“Ninguno de mis primos, hermanos, amigos o vecinos de mi generación fue a una terapia; mi hija ya va por la tercera”, escribe Catalina Palomino, mientras se pregunta si los padres de ahora se preocupan demasiado.

Yo nací a mediados de los años setenta, fruto del amor de un par de hippies con ideales, que estudiaban en la universidad pública, donde las protestas en las que tiraban piedra eran frecuentes. Mi infancia pasó entre una finca y un barrio en la ciudad en donde siempre hubo bastante libertad.

Los tiempos eran otros, seguramente, pero en esa época no recuerdo que hubiera mucha supervisión adulta a la gran mayoría de los juegos, muchos de ellos, temerarios.

Recuerdo a los niños del barrio lanzándose en bicicleta por barrancos y saltando carros. Había otros que prendían fuego a una capa y corrían apostando quién era el valiente que llegaba más lejos sin tirarse al piso antes de quemarse vivo. Recuerdo también construcciones de rampas, trampas y obstáculos para las patinetas.

En cambio, no recuerdo los gritos de nadie para detenerlos, a menos que fueran las seis de la tarde cuando aparecían las mamás por las ventanas llamando a todos a comer.

Mi generación sobrevivió de milagro, viajamos horas en carro por carreteras precarias sin cinturón de seguridad, algunas veces, en el platón de una pickup.   Hicimos carritos de balineras (también llamados “coches de madera”), nos tiramos en cajas por las escaleras, halamos las patinetas con el tractor de la finca  y entramos al autocine metidos de a tres en el baúl/cajuela del carro para no pagar las boletas.

Y aún con todo esto, ninguno de mis primos, hermanos, amigos o vecinos fue nunca jamás a una terapia. Al que escribía medio chueco lo ponían a hacer planas, al que leía medio mal le daban tres coscorrones y lo sentaban a leer el periódico en voz alta al desayuno. El inquieto quedaba congelado ante la mirada acusadora de una madre y al que se deprimía, como mucho,  le compraban un helado y se lo daban para que “dejara la pendejada”.  La única y más efectiva terapia mientras yo crecí fue el grito de “¡¿se embobó o qué?!”, que curaba absolutamente toda depresión, ansiedad, crisis y dificultad.

Esta misma generación ahora no le despega los ojos a sus hijos. Vamos al parque con ellos, vigilamos lo que ven en televisión, participamos de los juegos, programamos sus actividades, leemos sus libros y sobretodo, los acompañamos a terapia. Mi hija, a los siete años, ha pasado por más de tres terapeutas ocupacionales, he oído hablar del ADHD desde que tiene tres años. Hemos discutido la  desintegración sensorial, hiperactividad, hipotonicidad,  su falta de concentración y desafío a la autoridad.

Yo, como casi todos los papás que me encuentro en las salas de espera, voy juiciosamente a las terapias sin entender realmente cuál es el problema.  A uno se los exige el colegio, a otros la falta de paciencia y a mi, la idea de que en serio sea algo necesario. Y es en esas salas de espera que me pongo a mirar y pienso, ¿no será que lo que nos falta es dejar de mirarlos? Porque tal vez si no les pegamos el grito antes de que se caigan y se rompan la cabeza logran saber ellos mismos cuáles son sus límites. De pronto si no estamos tan pendientes del juego y de cómo arman el carrito resuelven ellos mismos el problema, y tal vez, solo tal vez si dejamos de corregirlos se caen lo suficiente como para aprender a coordinar sus movimientos sin ayuda de una terapeuta.

Mi generación pasa horas culpando de sus problemas a la falta de atención de sus padres, pero, ¿qué pasa si esa era la mejor manera de hacerlo? Mis papás nunca se preocuparon por mantenernos felices, se preocuparon por mantenernos vivos y con eso era suficiente.

Depronto es cuestión de dejarlos ser niños. Y, tal vez, si nos quitamos la presión de hacer humanos perfectos, podremos dejar de ir tanto a terapias, nuestros hijos y nosotros.

 

 

 

Foto por: Kelly Sikkema