El libretista Mauricio Navas cambió pañales, curó heridas, fue de compras. Este es el testimonio de un papá enamorado de sus hijos.

“El instinto maternal es un sentimiento
que solamente se da en los hombres”
Enrique Jardiel Poncela

Tener hijos generalmente es el resultado de una acción irreflexiva, impulsiva e inconsciente. Cualquier otra versión de los hechos merece ser investigada. En mi caso, desnudo y al sol, debo confesar que a mis dos hijos los tuve con conciencia, con deseo y muy enamorado (o enamorado como un zuro, en la versión colombiana).

Dicho en corto. Los tuve porque se me dio la gana. Eso no significa que los haya tenido en mis 5 sentidos, creo que los tuve en uso de uno o dos sentidos pero estoy casi seguro de que casi nadie tiene una mejor versión de su llegada a la reproducción.

Por cuenta de arreglos muy cordiales con sus madres, son dos, Valentina y Fernando terminaron viviendo conmigo, al revés de lo que se estila, y a pesar de lo que se estila.

Que los hijos vivan con el papá, o bueno, con este papá, sigue siendo, Sui Generi, para los demás, no para mi.

Cambié pañales, trasnoché otitis, llevé al colegio, curé heridas de rodilla, hice tareas, conté cuentos todas las noches a la hora de dormir, fui de “compras” por la primera caja de Jasmine, y una mañana le puse un condón a un banano por solicitud de mi precoz Fernando. Todo lo he hecho por gusto o porque no me quedó otro remedio pero les aseguro que nada ha sido sacrificio.

Ser papá de tiempo completo ha sido la tarea a la que le he aplicado toda mi fuerza existencial, me caen bien mis dos hijos. Mentiras, ¡muy bien! Ella ya en los 26 y él en los 16 son personas de esas con las que me gusta estar.  Estoy convencido de que uno no debería tener hijos, a menos que esté dispuesto a convertir esa empresa en ¡la empresa! Ayudar a cultivar una vida humana me resulta mil veces más importante que cualquier otra actividad sobre la tierra.  Ahora que los conozco me las arreglo para pasarla con ellos tanto tiempo como sea posible por lo que ya he dicho, me caen muy bien, pero si ustedes me preguntan si yo volviera a vivir, supiera lo que hoy en día se sobre los hijos, y por ventura de algún conjuro absurdo no conociera a Valentina y a Fernando, ¿si tendría hijos? La respuesta es no.

Creo que los hijos son un acto egoísta, inconsciente y abusivo que cometemos, como tantos otros (como llevar a la mamá al Yanuba –un salón de te tradicional en Colombia donde venden deliciosos postres–) en nombre del amor.  Creo que no hay nadie preparado para tener hijos y que casi siempre las razones para tenerlos rayan en monumentos colosales a las estupidez.  A este par de muchachos todos los días de alguna manera les mando un chat o les escribo en Facebook que me perdonen. Sí, que me perdonen, porque si no fuera por mi imbecilidad ellos no tendría que haber sabido de Donald Trump, de un Álvaro Uribe o de un Alejandro Ordoñez.  Mi vergüenza llega a la necesidad de indemnizarlos por haberlos invitado a un mundo en donde Maluma es rotulado como poeta y en donde Andrés Pastrana no ha sido premiado con un viaje de ida e ida a Saturno. Un planeta en donde ser corrupto, avispado y tramposo es una virtud y en donde, no importa cuanto trabajen, asesinos como Popeye siempre van a ser más importantes que ellos, no me resulta para nada estimulante.

Los veo, los oigo y reitero que son dos de las 17 personas que me caen bien en el planeta, me las he de arreglar para vivir cien años y poderlos ver hechos mujer y hombre e invitarlos mucho y muchas veces a pasarnos de copas en un bar, y en cada una de esas borracheras tendré que pedirles por infinitésima vez que me perdonen.

Y si vuelvo a nacer y me los han extirpado del alma y la memoria, seguramente no los voy a tener, pero si llegara a renacer y me dicen que en algún lugar los puedo encontrar tengan la seguridad de que haría cualquier cosa por volverlos a ver, hasta enamorarme.