La búsqueda incansable del éxito de los hijos se convierte en una nube de ansiedad y falsas expectativas para los padres. ¿Son ellos los responsables de qué tan “bien” les va a sus hijos? Natalia Carrizosa ahonda en esta tendencia “importada de la clase media y blanca gringa”.

De todas las tendencias que venimos importando de la clase media y blanca gringa, una de las que más me molesta es la que pretende que la crianza consiste en producir adultos que sobresalgan en la economía mercado. Este video, cuyo detestable título traduce “La ciencia dice que los padres de hijos no exitosos tienen esta seis cosas en común“ es un perfecto ejemplo.

A primera vista todo lo que dice parece muy obvio y de sentido común. Nadie va a argumentar que es bueno pegarles, gritarles o poner a ver televisión todo el día a los niños. Pero detrás de sus consejos banales y nada originales hay una forma de hablar y unos supuestos profundamente problemáticos, empezando por el concepto de éxito y su uso en la crianza actual. El video es de un portal empresarial, y no es de extrañar, pues como muchas veces en que se habla del éxito de una persona, es un código para significar riqueza y poder. 

 

¿“Hijos no exitosos”?

En un sentido amplio los hijos son siempre un éxito y por me molesta la expresión “hijos no exitosos”. Que hayan nacido vivos de nuestro vientre, o que hayan sido adoptados y los reconozcamos como nuestros, o si queremos ponernos exigentes, que sean personas satisfechas con su vida debería hacer de ellos hijos exitosos. Pero en materia de crianza actual existe la tendencia a poner la barra mucho más alta, en particular en lo que atañe a los valores deseables para las lógicas de competencia del capitalismo (y menos para los valores que permiten camaradería y una sana convivencia).

Se habla de éxito en un sentido empresarial mucho más reducido donde un producto, un proyecto o un ejecutivo se miden en resultados cuantificables. De ahí viene la insistencia en los resultados académicos y en el comportamiento de los niños en clase, que son los que asegurarán que entren a las mejores universidades y hagan parte de la élite exitosa y no de la enorme mayoría de trabajadores precarios o desempleados.

Es la misma forma de argumentar de tantos artículos o videos que explican como la práctica de un instrumento musical, de un deporte, la meditación o el aprendizaje de otro idioma mejoran las conexiones neuronales de los niños y los hacen sobresalir en sus estudios. Se trata de una lógica instrumentalista de optimización y performance donde no es suficiente que la práctica artística, por ejemplo, nutra el espíritu y haga sentir bien a las personas. Ella sólo es válida como camino para ese “éxito”  que tantos autoproclamados gurús quieren vendernos como “el secreto de Steve Jobs”.

Para colmo, aún aceptando esta idea de éxito, establecer una causalidad entre ciertas decisiones de crianza de los padres y el supuesto fracaso de los hijos es imposible. En todos los estudios que se citan no deja de parecerme que puede existir un sesgo de selección de las variables a causa de un prejuicio ideológico. Me explico: Nos quieren convencer de que los “hijos no exitosos” terminan siéndolo, por ejemplo, porque sus padres los dejan ver mucha televisión mientras que los exitosos lo son porque sus padres les hacen hacer actividades más elevadas. Sin embargo, es obvio que los niños de clases sociales más bajas ven más televisión y tienen menos acceso a actividades extraescolares que los más adinerados con nanas para llevarlos a cuanto curso se ofrece. ¿No oculta todo este discurso el hecho de que los niños de padres ricos tienen una mayor probabilidad de terminar siendo ricos y los hijos de pobres de terminar siendo pobres?

Está más que probado que la posición social se reproduce de una generación a la siguiente. Por eso la mejor forma de predecir qué tan rica y poderosa (“exitosa”) será una persona adulta es qué tan ricos y poderosos son sus padres. Imaginar que el “fracaso” de ciertos hijos es el resultado de la manera errada en que sus padres dirigieron sus vidas niega de entrada los privilegios o desventajas con que muchos arrancan.

Por otro lado, aún si concediéramos que el éxito no está condicionado por estas estructuras sino que es el resultado esfuerzo y trabajo de los individuos, con esta manera de ver la crianza los padres le roban a sus hijos el crédito. Los padres terminan viéndose como el “Project manager” o CEO de la empresa que produce hijos exitosos. Al rebajarlos a productos de sus decisiones se niega a los hijos su responsabilidad y autonomía para decidir sobre su futuro y construir su propia identidad. Paradójicamente, el video también advierte que el sobrevuelo o “hovering” excesivo de los padres sobre sus hijos puede hacer de ellos personas no exitosas. Pero, toda la premisa de que los padres deben y pueden llevar a sus hijos al “éxito” impulsa este sobrevuelo. El miedo de los padres a que los hijos fracasen hace que siempre estén ahí para evitarles cometer errores.

Por último, toda esta carrera termina haciendo de la crianza una experiencia desagradable tanto para los niños como para los padres. Todo es una competencia, pues en esa versión reducida de éxito sólo muy pocos terminan pasando el corte. El estrés de la lactancia no es sólo por alimentar lo mejor posible al bebé, sino que debe hacerse mucho mejor que a todo el resto de bebés.  Lo mismo con la cantidad de estimulación temprana. Se trata de que el niño supere cada paso de su desarrollo antes que la competencia. Las reuniones de mamás se vuelven una medida de aceite: “Y el tuyo ya camina?”, “el mío se paró a los seis meses”. “El mío se sabe los nombres de todos los planetas”. Quizás la más aburrida de todas estas discusiones se da cuando se acerca el momento de escoger y ver si pasaron en tal o tal otro colegio. Entonces los foros de mamás (al menos los de las mamás afortunadas que pueden poner en práctica estas recomendaciones) se activan mil discusiones donde casi que se puede oír el zumbido de tanta ansiedad compartida.

Todo para terminar, a pesar de todo, ¡Oh desilusión! con hijos que no serán brillantes emprendedores de la Silicon Valley.

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