A Mary Carmen Ambriz el embarazo le sentó de maravilla, igual que todo el proceso de ser mamá. Hasta que le echó maicena en la cola a la bebé para aliviar una rozadura de pañal.

 

Ser mamá es una situación compleja, eso que nadie lo dude. Debo confesar que yo era de las mujeres que decía que no iba a tener hijos porque existían otras prioridades: reencontrarme con mi padre, vivir una espléndida soltería, desarrollarme profesionalmente, viajar. Hasta que el destino me hizo tener una pareja estable.

Mi embarazo fue una etapa espléndida: tuve la oportunidad de tomar clases de yoga, y practicar la meditación, lo que me ayudó para encontrar momentos de armonía y paz. Aunque en el último mes no era sencillo dormir, se compensaba con los sueños que logré experimentar estando embarazada: tuve las mejores y más placenteras visiones (había agua por todas partes y me sentía muy querida por las personas que me rodeaban).

Otra de mis aficiones durante el embarazo fue la natación: era sorprendente poder experimentar la agilidad y suavidad de mis movimientos. Soñaba con agua, dentro de mí había agua, vivía rodeada de líquido.

Dicen que el embarazo embellece a la mujer y yo pensaba que era una de esas frases trilladas y muy sobadas que se cocinan a fuego lento en el horno de las abuelas y madres de familia, pero la verdad es que sí. A mí me sentó de maravilla: es una época en la que las hormonas están hasta arriba, irradias energía, los senos crecen y una luz tenue, un tanto sutil, aparece en la mirada. Hay un encanto especial en la mujer embarazada que debe subir las escaleras con cautela y respirar profundo. Aunque ahora que lo recuerdo, ya por las últimas semanas comenzaba a sentir que de pronto había envejecido 30 años y por eso me costaba trabajo moverme. No obstante, la temporada de esplendor fue más larga que la de abatimiento. Y es que la semilla había germinado.

Ahora que veo mis fotos de cuando estaba embarazada y miro en internet la imagen de la mujer que tuvo 8 hijos, casi coincidíamos con la misma circunferencia; mi vientre creció y creció para albergar a la adorable Ana Luisa, quien nació el 5 de octubre de 2007, pesando 3.500 kilogramos y midió 51 centímetros. Y desde entonces no volví a ser la misma. Comprendí que ser madre es como cuando uno aprende a manejar: uno hace muchas cosas a la vez; con la diferencia de que aquí casi no hay momentos de descanso, sólo las noches, con excepción de los primeros tres meses y cuando se enferma la pequeña.

La paternidad que ejerce Alejandro es muy diferente a la de los demás: la ventaja es que se compromete e involucra a tal grado que la educación y los cuidados se vuelven una tarea en común al descubrir juntos las nuevas etapas en el crecimiento de nuestra hija.

La desventaja es que a veces su ojo supervisor se vuelve intolerable (cuando la bebé nació, se fijaba hasta en cómo le acomodaba el pañal a la niña) y entonces surgían los problemas conyugales. Y a propósito del cambio de pañal, en una ocasión a la bebé le dio una diarrea muy fuerte, le llamé a su pediatra, le recetó algún medicamento, pero el malestar continuaba. Entre tantas evacuaciones, se rozó y yo había escuchado que la maicena era muy eficaz contra las rozaduras, más que cualquier otra crema. Cerca de las diez de la noche pedí en la farmacia que me trajeran un paquete de maicena, la usé con rapidez. Al día siguiente teníamos cita con la doctora, pero antes nos había encargado pasar al laboratorio para tomar una muestra de sus evacuaciones. Ya me había percatado de un color extraño que estaba manchando el pañal y, aunado con los síntomas de la bebé, se veía como si fuera un sangrado, situación que me alarmó. Cuando llegamos al laboratorio, me di cuenta que había otras manchas por todas partes, como salpicado de no sé qué, además de un olor peculiar. Fue en ese momento que recordé que el encargado de la farmacia me dijo: “Sólo tengo maicena de cajeta”, y yo asentí. A los pocos días Ana Luisa se repuso y la maicena de cajeta en sus nalguitas quedó para el anecdotario de una madre inexperta.

Nunca la palabra mamá había tenido tanta importancia para mí como hasta ahora, y el hecho de reconocerme en ella me envuelve de una atmósfera especial que jamás hubiera imaginado. La creación de un escrito, ver publicado un libro, nada se compara con la posibilidad de darle albergue a un nuevo ser durante 40 semanas.

No obstante, ser mamá es una situación compleja… eso que nadie lo dude.

 

 

Definiciones que pueden ser útiles:

Dulce de Cajeta: Postre elaborado con leche de cabra quemada con azúcar, que usualmente lleva otro ingrediente para añadir sabor, como vainilla o licor; tiene una consistencia espesa y color café.