“Creo que fui la mamá más cuadriculada y metódica del mundo cuando nació mi primer hijo”, dice nuestra autora en una reflexión sobre su maternidad y el valor de la flexibilidad.

Los tiempos cambian y las personas también. Los hijos crecen, los años pasan muy rápido y de repente hay que empinarse para darles un beso, pedirles permiso para entrar a su cuarto y revisar su closet para buscar una camisa refundida se convierte en todo un sacrilegio, un peligro o ¡ambos al mismo tiempo!

Dicen, por otro lado, que hay que aprovechar a los hijos cuando están pequeños porque cuando grandes ya no se dejan abrazar ni llenar de besos.

Creo que fui la mamá más cuadriculada y metódica del mundo cuando nació mi primer hijo. Hace poco encontré –con terror- el cuaderno donde llevaba “el horario de actividades” que realizábamos todos los días. Dice algo así como: Lunes de 9:00 a 10:00 actividades con balón en el parque, 10:00 a 10:30 onces (fruta y avena), 10:30 a 11:00 libros y de 11:00 a 12:00 plastilina o masas. ¡Que locura, este pobre no había entrado al colegio y yo ya le distribuía las actividades del día en franjas de minutos!

Después de eso encontré, en el mismo cuaderno, un detallado recetario de algunas masas posibles: avena, maicena o sirope con Colbón. ¡No sé si todo esto era peor para él o para mí! No sé si sentir pesar por mi rigurosidad o por lo que debieron haber sido esos primeros años de mi primiparada.

Sin embargo, quizás no fue todo tan malo, pues hoy en día mi hijo es un joven maravilloso, que brilló académicamente en sus estudios, un chico responsable y súper creativo.

En el fondo, y con una intención clara, seguramente trataba de ser una “súper mamá”, pero para mi hijo y las mamás de sus compañeros posiblemente era una “mamá nerd” y muy exagerada.

Hoy en día podría dividir a las mamás en dos grupos:

Las “omnipresentes”, las que están en todo y en cada momento y quieren ser partícipes de cada instante de sus hijos, muchas de las cuales han dejado el trabajo por el que lucharon en etapas previas y se han resignado, como me dijo una de ellas hace poco, “a recoger el arroz del piso”. Estas mamás omnipresentes no dejan que nadie las ayude y sienten celos de nanas y de hermanas.

Las otras mamás, en el polo opuesto, son “mamás sombrilla”, las que aparecen para apagar los incendios, pero en realidad delegan todo y, en su afán de consentir, corren el riesgo de malcriar y no poner límites claros.

Ningún extremo es bueno, pero ante el bombardeo de las redes sociales, la inmediatez y las condiciones actuales del mundo y la cultura, lo más fácil es asumir una de las dos posturas.

Yo fui una mamá omnipresente. Recuerdo haber sentido celos hasta de mi mamá, porque en ocasiones ella podía calmar a mi hijo más rápido que yo. Bueno, ¡habría sido necesario calmarme primero a mí para que yo pudiera calmar al chico en ciertas oportunidades!

También viene a mi mente -con mucho dolor- la rabia que sentí contra una de mis cuñadas el día que llegué tarde a casa y ella tenía a mi hijo metido en la tina en toda una fiesta con los primos. Él estaba pasando buenísimo, pero yo estaba furiosa porque no era yo quien lo estaba bañando.

Y cómo no olvidar todas las veces que, teniendo ayuda de mi marido para montarlo al bus, me levantaba de la cama con una migraña terrible porque “era la mamá quien debía acompañarlo en el paradero”.  Mirando la película, estoy segura que hice muchas cosas que no debí haber hecho y que seguramente, en mi impaciencia y frustración, grité y castigué sin razón en varias oportunidades.

Lo que quizás no entendía y seguramente le sucede a todas las que en este momento son mamás de niños pequeños, es que está bien pedir ayuda, que no se puede hacer todo sola y que querer salir corriendo y escaparse unas horas es “normal” e inclusive necesario.

Veo como algunas mamás están hoy en día reventadas con sus bebes, dejando completamente de lado su vida profesional, social y marital, porque “es muy importante lo que sucede durante los cinco primeros años del niño”. Pero ellas mismas no ponen su propio límite: son mamás treinta horas al día, ocho días a la semana y no se permiten fallar.

Las suegras estorban, las hermanas y las cuñadas tienen valores y expectativas diferentes, las niñeras no sirven para nada, las maestras no saben cómo tratar a sus hijos, los papás a veces hacen todo al revés y hasta cuestionan las instrucciones de los doctores. Cualquier cambio en el horario que ellas han definido es una señal de tragedia y cuando las cosas se hacen distintas a sus instrucciones, ¡el cielo de caerá!

Si hay algo que he aprendido con el tiempo, es que nuestros hijos nos necesitan bien y que la única manera en que podemos mostrarnos antes ellos así, es cuando gozamos nosotras también de nuestra maternidad.

Es cuando finalmente entendemos que hemos asumido la tarea de estar con nuestros hijos porque eso es lo que queremos y porque lo vamos a disfrutar, no por culpa ni por un castigo y no porque “es que lo que tiene que hacer una buena mamá con sus hijos antes de los cinco años”.

Cuando somos capaces de analizar cómo estamos haciendo las cosas, podemos comprenderlas de manera diferente. Y en ese momento entenderemos que salirnos a veces del horario significa enseñar flexibilidad; que aprender a estar con otras personas que no hacen las cosas como nosotras es enseñar tolerancia; que no cuestionar las instrucciones del médico es enseñar respeto; y que entender que las profesoras en el colegio hacen las cosas de una u otra manera, es enseñar diversidad.

Para ser súper mamás, primero es necesario ser conscientes que debemos honrarnos como mujeres que son capaces de dar ejemplo de entereza, responsabilidad y honestidad y que para ello es fundamental entender que podemos fallar, que el cansancio es humano, que está bien pedir ayuda y que no lo sabemos todo.