Los terribles dos no parecen ser terribles para nuestra autora, quien desde su experiencia comparte cómo sobrellevar esta etapa donde el comportamiento de los niños es más difícil de manejar.

Depende… Muchas madres y padres de niños de entre dos y tres años estarían de acuerdo en que los obstáculos y problemas a los que nos enfrentamos cuando nuestros hijos llegan a los infames terribles dos son, de hecho, terribles. Pero creo que hay que cambiar la narrativa y dejar de asociar los difíciles comportamientos de los pequeños con cosas negativas.

Ahora, soy la primera en aceptar que me he visto en aprietos intentando navegar estas nuevas situaciones, pero también soy la primera en aplaudir y celebrar que estas mismas situaciones sean, en realidad, el reflejo de un niño saludable y acorde con su edad. Malo sería que mi hijo no se comportara “terrible.”

Quiero conmiserarme con otras madres que como yo están agotadas buscándole el lado positivo de este proceso y mostrar que, como dicen en español –y con razón– es mejor “atajar que arrear.”

Aquí les comparto algunas experiencias y a manera de catarsis describo lo que me ha sucedido y cómo he enfrentado los terribles dos de mi hijo.

El primer síntoma de un cambio abrupto en el comportamiento de mi hijo fue el aumento en su capacidad comunicativa. Las que antes eran palabras sueltas y verbos sin conjugar se convirtieron, en cuestión de pocas semanas, en frases más elaboradas y complejas, con el sujeto YO como protagonista de cada una y también con expresiones de sentimientos.

Con ese desarrollo verbal llegó entonces el descubrimiento de la voluntad y por ende la conclusión que lo que él dice expresa lo que quiere y siente. De ahí que niños de esa edad usen su nueva capacidad verbal para oponerse, decir que ‘no’ y así poner a prueba a sus padres y maestros.

Para nosotros la clave fue establecer límites claros de lo que esperábamos de él y lo que él podía espera de nosotros, llevar una rutina repetitiva y predecible, conservar horarios en los fines de semana, mostrarle una disciplina amorosa, y guiarle a través de nuestro propio comportamiento.

Luego llegaron los famosos berrinches que antes de ser madre me erizaban los pelos de los brazos. Siempre pensé que era culpa de los padres y que “esos niños malcriados” revolcándose en el corredor de un supermercado eran producto de padres demasiado permisivos.

Ahora me remuerde la conciencia pensar en cómo juzgué de fuerte a esas madres sonrojadas que intentaban despegar a sus hijos adheridos al suelo y cubiertos en mocos y lágrimas. Siento que los niños de esta edad sienten con todo su corazón cada impedimento, cada obstáculo , que a veces las emociones les desbordan y estos berrinches son la culminación de un caldo de sentimientos que hierve a fuego bajo durante la hora previa. Ellos no saben regular sus emociones aún y necesitan nuestra ayuda.

En el caso de mi hijo los berrinches llegan cuando hay hambre y cansancio, y/o cuando ha estado inmerso en una misma actividad durante mucho tiempo. Para evitarlos siempre tengo conmigo merienda y agua porque mi hijo es de mal comer y nunca tiene hambre o no sabe que tiene hambre, cambio las actividades cuando comienzan a volar crayolas o carritos por el aire (indicador que está aburrido), me arrodillo a su nivel para hablarle y le pido que se disculpe si ha arrojado algún juguete y le pido lo lleve a su lugar.

Si es muy tarde, como casi siempre pasa, las lágrimas vienen y no hay nada que pueda yo hacer, me arrodillo a su nivel, le hablo y lo abrazo con empatía repitiendo “entiendo que quieres jugar, pintar, correr, pero…” y así sobrellevo la tormenta unos minutos hasta que se calma. No sé si es mi hijo o son todos los niños, pero poco a poco todo pasa al tomar agua y al respirar despacio abrazados, contando hasta diez.

Los terribles dos y la necesidad de atención

Lo último que noté es la necesidad de llamar la atención. Mi hijo es nuestro único, me tiene a su lado la mayor parte del tiempo y a ambos padres en las noches y fines de semana. Va a la escuela , tiene amigos, vamos al parque, hacemos actividades todos los días, si algo tiene es MÍ atención y amor, mi entrega. Pero no es suficiente.

Hacer la cena es una labor de malabarista porque viene a halarme el pantalón cada dos minutos, llora si no estoy con él, se intenta subir a todas partes, huye al baño a poner papel en el inodoro, esconde las crayolas en las ventilaciones de la calefacción y el aire… colorea en los libros. Y eso, más que sus ‘NO’, o sus berrinches es lo que más me desconcierta y agota.

¿Cómo quiere más de mí si ya lo tiene todo? No sé que más ofrecerle. Y ahí es que encontré la respuesta: no tengo que ofrecerla más ni darle todo de mí. La clave para mí ha sido que aprenda a frustrarse y aburrirse y que resuelva él mismo sus sentimientos, con mi ayuda claro. Yo no voy a estar tomándole la mano hasta que tenga 40 años resolviendo todos sus problemas, y creo que estar ahí para él el ciento por ciento del tiempo lo que crea es una patología en la que él cree depende de mí para estar bien.

Así que mientras hago la cena con una mano y lo alejo de la estufa caliente con un pie, también le digo que debe jugar solo, que mi responsabilidad es darle una comida sana y la de él es comérsela, que yo debo trabajar y él debe ir a la escuela, que papá está el día por fuera en la oficina y él debe recoger sus libros y juguetes. Sus llamados por mi atención me impacientan, pero veo que cada vez juega solo por lapsos de tiempo más largos y entre más atención yo le ponga a su quejido, más se queja. Mi única recomendación es que si hay silencio…corran. El silencio es indicio de problemas.

No quiero sonar a familia perfecta porque no lo somos. Aquí hay lágrimas, mocos, berrinches, impaciencia, comida en el piso, patadas voladoras a la hora del cambio de pañal (por cierto, ¡entramos a la batalla de dejar el pañal perdiendo!  Tiene cero interés y tendremos que esperar).

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A mi casa es mejor no venir entre 5:30 y 6:30 de la tarde cuando mi hijo tiene hambre y no lo sabe; cuando quiere comer, pero quiere jugar, pero quiere pintar, pero quiere estar afuera en el parque… aquí tenemos problemas poniéndolo en la silla del carro, hay lágrimas cuando la fruta está en pedazos pequeños y no “muy grandes” como le gustan, hay gritos si el perro le lame la cara, o no…

Esta edad es dura para todos, ellos comienzan a formar su personalidad. De nosotros depende mostrarles la mejor manera de afrontar el mundo, y de la manera en la que nosotros reaccionemos ellos van a aprender a reaccionar. Nosotros tenemos una regla: no importa lo que pase (a menos que sea un peligro inminente) nunca vamos a subir el tono de voz porque un grito invita a otro.

Yo creo ser buena madre, creo ser entregada y amorosa y creo que no importa lo que yo haga o deje de hacer, mi hijo necesita vivir esta edad con sus lágrimas y mocos pegados en la nariz, siento que es sano que esté triste y se impaciente, y que sienta todos los sentimientos.

Sea como sea no cambiaría esta etapa por nada, porque he descubierto quién es él y cómo es, su personalidad salta a la vista. Me encanta oír las cosas que me dice, ver los juegos que se inventa, escuchar las canciones que canta. Son muchísimos más los momentos buenos y felices que las breves dificultades y por eso creo que, aunque los dos años parecen terribles, nuestros pequeños no lo son tanto.  Nada dura para siempre