Cada vez más padres  educan a sus hijos por fuera de la religión. Pero regocijaos, queridos hermanos, este no es el fin de la moral ni de las mejores virtudes de nuestras familias.

El ex procurador colombiano Alejandro Ordónez –de ideología ultra conservadora y famoso quemador de libros impíos –hacía la pregunta retórica de si dejaríamos la educación de nuestros hijos a un ateo. Cuando mi hija nos oyó hablando de esto a su papá y a mí, opinó que ella sí dejaría que a sus hijos los educara un ateo, pues nosotros, sus padres, somos ateos y le parece que la educamos bien. Esa misma semana oímos un fragmento de prédica de un pastor del centro misionero Bethesda al visitar el pueblo de mi infancia. “El diablo ha llegado a los hogares colombianos y a través de ellos el mal se expandirá al resto de la sociedad”, decía. Como gritaba indignado contra los “espíritus del mal” y “la vida alejada de Jesús de Nazareth” que se quería imponer a “los niños de hoy”, mi hija me dice: “Pero ese señor está loco. El diablo y los espíritus del mal no existen. ¿Verdad, mamá?”.

Cuando me hace preguntas sobre temas religiosos me pasa como a otros ateos que fueron educados dentro de la religión en su infancia y se distanciaron con la edad. No quiero imponerle mis creencias a mis hijos. Así que respondo algo así como: “No, no está loco. Yo no creo que existan, pero él sí.”

Cielos y Dioses de Amalia

Cielos y Dioses de Amanda

El pastor tiene razón en que en el mundo cada vez hay más hogares como el nuestro, de padres ateos o agnósticos que educan a sus hijos de forma no confesional. De acuerdo a una encuesta del Centro Nacional de Consultoría en Colombia, en alianza con una red mundial de entidades de estudios de mercado, el número de creyentes está disminuyendo mientras que crecen los ateos. (Ver informe completo)

En lo que pienso que el pastor –o el exprocurador– no tienen razón es en que con este crecimiento se expandirá el mal en la sociedad. Muy al contrario, después de estudiar la literatura del tema y hablar con hijos ateos que ahora son padres y en algunos casos, creyentes de diferentes religiones, creo que hay valiosas lecciones de crianza que todos los padres pueden aprender de los ateos.


1. Nuestra religión no nos hace superiores a nadie

A pesar de que durante mucho tiempo se creyó que la religión promovía lazos sociales fraternos al expandir valores como el altruismo, la generosidad y la compasión, en realidad un estudio de la universidad de Chicago publicado en la revista Current Biology en 2015 reveló que los niños de hogares ateos eran mucho más altruistas, generosos y compasivos que sus compañeros religiosos. El estudio tomó a 1170 niños de cinco a doce años en seis países y distintas religiones y usó numerosas entrevista los padres, los niños y varios experimentos. En un experimento en el que les daban dulces, los pequeños ateos compartían en mayor medida. También se les presentaron videos de niños que se empujaban unas veces a propósito y otras sin querer y los religiosos escogían castigar con mucha más facilidad, incluso empujones involuntarios.

La explicación sugerida por los investigadores es que el ser creyentes hace sentir a los niños con cierta superioridad moral que de algún modo excusa comportamientos reprochables. Algo así como “el que peca y reza empata”. A los ateos no se los educa con esa idea de que de entrada en el juego parten con una superioridad moral y por eso se esfuerzan más en ser buenas personas.

La idea de que son moralmente superiores también puede llevar a que los niños (y adultos) religiosos excluyan o matoneen a los niños que no comparten su fe, pues creen que esta es la única buena y verdadera y quienes no la comparten son malvados, ignorantes o peligrosos. Fue lo que de acuerdo a sus padres le sucedió en el colegio distrital Gabriel Betancourt Mejía a una menor de siete años a quien sus profesores y compañeros acosaron por no creer en Dios. Sus padres tuvieron que interponer una acción legal y sacarla del colegio. Según contaron al diario colombiano El Espectador “las educadoras hostigaron, gritaron, apartaron e, incluso, la marcaron con un sello en una mano que decía, junto a una carita fea, ‘habladora’ y la obligaron a escribir una nota en la que tuvo que manifestar su supuesto interés por la clase de Religión”.

Ese mismo año en Bucaramanga (la quinta ciudad más grande de Colombia), los padres de otro joven demandaron al colegio público donde estudiaba su hijo pues a pesar de que esto debería estar prohibido por la ley, le exigían “aceptar a Jesús como su salvador personal” como uno de los logros para  la clase de religión.

Yo no tuve que enfrentar este tipo de acoso de niña pues fui católica casi toda mi escolaridad. Pero me preocupa que mis hijos puedan sufrir por no serlo. Por eso quise hablar con Carolina Barreto, una amiga de infancia que fue la primera atea que conocí. Recuerdo que una vez fuimos a la iglesia del pueblo con su tía y Carolina se quedó afuera. Nos explicó que lo hacía pues no era católica y ni siquiera estaba bautizada. Su tía le dijo algo muy feo que nunca olvidaré: “O sea que te llamas Carolina como los perritos o los pajaritos, pero no ante los ojos de Dios”.

Carolina fue criada por padres apóstatas que venían de familias muy religiosas en época de concordato, y cuenta que cuando iba a empezar la clase de religión en el colegio a ella y los otros tres niños no católicos la profesora los hacía sentir mal. Antes de sacarlos los llamaba a lista con cara de pocos amigos, los paraba enfrente de la clase y ellos se sentían avergonzados sin entender por qué. “Para la gente siempre ha sido muy difícil aceptar que yo no crea en ningún dios. – Pero tu no crees en nada, nada- me dicen. Y yo claro que creo en muchas cosas. Creo en la humanidad”, explica.

Lina Kraus, atea, activista pacifista y en sostenibilidad, es nieta de un judío alemán que tuvo que huir durante el régimen nazi. Por su historia creía que la religión era un desastre para la historia y educaron así a su hijo, el padre de Lina. Según cuenta, de niño su papá era inseparable con los otros niños de la comunidad judía de su barrio de Bogotá, pero cuando llegó la adolescencia y no viajó a un kibutz como el resto de ellos, sus amigos de toda la vida terminaron alejándose de él. Hoy en día Lina tiene dos niños y le molesta que algunos de sus familiares católicos quieran obligarla a rezar la novena de aguinaldos y opinen que no hacerlo es “ganas de molestar”. “A veces me parece que yo soy más respetuosa con sus creencias que ellos mismos. Siguen ritos sin creer realmente en su significado y quieren obligarme a hacer lo mismo”, dice. “Si no rezo es por respeto por su religión”.

Tras hablar con Lina y Carolina se me ocurre que para evitar la discriminación por motivos religiosos quizás los padres creyentes deberían asegurarse de explicarle a sus hijos que ellos no son mejores personas por el simple hecho de hacer parte de una religión ni sus compañeros que no pertenecen a ella son por ello peores personas a las que es lícito excluir, molestar, maltratar o buscar imponerles sus creencias o ritos.


2. Cerrarle la puerta a la duda es cerrarle la puerta a los otros.

Ninguno de los padres ateos o criados por ateos que entrevisté para este artículo creían que hubiera que decirle a sus hijos que los religiosos creían una mentira. Al igual que yo, no querían imponerle su visión del mundo a sus hijos.

Aunque su padre y yo somos ateos, mi hija decidió a los cinco años que ella era cristiana como su abuela, que es una protestante calvinista. El problema es que como hasta entonces no habíamos hecho una gran labor de instrucción en el cristianismo, creía cosas como que Cupido era un ángel que había flechado a José y María y que Dios andaba en taparrabo y montaba unicornios en el cielo. Para remediar esta falla en su educación le alquilé una biblia para niños en la biblioteca, pero su entusiasmo religioso sufrió un duro golpe al llegar al diluvio universal. “Pero Dios no mató a todo el mundo, ¿verdad? Van a volver a levantarse cuando el agua se seque, ¿cierto?- me preguntaba”. La abuela sugirió que por ahora no le leyéramos el Antiguo Testamento. Después de esto mi hija pasó por una fase en la que opinaba que Dios era malo o inútil y tuve que regañarla por decirle estas cosas a familiares creyentes que se ofendieron. “Puedes creer lo que quieras, pero tienes que respetar lo que creen los otros”, le expliqué.

Los hijos de Carolina tienen inquietudes similares. “Mi amigo fulano dice que si no creo en Dios me voy a ir al infierno pero tu dices que no.  Yo quiero saber cuál de las dos cosas es la verdad”, le pregunta su hijo. Ella le responde igual que yo: “Eso es lo que él cree pero yo creo otra cosa”. Y no satisface del todo la duda de su hijo. A su hija, que a veces dice que no sabe en qué cree, le insiste en que no tiene que tomar una decisión, que puede creer o no creer y creer una cosa y luego cambiar de religión.

La posibilidad de la duda y de escoger por sí misma que le dieron sus padres ateos y marxistas llevó a Natalia Guarnizo a darse el permiso de explorar la religión católica y a otras formas de espiritualidad. De niña, al descubrir que su niñera hablaba con Dios por las noches quedó fascinada y quiso hacer lo mismo. Fue así como empezó rezar. A los nueve años quería parecerse a sus primos más tradicionales que vivían en un conjunto cerrado donde pasaba el camión de Coca-Cola y hacían misa los domingos. A través de sus tías, que eran católicas, conoció al sacerdote que la preparó y bautizó para poder hacer la primera comunión. Recuerda que durante su bautizo llevaba un vestido verde que le parecía divino y que durante todo el proceso, y a pesar de que era ateo, su padre fue muy respetuoso. Después de varios años dejó de ser católica pero tuvo experiencias espirituales chamánicas y yóguicas que la alejaron de una visión materialista del mundo y celebra que su hija crea en la magia. “Un día me dijo de la nada que antes de nacer ella había sido una estrella fugaz y a mi me pareció genial. Tiene la intuición de que estamos conectados con el cosmos. Yo creo firmemente en que todos hacemos parte de un todo, cosmos, conciencia, espíritu, Dios, como se le quiera llamar”. Lo que Natalia desea es que su hija explore y construya sola su mundo interior.

Al contrario, la duda y la búsqueda es algo que muchos padres religiosos no aprueban que sus hijos tengan. Esto es un problema si se quiere formar personas tolerantes y respetuosas de los otros.

Durante el último Hay Festival en Cartagena la filósofa francesa Brigitte Labbé, autora del libro para niños Sin religión o con religión, decía en una entrevista con la revista Semana que aunque es normal que los padres religiosos le transmitan sus creencias a sus hijos, “siempre debe haber un espacio la duda porque en ese espacio entendemos que hay otros que piensan diferente, que tienen creencias diferentes. Si no hay duda, no hay lugar para el otro”.


3. Educar en la historia de las religiones enseña más de tolerancia y humanidad que adoctrinar en un único credo

Es difícil educar para la libertad de elección y pensamiento y exponer a los hijos a un mundo más amplio de creencias y valores que las practicadas por uno mismo. Y es mucho más difícil para padres muy religiosos, que creen por ejemplo en la condena de los infieles al infierno en la vida eterna. Pero ocultarles otras realidades culturales, espirituales, científicas o históricas que contradicen o ponen en cuestión el credo que les inculcamos no solo no es posible a largo plazo, sino que puede generar incomprensiones, fanatismos, odios religiosos y toda clase de chauvinismos.

La educación religiosa que se imparte en la mayoría de colegios de mi país,, incluyendo los públicos, es en este sentido muy deficiente. En parte por la presión de partidos cristianos, no ha sido posible regular lo que se debe enseñar en la clase de educación religiosa que es obligatoria. Y, aunque vivimos en un estado laico y el proselitismo religioso está prohibido en el papel, esta clase sigue sirviendo para adoctrinar en el culto mayoritario. Para colmo, a los alumnos que piden no seguir la clase de religión, no se les propone ninguna alternativa.

Los padres de niños ateos que no hacen catequismo enfrentamos el reto, como ya conté que sucedió con mi hija, de que tenemos que enseñarles nosotros mismos lo que son las religiones. Existen muchas formas de hacer esto, desde educarlos en una visión completamente racional e historicista de ellas, hasta dejar que los niños descubran diferentes mitologías que nos parecen bellas metáforas con mucha poesía. Pero los padres ateos en ningún caso los dejamos creer, como nos sucedió a tantos niños educados en la religión católica, que ese era el único culto cristiano o que la historia de la creación con los primeros hombres Adan y Eva y personajes como Noe, Abraham o El arcángel Gabriel no hacían también parte del judaísmo y el islam.

Muchos niños religiosos ignoran incluso la historia de su propia religión. Entiendo que la historia de despojo y sangre que llevó a la mayoría de colombianos, por ejemplo, a creer en Jesús y no en Zué y Chía o Pacha Mama no sea agradable ni apropiada para los más pequeños, pero tampoco es bueno que desconozcan y desprecien las creencias de sus antepasados menos poderosos y menos blancos.

En un chat de mamás en el que participo, una amiga preguntaba cuáles son buenos libros para enseñarle a los niños que existen diferentes religiones para que su hija entendiera que existían muchas personas diferentes en el mundo que creían cosas distintas. Fue así como di con el libro Con religión o sin religión que ya cité, y un par de libros que explican diferentes cultos con la intención de fomentar la tolerancia y no de adoctrinar y una serie de documentales de programas educativos en YouTube sobre las grandes religiones.

Creo que esta manera de enseñar lo que son las religiones dentro de un contexto más amplio podría inspirar a padres religiosos que no desean que sus hijos desprecien y sean completamente ignorantes sobre quienes no practican sus creencias. Los padres ateos, al contrario de lo que pueden pensar algunos padres religiosos que no tuvieron la oportunidad de aprender nada de nosotros, también podemos ser buenas personas y buenos padres y creo que es posible aprender algo de nosotros.