Después de llanto, una que otra crisis y jornadas extenuantes de lactancia, Katherine Villavicencio aprendió que todas las mujeres son capaces de amamantar a sus bebés. Y que cuando se logra, es una gran experiencia.

Pareciera que es lo más natural del mundo, que todo fluye fácilmente. Que desde el primer momento uno va a estar ahí, sin complicaciones, con su bebé en brazos, amamantándolo, como en una postal de las miles que nos conmueven en comerciales de maternidad. Pero no, la lactancia tiene un detrás de cámaras que nadie cuenta, que muy pocas amigas o madres te relatan con crudeza, tal vez por olvido o porque, cuando se logra, su majestuosidad borra todo rastro de impotencia o desazón.

La lactancia duele. No debería, pero duele, física y emocionalmente. Duele en el cuerpo porque los pezones no están suficientemente hidratados y nunca antes trabajaron a tiempo completo alimentado a otro ser. Duele porque no procuramos un buen agarre del bebé, porque succiona con mucha fuerza y, cuando lo hace en el lugar equivocado (la punta del pezón, por ejemplo), eso termina en pezones agrietados o sangrantes. Duele y la aguantamos apretando los labios, cerrando los ojos o a los gritos (¡cada quien tiene su forma!) con tal de calmar ese llanto de hambre o de necesidad del calor de mamá.

Leí manuales de lactancia y consejos prácticos al respecto (poner el dedo índice sobre la punta de la nariz del bebé para que él abra bien la boca y logre agarrarse adecuadamente, funciona), pero no a todas las madres les va igual. Hay niños que succionan más fuerte que otros, y otros que se resisten a soltar la teta una vez que la agarraron (de la forma que sea); hay madres que sufren porque tienen poca leche; hay otras que se desesperan porque tienen demasiado y no encuentran qué hacer cuando el bebé parece ahogarse por la presión; y hay algunas más que enfrentan dolorosamente la inflamación de la glándula mamaria (mastitis) porque la leche no fluye y tapa los conductos, formando grumos gigantescos.

Un mes antes de que naciera mi hijo recibí dos consejos claves de una amiga: “no esperes a dar a luz para hidratar los pezones, ¡empieza ya!” y “no dejes que el bebé te agarre solo la punta sino toda la areola (la parte más oscura que rodea al pezón)”. Ella tenía experiencia: con tres de sus cuatro hijos tuvo una lactancia exitosa después de aprender de los errores del primero. Se lo agradeceré siempre: nunca sufrí por grietas o sangrados, solo el enrojecimiento propio de los primeros días.

Mi lactancia arrancó aparentemente fantástica, sin mucho dolor físico y con un buen agarre de mi bebé. Pero a los diez días empezaron jornadas agotadoras, en las que mi hijo dormía apenas 20 minutos en el día (eso de que los recién nacidos solo comen y duermen es una leyenda urbana para mí) y se despertaba en busca de teta. Llegó un día crítico en el que pasé recostada a un sofá dando el pecho. Los comentarios comenzaron como dardos: “no tienes leche”, “no se llena”, “come mucho, no le alcanza”, “por eso el pobre no duerme”, “hay que darle fórmula”. Y eso, aunque se diga con las mejores intenciones, a una mujer recién dada a luz la aturde mentalmente y la hace sentirse impotente.

Así empezó, entonces, un dolor emocional para mí. No quería darle fórmula a mi bebé. No tengo nada en contra,  creo que ha salvado a muchos niños y madres, que es una decisión de cada mujer. Pero yo solo quería ser capaz de dar todos esos beneficios que la leche materna brinda a un recién nacido (es, sin duda, la mejor protección y anticuerpo para su desarrollo) y de los que tantas veces en mi carrera como periodista escribí y promulgué.

Al final del día, agotada, accedí. Llamé a mi pediatra (prolactancia total) y a regañadientes me dijo que pruebe dándole unas onzas de leche de fórmula. Mi bebé por fin durmió. Me recosté y lloré. Ahora me sentía culpable de, según yo, haberlo tenido con hambre.

A los dos días mi bebé comenzó con cólicos imparables (llantos de hasta tres horas) y alergia en la piel. La fórmula no le sentó bien. Fue detectado con alergia a la proteína de la leche de vaca. Mi doctora fue enérgica: “la única fórmula será pecho, pecho y más pecho”. Si hay algo que produce leche (por encima de cualquier agua milagrosa, cerveza sin alcohol o bebida de cebada que te recomienden y en la que quieras creer) es la succión del bebé. Es eso lo que envía la orden al cerebro y nos hace producir más.

En el grupo de apoyo, al que me uní cuando pensé que yo no era capaz de alimentarlo exclusivamente con mi leche, aprendí que bañarse con agua tibia antes de amamantar ayuda a que la leche baje. Dejar los pechos al aire libre, cubrirlos con la propia leche materna, agua de manzanilla o alguna crema especial es un buen aliciente para el daño de los pezones.

También entré a todos los links y videos que se compartían sobre lactancia (páginas como la de la Liga de la Leche te abren todo un mundo inexplorado) y aprendí que la mejor forma de arrancar con la alimentación exclusiva es confiar en ti y en tu cuerpo. Dejarlo actuar y no presionarlo a producir porque no somos una fábrica en cadena.

Aprendí a escucharme a mí misma. Así como el cuerpo de cada mujer está perfectamente diseñado para albergar otra vida adentro y traerla al mundo, lo está para producir leche y alimentarlo en la medida que el recién nacido requiere.

Creo que todas tenemos la capacidad de amamantar, más allá de los casos que conozco de mujeres que no han podido hacerlo, en la mayoría justamente por problemas emocionales o médicos. Y yo soy una muestra de que sí se puede. Entendí que la crisis inicial no era porque algo estaba mal conmigo, sino porque los bebés tienen crisis de crecimiento (sí, muchas durante sus primeros meses de vida).  El día que mi hijo no durmió y pensé que no se llenaba, en realidad, estaba atravesando por una. Los bebés pasan más tiempo del habitual pegado al pecho o tienen tomas más seguidas porque es la manera de hacer que su mamá produzca más para los meses que vienen.

Hasta los cuatro meses pude mantener la lactancia exclusiva y mi hijo comenzó a dormir. Yo descubrí un universo nuevo y complejo, que incluyó aprender a extraerme manualmente la leche para que así el extractor funcione mejor y conservarla para armar mi pequeño banco en casa.

Cuando terminó mi licencia de maternidad y volví a trabajar, la exclusividad se volvió difícil porque las reservas del banco se agotan rápido. Debí complementar con una leche especial a base de maíz y todo fluyó. No me obsesioné con dar solo la leche materna o dejar todo a la fórmula sino hacer aquello que a mi hijo y a mí nos hiciera bien.

Mantener la lactancia cuando se retoma la vida laboral se vuelve un reto, sobre todo por los tiempos que toma atravesar ciudades con mucho tráfico o porque las oficinas no prestan las condiciones adecuadas. La propia Organización Mundial de la Salud hizo un llamado en 2014 a apoyar la lactancia con leyes que protejan la extracción y el almacenamiento de la leche materna en los lugares de trabajo o estudio y a generar entornos que fomenten la lactancia. La iniciativa surgió luego de conocer que en América Latina, según sus cifras oficiales, más del 60% de los lactantes no son alimentados exclusivamente con leche materna durante el primer semestre de vida, precisamente por dificultades como esta.

Estuve doce meses llevando mi extractor eléctrico como cartera al trabajo. No había un lugar adecuado. Era imposible hacerlo en el baño, que es el espacio al que recurre la mayoría (aunque nadie en casa prepara su comida al lado del inodoro) porque no había un enchufe para conectarlo y estar en privado. Una productora fotográfica,  madre primeriza que enfrentó el mismo problema, me ofreció un espacio en el estudio de fotografía del diario donde trabajaba.

Durante un año, casi religiosamente, me extraje las onzas que mi hijo tomaría al día siguiente. Era agotador realmente, más cuando en seis horas debías entregar tu trabajo a tiempo y correr a casa a ver a tu bebé. Pero lo mantuve porque la lactancia ya se había establecido, lo más duro había pasado, mi hijo había crecido tan sano que aún hoy, cuando lo he visto comerse galletas del piso y meter la mano al excusado, no he sabido lo que es una infección o una diarrea en él.

Mi hijo tiene 20 meses y sigue tomando teta (y sí, sigue saliendo y no es agua que no alimenta como dice cada mito por ahí).

En el camino, cuando van dejando de ser bebés, también toca aguantar unos cuantos mordiscos con los primeros dientes, rasguños o que quieran arrancarte la ropa en público. Son molestias menores. Cuando hemos encontrado ese equilibrio emocional y sabemos que somos madres y somos capaces, la lactancia da el paso del dolor a la plenitud, al disfrute, a ese momento mágico de perderse en la mirada de un ser para el cual somos el mundo entero. Y ahí uno entiende, en realidad, por qué nunca nos contaron todo lo que dolía.

Si quieres conocer más sobre lactancia y los mitos al rededor del tema te invitamos a ver nuestra charla con Laura Peláez, doula y coach perinatal.

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