Mary Carmen Ambriz les da algunos consejos a mamás y papás para que junto a sus hijos superen el primer día de clases.

Toca el momento irremediable o afortunado para las madres, cuando el hijo debe ir a la escuela y, por así decirlo, se realiza el primer abandono del nido. Dicen los psicólogos que la labor de los padres es apoyar a nuestros hijos a pasar de una etapa a otra, de la manera más óptima posible: de bebés a infantes, de éstos últimos a adolescentes y de la adolescencia a la adultez.

Como madres ya hicimos nuestra labor al escoger la que consideramos la escuela que cumple con nuestras expectativas: tiene experiencia en el modelo educativo que ostenta; ofrece el desarrollo intelectual y motriz que deseamos para nuestros hijos; posee normas relacionadas con la convivencia, los valores y el desarrollo social de los alumnos; está cerca del lugar donde vivimos; garantiza que los problemas que surgen en la escuela se resuelven ahí y, lo más importante, nos brinda la confianza necesaria para que nuestro hijo adquiera un eficaz desarrollo intelectual durante sus primeros años de vida (sus primeros trazos, lectoescritura, sus primeras sumas y restas, la adquisición de otra lengua que no es la materna).

Y ya tenemos todo listo: uniforme nuevo, útiles, cuadernos y libros forrados. No obstante, la inquietud privilegia en la casa, tanto el padre como la madre no saben cómo va a reaccionar el pequeño en su primer día, y tratan de contagiarle un entusiasmo que desconocen si servirá de algo en el instante decisivo.

Por fin llega el día de clases. Un hueco en el estómago de la madre se fue forjando días antes y ahora se encuentra en su plenitud. ¿Qué nervios? Es duro, deberemos seguir las indicaciones que la directora del kínder nos ha dicho: “Recibiremos a su hijo y, por ningún motivo, se regresará por él. Debe dejarlo así oiga que llora, patalea, grita. Si usted da marcha atrás, le mandará una señal equivocada al niño. Nosotras tomaremos su mano y lo llevaremos al salón que ya conoce usted.”

La mayoría de las veces el niño no llora tanto como lo hace la madre. Más si se trata de su primer hijo. Sin embargo, es un llanto interno, una mezcla de sentimientos que va desde la alegría, la nostalgia hasta la angustia por verlo de nuevo y contento.

No obstante, si algo sale mal, si el pequeño sufre en esta etapa de adaptación, también es necesario revisar si algo no hicimos bien en nuestra lista de pendientes. A continuación enumero algunos de esos errores comunes:

  1.  El engaño. Pedirle al niño que entre a la oficina de la directora a tomar un dulce y alejarte sigilosamente, sin que te vea.
  2. La prisa. No prever con calma que desayune y se cambie, y que el niño se sienta presionado porque podría llegar tarde en su primer día de clases.
  3. El chantaje. Decirle que: “No llores porque mamá se va a poner triste”.
  4. La mentira. “Dale la mano a la profesora/maestra/miss y visita con ella el salón de clases, yo no me iré, aquí te espero, si ves a otros niños y quieres jugar te quedas con ellos”.
  5. El drama. Llorar enfrente del niño porque lo dejarás de ver unas horas y prologar la despedida.
  6. Las frases célebres. Justo antes de que entre a la escuela, la madre aprovecha para decirle frases que sólo harán que tenga un rechazo por la escuela y la adaptación se convertirá en un verdadero problema. “No sé si voy a soportar verte cruzar la puerta”, “Eras un bebé y ahora te vas de nosotros”, “Te vas de mí”. “Te voy a extrañar mucho”.
  7. El disfraz. Querer ver a tu hijo como si todavía fuera un bebé, incluso hablarle así para sentir que todavía no ha crecido lo suficiente.

Lo mejor para el ingreso a clases es que exista una preparación y que el niño sienta que irá a algo nuevo, divertido, que estará seguro y, lo más importante, que tenga la certeza que su madre lo recogerá unas horas después.

El niño gana un espacio para relacionarse, otro terreno, nuevos amigos; mas no pierde su espacio en casa.

Lo que puedes hacer para una mejor adaptación es:

  • Hacer que juntos preparen el almuerzo/merienda/lunch de una manera agradable.
  • Antes seleccionaron la mochila/morral/maleta o lonchera con su personaje favorito.
  • Que el niño, previamente, ya haya visitado la escuela.
  • Estar puntual para llevarlo y recogerlo, para que el niño no sienta inseguridad. Poco a poco su permanencia en la escuela aumentará de manera gradual.
  • Decirle que es un día especial y que se la pasará muy bien con otros niños, que todo será divertido para él.
  • Confiar en la capacidad de adaptación que tiene tu hijo, sólo así podrás transmitirle la seguridad que requiere para este primer día de escuela y en el futuro.

Como madres, debemos soportar esa ausencia que viene siendo el segundo desprendimiento de la madre y el niño (el primero ocurre durante el nacimiento). No es algo sencillo, pero pasará, traerá más satisfacción que tristeza. Hay que permitirnos tener ese instante de congoja. Yo recuerdo haber llorado más que mi hija y nadie me vio. Me encerré en el baño de una cafetería y saqué lo acumulado. Luego todo siguió su curso.

Lo que no se aprende en el kínder, en los primeros años de formación de los seres humanos, no se aprende nunca. En cierto modo, el kínder es la universidad de la vida. Pensemos en la convivencia, en la amistad, en compartir cosas, en ese descubrimiento al que se enfrentan los niños.

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