A pesar de los avances en igualdad de género, aún persiste la creencia de que una familia está incompleta si no se tiene un hijo varón. Pareciera que ser madre solo de mujeres es un premio de consolación.

El pasado 21 de junio nació mi segunda hija, Victoria. Una sonriente bebé del solsticio de verano que se ha convertido en mi rayito de sol. Mientras escribo este texto, Victoria mira embelesada a su hermana Eloïse, quien pronto cumplirá cuatro años, y se ríe al verla hacer piruetas en mi cama.  Me conmueven la complicidad y la ternura de sus juegos y espero que con el paso del tiempo esos lazos de amor se vayan haciendo más fuertes. En mi casa de solo mujeres y un hombre se vive pura energía femenina. Alegre, creativa y poderosa.

Sin embargo, mientras yo celebro la existencia de mis dos hijas mujeres, por el mundo andan sueltos varios personajes para los que tener solo mujeres no es una bendición sino una frustración. Una especie de premio de consolación. Cuando estaba embarazada me crucé con varias personas que, tras las felicitaciones de rigor por la llegada del segundo bebé, me miraban con lástima cuando se enteraban de que sería otra niña. ¡Pobrecita! ¡No vas a tener la parejita!

No olvidaré el comentario de la dueña de un café al que voy con frecuencia cuando me preguntó si mi marido no se sentía decepcionado por no tener hijos varones o aquel consejo del señor del supermercado quien, recién parida, me recomendó encargar rápido el tercero para ver si “esta vez sí me llegaba el hombrecito”.

Lejos de ser un hecho anecdótico, estas escenas de micromachismo se repiten a diario. Hace poco mi amiga Carolina, que es madre de tres mujeres, tuvo que aguantarse el comentario de su suegra quien, llena de orgullo, anunciaba la próxima llegada de un varón a la familia. Cuando su propia nieta de ocho años le preguntó por qué decía que era mejor tener un niño que una niña, la mujer no se supo explicar. Solo atinó a decir que era distinto. Un niño era diferente porque era un tesoro. Un regalo de la vida.

Como la abuela de esta historia, muchas personas sienten que se ganaron la lotería cuando el médico les anuncia en la ecografía que el bebe que viene en camino es de sexo masculino. Desde que nació Victoria he tenido que escuchar a madres de mi edad lanzar frases lapidarias tipo: “yo afortunadamente tuve hombres. No me imagino tener que lidiar con una hija en la adolescencia. Las niñas de ahora son terribles”, con lo que dan a entender el encarte tan grande que supone para algunos padres tener que criar a una mujer.

Si bien los tiempos han cambiado y ya no se evocan razones económicas o hereditarias para justificar la preferencia, en nuestras sociedades sigue arraigada la idea de tener al menos un niño para satisfacer el deseo del deber cumplido. Las explicaciones sobre las ventajas del hijo varón abundan. Con el hombre no solo se garantiza que el apellido paterno se prolongue por una generación más, sino que, según la creencia popular, los niños son menos dramáticos a la hora de manejar sus emociones, son más seguros e independientes y son audaces sin dejar de ser protectores. A los niños es más fácil vestirlos y comprarles ropa, pueden ser un apoyo económico en el futuro y están menos expuestos a las agresiones. Eso sin contar con el argumento que infla nuestro ego femenino: la promesa de que seremos su primer y único gran amor. Su prototipo de mujer.

Mi vecina Marta tiene dos hijas y lleva años tratando de convencer a su marido para que tengan un tercero. Él se rehúsa, pero ella insiste. Incluso le habla de dietas y de días propicios para engendrar varones. Me dice que no quiere quedarse con las ganas –y con solo mujeres–. Siente que su hogar está incompleto. Le hace falta un niño para armar el cuadro de la familia perfecta con la que siempre soñó. Me confiesa que hay días en los que se siente frustrada y arrastra con la culpa de no haber podido darle un hijo varón a su marido a sabiendas de que genéticamente el sexo del bebé no lo determina la madre sino el padre. Marta adora a sus hijas, pero al mismo tiempo siente envidia de las madres que tienen hombres. No sabe cómo explicarlo, pero dice que tiene que ver con el orgullo.

¿Cómo conciliar la familia imaginada con la familia real? ¿Cómo hacerle el duelo a un sueño que no se concretizó? Porque la otra cara de la moneda también existe. Conozco hogares de solo hijos varones donde los padres añoran la llegada de una niña. De una princesa que les permita volver a equilibrar la balanza. Hace varias décadas, cuando las mujeres parían de a ocho hijos, era probable encontrar en la prole hijos para todos los gustos, pero hoy en día con la reducción del tamaño de las familias es más difícil conseguir en solo dos intentos la anhelada “parejita”.

Se dice que las mujeres somos en parte responsables de la perpetuación del machismo debido a que criamos a nuestros hijos varones con más privilegios y los alentamos -consciente o inconscientemente- a sentirse superiores. Quizás ya va siendo hora de que aceptemos que la crianza de mujeres es una labor importante y que depende de nosotras, como madres, que las futuras generaciones de mujeres se sientan empoderadas, amadas y felices en su propia piel. El primer paso es demostrarles a nuestras hijas que estamos orgullosas de tenerlas y que nuestra familia de solo mujeres es tan valiosa como cualquier otra.