“Siempre le recriminé a mi mamá muchas cosas, pero ahora que soy mamá conozco de primera mano lo injustos que podemos ser los hijos”, escribe Sonia Naranjo.

Siempre le recriminé a mi mamá muchas cosas, pero ahora al ser madre conocí de primera mano lo injustos que podemos ser los hijos.

Tengo 32 años y acabo de estrenarme como mamá de Helena. Mi mamá tenía 17 años cuando me tuvo. Y me tuvo. Y aguantó todas las ocasiones que le recriminé tenerme. Saber que no era un bebé deseado siempre fue una excusa o un reproche que ahora me avergüenza reconocer.

Así no fuera un bebé deseado, fui un bebé amado en esa panza, como esa panza que me costó reconocer en mi propio embarazo, en ese mismo proceso de tener que aterrizar y saber que ahora no era sólo Sonia, sino la mamá de Helena.

Sé que soy parte de esa generación que atribuye la culpa de todas sus inseguridades a sus padres y ahora somos los padres quienes nos preocupamos por evitar traumatizar a nuestros hijos. Pero no es fácil. No es sencillo mantener una risa a toda costa, para que la niña no identifique mi cansancio luego de un día pesado en la oficina o mi tristeza luego de una discusión con su papá. O intentar esconder que su papá se puede quedar sin trabajo y que esa posibilidad me agobia. O que el mundo se puede acabar en cualquier momento. Todo esto y más se van sumando a la lista de miedos que repaso a la hora de dormir. Pero trato de ser optimista como siempre ha sido mi mamá, una mujer que ha luchado por hacer lo mejor.

Tuve que ser madre para reconocer que mi adolescente mamá hizo lo mejor que pudo. En estas madrugadas cuidando a Helena me di cuenta de todo lo que implicó para mi mamá asumir mi llegada al mundo. Ella dejó sus estudios, creció a la fuerza y confió en su instinto.  Y ahora sé que tomar esa decisión de ser madre no es fácil. Mientras que para ella tener un bebé inesperado fue un baldazo de agua helada que la hizo alterar todos sus proyectos, para mí Helena fue un deseo que se cumplía luego de cuatro años de matrimonio, terminar la maestría y sanarme de un embarazo no evolutivo.

Ser mamá no viene con un manual y hasta ahora reconozco que esa mamá adolescente hizo lo mejor que pudo. Porque una cosa es desear tener un bebé, concebirlo y luego asumirlo.

Ser madre es sacar fuerzas de donde no hay. Esto es algo de lo que doy testimonio ahora que lo vivo en carne propia, pues muchas veces no hay espacio ni tiempo para quejarse del dolor.

En mi puerperio tuve que hacerme la loca ante la tendinitis, la ciática y demás malestares como resultado de subir y bajar a una niñita que llegó a este mundo pesando 4.200 gramos y de otros movimientos repetitivos de madre primeriza. Y elegí, al igual que mi mamá, comerme el dolor con agua de hinojo y pararme todas las madrugadas a darle pecho. Y en esas madrugadas me repetía “gracias mamá, gracias por todo lo que hiciste por mí”.

Al verme como la madre que cuida y ama por instinto, también pienso en cómo esa jovencita me cuidó, confiando en ella misma y en que lo estaba haciendo bien. Hoy entiendo que cuando eres mamá ya no se puede tener miedo. Y si lo tienes, te lo comes de nuevo para ser la mamá valiente que abraza y dice que todo va a estar bien, aunque no sea siempre así.

El futuro no existe, es mejor vivir en el ahora y por eso no quiero pensar en la generación a la que pertenecerá mi hija. Por lo pronto sé que siento más admiración por todo el compromiso de mi mamá al madurar a la fuerza y brindarme todo su calor y cariño. También me siento orgullosa de ser ahora parte de ese fascinante grupo de mujeres que nos levantamos a las tres de la mañana y atendemos entre bostezos a esa criaturita que ahora hace parte de nuestra historia.

Mamá: la vida es azarosa y agradezco al destino que te eligió para ser mi guía, porque ahora me siento en tus zapatos. Reconozco lo difícil que es criar con conciencia y que ser madre encierra el poder divino de verse en esos ojitos brillantes que te recargan con el amor más sincero que haya alguna vez soñado sentir. Cada día que pasa atesoro esta experiencia única de ser la guía de Helena por este camino que hasta ahora empieza, y guardo la ingenua esperanza de que tal vez ella me diga algún día “gracias mamá por todo lo que hiciste por mí”.

¿La relación con tus padres mejoró una vez que tuviste a tus hijos? Cuéntanos tu experiencia.