“La ausencia física de mi mamá no ha sido tan dolorosa como la ausencia emocional de convertirme en madre y no tener un modelo a seguir”, escribe nuestra autora. También explica cómo ha logrado sobrellevar el vacío.

Mi mamá no pudo estar en los momentos más importantes de mi vida.

A pesar que me vio aprender a caminar, hablar, leer, me cuidó las gripas, me acarició luego de mis caídas de bicicleta, me peinó el pelo en trenzas y me dijo mucho lo especial que yo era, no pudo verme graduar del colegio.

Tampoco vio mi primer desamor, no me ayudó a mudarme a mi casa de soltera, no me despidió en el aeropuerto cuando me iba a vivir a Estados Unidos. No gritó de la emoción cuando me comprometí para casarme, no me acompañó a escoger mi vestido de novia ni estuvo conmigo en mi matrimonio. No me pudo dar alientos cuando no daba más estudiando para mi maestría, no me dijo lo orgullosa que estaba de la persona en la que me había convertido.

Pero lo que más me duele es que no pudo estar conmigo cuando no podía quedar embarazada, no me pudo abrazar cuando pude, no vio mi barriga crecer ni estuvo en el hospital para ver nacer a mi hijo.

Daría lo que fuera para verla jugar con él.

A mi mamá le encantaban los bebés, entre más pequeñitos más le gustaban. Tenía un instinto extraordinario para saber si el llanto era hambre, gases, sueño, pañal sucio o la teoría de “si no es pañal, hambre o gas es la etiqueta de la camisita”. Bingo, la teoría ha superado el paso del tiempo.

No la tuve cuando llegué a la casa con mi bebé, ni para preguntarle si dar pecho debía doler así. Tampoco supe si era mejor cortar la uñas del bebé con tijeritas o cortaúñas, o si era mejor bañarlo de día o de noche, o si sería buena idea quitarle una de las tomas para ayudarle a dormir. ¿O le doy más veces? ¿Cuántos minutos?

Tantos momentos difíciles que pasé sin saber qué estaba haciendo se convirtieron en momentos de aprendizaje en los que las lágrimas se volvían el combustible para seguir adelante. En esos momentos la recordaba diciéndome “llorando no solucionas nada”.  Igual yo lloraba, sin consuelo.

La ausencia física de mi mamá no ha sido tan dolorosa como la ausencia emocional de convertirme en madre y no tener un modelo a seguir, o de tener una memoria de ella que cada vez se hace más borrosa con los años que han pasado desde su muerte.

Por supuesto que recuerdo todas las cosas buenas, pero son los recuerdos de su partida los que ocupan más espacio en mi cabeza. Recuerdos de abandono, de soledad, de incomprensión, de crecer con dos hombres sin tener con quién hablar de cosas de mujeres.

Siempre veo con algo de anhelo y tristeza a mis amigas cuyas madres cuidan a sus hijos o les hornean un pastel de cumpleaños, o los llevan al zoológico. Cada vez que veo a un niño jugando con su abuela se me hace un nudo en la garganta porque mi hijo no va a saber quién fue ella, cómo eran sus manos largas y bonitas, cómo cantaba “Los Cochinitos,” con mejor voz que yo, cómo siempre tenía un remedio casero para todos los dolores, o cómo le tenía miedo a las pelotas. Tal vez más que jugar en el parque los imagino leyendo y cantando, aprendiendo las letras del alfabeto y comiendo juntos.

Pero ni soy la única madre sin madre ni soy la primera ni seré la última. Aquí en NY hago parte de un grupo que se llama Motherless Moms (Madres sin Madres) y ahí compartimos consejos, hacemos preguntas, nos damos aliento, hacemos las veces de madres las unas de las otras. Es apenas un minúsculo grano de arena en una labor que requiere una fuerza emocional extraordinaria. Nadie nunca me dijo que ser madre era así de maravilloso y al mismo tiempo así de difícil.

Creo que nosotras, las madres sin madres, levitamos las unas hacia las otras de manera orgánica, casi mágica, porque entendemos el poder de esa ausencia y las carencias de nuestro corazón. Y también de nuestro físico. Una mano adicional haría las cosas tan diferentes para mí.

Este discurrir íntimo de la ausencia de mi madre me hace pensar en las cosas de las que me acuerdo y la fuerza de su presencia. Ojalá mi hijo me recuerde así cuando yo no esté, pero ojalá también tenga yo muchos años por delante para verlo crecer.

Yo no hablo solo desde el anhelo, ni solo desde el vacío, hablo sobretodo desde las enseñanzas que el corto tiempo de mi madre en este planeta me dejaron. Espero que si hay eso que algunos llaman “más allá” ella esté ahí, contenta, viéndonos a mi hermano y a mí ser adultos, viendo a mi hijo cantar; ojalá esté orgullosa de quién soy y sepa que me conformaría con ser una milésima de lo buena madre que fue ella.

A la larga uno aprende a ser mamá viendo a sus madres, tías, abuelas, y de ahí se agarra para construir su propia manera de criar a los hijos.

No sé si los aprendizajes que puse yo en acción en estos últimos años sean los definitivos, pero al menos son los que mejor se sienten. Mucho amor, mucha paciencia y mucha risa. Al fin de al cabo, como ella me lo mostró, yo también puedo reírme de mí misma.

Mi gran alegría en estos meses ha sido mi papá. Dulce, fuerte, práctico y un abuelo amoroso. La vida se muestra de maneras que nunca entenderemos. Perder a mi madre me dio una relación con mi padre que es única y especial. Mi mamá no está aquí para cantarle a mi hijo, pero mi papá está para pintar con él, para jugar con las pelotas a las que mi mamá temía, para cocinar juntos las comidas que a mi mamá le gustaban.

Uno no reemplaza al otro, pero lo hace más llevadero, para mí, para mi padre también. Mi hijo le trajo a mi familia el pegante que nos faltaba luego de muchos años de vivir separados. Ese pequeño nos une, a los que estamos en la tierra, y por qué no, a los que nos miran desde el cielo.

Y aquí vamos madre mía. Con días largos y años muy cortos.