Testimonio de una mujer-mamá que ha encontrado ventajas y desventajas a la hora de educar a sus hijos mientras vive en el exterior, y no tiene a los abuelos, ni a los tíos a la mano.

Soy ecuatoriana y vivo en Lima (Perú) hace cuatro años con mi esposo colombiano y mis dos hijos: el mayor tiene cinco años y la menor tiene tres. Somos padres expatriados.

Una de las cosas que más me entristece de estar lejos es que mis hijos no tengan el contacto diario con sus abuelos como yo lo tuve, cuando con mi abuela paterna nos sentábamos frente al televisor a ver películas comiendo galletas o cuando íbamos al circo.

O a veces quiero salir de escapada con mi esposo y dejar a mis niños al cuidado de una de las abuelas o de alguna tía, pero me toca acudir a la niñera.

En la crianza hace falta esa red de apoyo en la que confías, compartes valores y lazos de los que se benefician tus hijos. “La figura que más echo de menos es la de los abuelos, ya que en mi educación fue muy importante y mis hijos no tienen ese referente necesario, ni del lado paterno ni del materno. Los abuelos transmiten una enseñanza difícilmente sustituible”, complementa Diana Pernett, colombiana, residente en Asturias (España) y madre de dos niños: Lucía de once años y Pedro de nueve años

“No tener alguna persona que te busque a tu hijo en el colegio si se te hizo tarde, o que esté con él si estás enfermo, tus citas románticas siempre son de más de dos”, agrega Alejandra León, venezolana -quien vive en Lima desde hace más de dos años- y es mamá de Sebastián de siete años.

La soledad también hace de las suyas cuando se está lejos de la familia. Yo me encargo del cuidado de mis hijos y sé que es una tarea que requiere de mucha responsabilidad. A veces siento esa necesidad de querer abrazar a mi madre cuando estoy extenuada por tanto.

“Si alguien me hubiera dicho lo difícil que era tener hijos fuera de mi país, creo que no habría viajado jamás”, afirma Pernett. “Los momentos de soledad son muchos, y más porque soy una persona muy familiar. Pero intento no trasladarles esa tristeza a los niños. Siento soledad sobre todo en las fechas especiales como Navidad, en los cumpleaños, y haberme perdido mucho estando fuera (bodas, bautizos, fiestas)”, agrega.

Es ahí cuando en esos momentos de soledad los amigos juegan un papel importante, al convertirse en esa familia que no tenemos cerca. “Al principio me afectaba más, luego ya lo vas asumiendo y aceptas que esta es tu realidad. Conforme vas haciendo más amigos que se transforman en tu familia, aun cuando no es lo mismo, ya no te sientes tan solo”, asegura Alejandra León.

Al mismo tiempo, estar lejos y afrontar circunstancias difíciles te hace más fuerte e independiente, afirma Angélica Jiménez. Esta mamá colombiana, quien vive hace 8 años en Lima, dice transmitirle esa fuerza a su hija Julieta de 3 años.

 

Estrechando lazos

En mi caso, la crianza de los niños, lejos de los parientes, nos ayuda a estar más unidos como familia; a resolver sin delegar a los abuelos tareas intrínsecas del rol de padres. Eso ha contribuido, por ejemplo a que mis hijos, quienes conocen nuestra situación, colaboren en la organización de sus cuartos y en el orden de la casa.

Para León la ventaja de criar a los niños lejos de los suyos, es que une más al núcleo familiar. Con ella concuerda Sissy Cedeño, ecuatoriana, quien vive en Lima y, es madre de Lucas. “La ventaja de estar lejos es que no hay intromisiones en la educación. Las decisiones las toman papá y mamá, y eso hace más fácil al dar órdenes, no hay otro que intervenga o rompa las reglas”.

Al mismo tiempo estando lejos se puede evitar caer en modelos de crianza que no tuvieron éxito en el pasado, así lo asegura la chilena Alejandra Rojas, quien vive en Palm Springs (Estados Unidos) y se convirtió en mamá hace cinco años.

“Como madre eres más libre de poner a prueba tus instintos y tomar decisiones sin lidiar con las opiniones de los demás. Tomas en cuenta tus propias vivencias, para mejorar estilos de conducta y no repetir modelos que no funcionaron contigo como hijo”, dice.

 

La tecnología, nuestra mejor aliada

Cuando me enteré de mis dos embarazos, me hubiera encantado sorprender a mi mamá con la noticia o que ella sintiera las primeras pataditas del bebé; sin embargo me tocó recurrir a la tecnología. Esos pequeños detalles propios de esta etapa –como escoger la ropa para el bebé o la decoración de su habitación– los compartía con mi familia a través de las fotografías que frecuentemente les enviaba.

¿Qué sería de nosotras las madres expatriadas sin Skype, Whatsapp, Facetime o Facebook para comunicarnos con nuestros familiares? Hoy es impensable esperar la respuesta a una carta donde contemos las novedades de los pequeños como cuando dieron sus primeros pasos, sus primeras palabras o el primer día de escuela.

Ahora la tecnología evoluciona tan o más rápido como el crecimiento de los niños. Trato de estar conectada normalmente con mis familiares todas las semanas por Skype, llamadas y videos de Whatsapp. La tecnología ha sido clave para acortar distancias.

Llamamos a los abuelos de los niños a desearles feliz cumpleaños, o a festejar virtualmente el Día de la Madre o del Padre. Siento que esto los ayuda a saber que su familia está presente, aunque no estemos cerca físicamente.

Por su parte, Angélica Jiménez mantiene contacto por celular y las redes sociales. Cuenta que con sus padres la comunicación es vía telefónica, mientras que con sus suegros es por videollamada. Su hija Julieta tiene más apego a sus abuelos paternos, con los que tiene mayor contacto.

Cada uno de estos testimonios me recuerda mi propia experiencia de vida, en la que he tenido que hacer a un lado la nostalgia y enfocarme en lo importante: la crianza de mis niños.

Las circunstancias han hecho que me adapte a estar lejos de mis parientes cercanos, pero al mismo tiempo siento que junto a mi esposo y mis hijos nos hemos unido más como familia.

 

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