costara esfuerzo, pero no un esfuerzo carente de sentido para ella, quería un esfuerzo de corazón, un esfuerzo que valiera la pena. Mi antigua yo aceptó con brazos abiertos y amor profundo su embarazo en un momento que, para muchos, era inadecuado.

Pero la nueva yo, la madre primeriza, sentía que no había dimensionado lo que realmente significaba ser mamá.  Me sentía viviendo un duelo, pero no entendía el por qué, pues nadie había muerto. Sentía melancolía. Había un sentimiento de pérdida, pero, ¿qué había perdido?

No resultaba evidente al principio. Además de esto, me sentía culpable de admitir que así era, quería demostrarme a mi misma y a los demás que yo era fuerte y que nada podía perturbar mi paz y la estructura solida que había construido antes de quedar embazada.

Investigué en busca de alguien más que hubiera pasado por lo mismo. Encontré mucha información sobre “Baby blues”, depresión posparto y puerperio, pero esto no hacía referencia directa a mi estado de ánimo. Porque, aunque suene muy oscuro entre estas líneas, yo no estaba mal, tampoco tenía tiempo para estarlo, solo pasaba por cortos momentos de crisis, que a su vez eran muy sombríos. Entre tanto, me reía de mi nueva realidad y disfrutaba también los días, unos más que otros, y vivía fascinada con cualquier nueva gracia que hacía León.

Debo decir que por muchos momentos la visión de túnel era lo único que podía ver, que tenía un velo que no me permitía ver del todo lo real, lo esencial. Pero debo hacer las paces con mis emociones siendo absolutamente transparente y real.

La verdad es que la llegada de León a mi vida llenó todo vacío, sobresaturó mi vida de emociones más intensas y más profundas.

Ahora puedo decir que poco a poco el velo ha venido desapareciendo y que puedo sentir paz y alegría inmedibles. Que manejo los momentos de estrés y frustración con mayor paciencia y no me lo tomo tan personal. Vivo más tranquila.

He aprendido a renunciar a mi egoísmo. Y me he visto envuelta en situaciones que lo único que han hecho es invitarme a amar más, aceptar más y lo más importante, a crecer.

La maternidad no es un camino fácil, pero sí es absolutamente reconfortante y vale toda la pena del mundo. Ser mamá es una oportunidad de evolución personal enorme. Campo perfecto para aprender a dar y amar de manera completamente desinteresada. Me siento absolutamente agradecida con la vida por este regalo, por este presente. Es un amor tan fuerte que duele.

Ahora comprendo que andando los caminos más difíciles es que me acerco a los lugares más hermosos e inexplorados. Sé que estoy aún en el umbral entre aceptación y no aceptación del cambio y salto de lado a lado sin lograr balancearme del todo.

Pero ahora me puedo parar a observar lo que realmente esta pasando en una perspectiva más objetiva. Miro mi proceso y me siento orgullosa mi misma, me siento fuerte, madura y empoderada. Me doy cuenta de que mis ambiciones cambiaron, ya no están allá lejos en viajes, lugares o cosas.

Sé que todo esto vendrá naturalmente en la medida en la que viva en abundancia desde el amor. Personalmente, la mayor ambición que tengo es la de estar más presente, valorando lo que es ahora, este es el aprendizaje más valioso que me ha traído la maternidad. Estar presente. Porque las condiciones externas cambian según cada quien, pero lo verdaderamente importante y real radica en lo que percibimos, en como recibimos las sorpresas de la vida y las incorporamos como aprendizajes.

A partir de los momentos difíciles me pude transformar y quiero compartir unos consejos que me ayudaron a llevar este proceso de la maternidad como madre primeriza en menor tensión, con un mayor disfrute y plenitud.

1.Observa donde estás parada y enfócate siempre hacia delante. Cuando entres en conflicto detente un segundo, respira y transforma la queja en una oportunidad de crecimiento. Es radical el cambio que trae la actitud de aceptación.

2. Deja ir tu necesidad de hacer las cosas cuando te plazca. Entiende que eso ya no lo decides tú. Es difícil, pero si no sueltas esto no podrás disfrutar del proceso, pues estarás todo el tiempo pensando en que es eso otro que deberías estar haciendo y no disfrutando a plenitud de los momentos con tu bebé.

3. Suelta el “deber ser”. Ni tu mamá, ni tu abuela, ni tu prima, ni el pediatra, nadie sabe cómo ser mejor mamá que tú. Acepta consejos, pero déjate llevar por tu instinto. Tu eres la mejor mama que tu bebé puede tener. Suelta esos “estándares de calidad” no hay una mamá mejor que otra, cada una es única.

4. Saca tiempo a solas para hacer lo que sea que te haga feliz. Leer, caminar, ver televisión, hacer ejercicio, ir con tu pareja a comer un helado. Es abrumador y agotador estar todo el tiempo con el bebé. Es sano para ambos separarse un rato.

5. Haz ejercicio y come bien. Es cliché, es repetitivo, pero es fundamental. Si hay algo que quieres hacer para sentirte mejor contigo misma, empieza por acá. Hoy en día puedes encontrar formas fáciles y efectivas, que no requieren de mucho tiempo ni espacio, como videos y aplicaciones. Aliméntate con la mayor cantidad de frutas y verduras, alimentos que te den vida, regalos de la tierra.

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6. Antes de dormir pon una meditación guiada que te permita entrar en un sueño más profundo y reparador. Esto puede cambiar la vida.

7. Haz yoga, es la perfecta mezcla entre relajación, ejercicio y respiración. Puedes encontrar rutinas cortas que puedes hacer desde la cama antes de ir a dormir y son muy efectivas para los dolores de espalda y cuello que son tan comunes entre madres lactantes.

8. Cuando estés a punto de perder la cabeza, para unos segundos, respira, observa y deja ir.

9. Tómate el tiempo necesario para entender tu nueva identidad y reconciliarte con ella. Te aseguro que la madre que eres ahora florece de cualidades increíbles y profundas. Permítete conocerte, reidentificarte y vivir la maternidad como un proceso de amor, crecimiento y evolución. Deja de buscar tantas respuestas afuera y disfruta el proceso.

10. Acepta tus emociones y abrázalas. ¡Son naturales, está bien! Se vale sentir todo. Identifica la culpa cuando la sientes y déjala ir, no te hace bien. Busca con quien compartirlas, escribe sobre ellas, exorcízalas. Cuéntaselas a tu bebé. Esta es una poderosa herramienta de sanación.

11. Libérate de prejuicios, contempla tus emociones como una observadora. Hay tantas opiniones de cómo ser una “buena mamá” que sufrimos al llenarnos la cabeza pensando que no somos suficientemente buena. Eres perfecta tal cual. Eres una luchadora. Créetela. Deja de dudar.

12. Busca tu felicidad. Lo mejor que puedes hacer por un hijo es ser feliz. Todo lo que haces y sientes se lo transmites directamente. La felicidad es una responsabilidad con nosotros mismos, nadie externo puede hacernos felices. Ser feliz es la manera de enseñarles a ellos a serlo. Siempre querrás ver a tus padres felices. Libérate de cargas y de paso a ellos también. Busca tu paz por encima de todo, desde ese lugar podrás realmente compartir.

¿Y tú? ¿Cómo ha sido tu experiencia emocional como madre primeriza? ¿Qué consejos tienes para sobrellevar la carga?