Carmen Santamaría nos cuenta la historia del nacimiento de su primer hijo: un parto en casa muy tranquilo y a su gusto que nada tuvo que ver con las películas.

Durante gran parte de mi embarazo, como muchas mujeres, me dediqué a pensar y soñar con el parto, en casa o en una clínica. Siendo yo primeriza y teniendo como única referencia a mi hermana mayor que había tenido dos cesáreas, cuando pensaba en tener un parto “natural” me imaginaba un escenario bastante hollywoodense. Con una sensación entre miedo y alegría, comenzaba a sentir las primeras contracciones, rompía fuente de forma repentina y empezaba la carrera desenfrenada al centro de salud.

Una vez allí, el protocolo comenzaba al ingresar a la habitación con la típica bata azul o verde y pasaba todo mi trabajo de parto conectada al suero intravenoso, siendo monitoreada constantemente por el personal médico.

Al momento de las contracciones, rápidamente era guiada al quirófano o la sala de parto, me acostaban en una camilla especial donde me mandaban a abrir las piernas y el obstetra se colocaba justo entre ellas, mientras gritaba “¡puja!, ¡puja!” y recibía a mi bebé luego de unos cuantos gritos. En el mejor de los casos todo esto lo vivía junto a mi compañero de vida.

Aunque en ese momento eso me resultaba bastante ideal, comencé a notar que esa no es la típica experiencia de las mujeres que conocía.

Pensando mucho en eso, comencé a investigar. Di con muchas páginas web que hablaban sobre parto humanizado, igualmente dentro de centros de salud pero con personal sensibilizado y capacitado.

El trabajo de parto se vivía en libre movimiento, en compañía del compañero o de una doula y las intervenciones eran mínimas. Fue entonces que decidí que mi parto sería así: amoroso, poco intervenido y acompañada por mi compañero.

Vino la parte más difícil: encontrar el lugar y el médico que cumpliera con mis expectativas. Supe entonces que una amiga, que recientemente había dado a luz, lo había hecho ¡en su casa! Para mí fue una gran sorpresa, ¿era eso posible? ¿Y los riesgos? ¿Ella sola? ¿Y el médico? ¿Y el quirófano, las batas, el frío, las luces…?

Eran un sinfín de preguntas que me llegaron de repente. Busqué a mi amiga, ella me puso en contacto con el médico y luego de confirmar que mi embarazo iba bien, sin ningún tipo de complicación, planificamos un parto en casa.

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Por supuesto, preguntamos todas nuestras inquietudes al médico, quien amablemente resolvió nuestras dudas y nos ayudó, cual terapeuta, a calmar la ansiedad. Nos informó lo que debíamos tener el día del parto: centros de cama descartables, toallas sanitarias postparto, bolsas plásticas (para los desechos), una cobija para cubrir al bebé al nacer, un gorrito para cubrir su cabeza y la ropa del bebé. El resto de materiales médicos que pudieran ser necesarios, él los llevaría en su maletín. No podíamos creer que eso era todo.

El día de mi parto comenzó con contracciones leves, que fueron creciendo y nos mantuvieron toda una noche en vela. A las 7:00 a.m. estábamos en camino al consultorio de nuestro médico para confirmar si efectivamente estábamos en trabajo de parto y cuántos centímetros de dilatación tenía. Al chequear, nos dijo que sí, que estábamos en trabajo de parto y que regresáramos a casa y en una hora nos veríamos allá. Preparamos todo, con mucha alegría, para recibir a nuestro hijo en la comodidad de nuestro hogar.

Finalmente, a las 3:17 p.m. nació mi hijo. Lo tuve sentada sobre las piernas de una de las doulas. Inmediatamente fue llevado a mi pecho y de allí en más no nos hemos separado. El pediatra y el obstetra fueron a visitarnos unos días después.

Fue una experiencia increíble, la conexión con mi compañero, el médico, las dos doulas que nos acompañaron y, por supuesto, con mi bebé, fue única. No se me administró ningún tipo de medicamento ni analgésico, ni suero intravenoso. Pude comer y beber durante mi trabajo de parto, pude caminar, agacharme y moverme de la forma en que el cuerpo me lo pedía.

Comprendí entonces que el parto es un proceso natural, que en realidad todo aquello que yo me había imaginado en principio y que había visto en películas durante toda mi vida no era indispensable. Para traer a mi hijo al mundo lo único que necesité fue confianza, apoyo y mucha fuerza (física y emocional). El resto fue complementario.

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