A pesar de las recomendaciones de los médicos, una mamá se arriesgó a amamantar, primero embarazada, y luego a dos hijos a la vez. Te contamos cómo le fue.

El resumen es así: tienes un hijo o hija que está siendo amamantando, vuelves a quedar embarazada, tienes la posibilidad de seguir lactando en medio de la gestación; todo el mundo se asusta, medicina y enfermería no se ponen de acuerdo para saber que tan perjudiciales pueden ser las contracciones que puede generar el amamantamiento. Entonces ignoras a los opinólogos y vas por la ciudad preguntándole a cada mujer, de esas que han parido media docena de hijos o más; también visitas foros de madres en internet. Así te das cuenta de que es normal. Que las abuelas lo hacían.

Por eso decidí amamantar a mis hijos sin importar sus diferencias de tiempo al nacer. Elegí la lactancia en tándem.

Avanza la gestación, se acerca otra cesárea para cuidar la anterior cicatriz uterina, que no ha tenido suficiente tiempo de curar por el corto tiempo entre hijo e hijo. Estoy recién separada, entonces con mi familia comenzamos a pensar dónde va a dormir el niño mayor, sabiendo lo dura que es la recuperación de una cirugía como esta. Me vienen los miedos de lastimar su corazón sacándole la teta con la llegada de su hermano. Entonces decidimos que duerma con mi madre para que ella lo lleve en la mañana a la cama para la dosis de tetica y abrazos.

Con la llegada del bebé y una vez va sanando la cicatriz, empiezo a reacomodar a los niños, uno en cada teta. Al pequeño lo pongo en mi vientre y pecho y lo sostengo por debajo con el brazo y la ayuda de una almohada; el mayor queda metido en el hueco de la axila, perfecto para su teta, así duermen, así dormimos.

Mi vida transcurre entre el afán de criar y estudiar mi carrera. Voy a la universidad a clases con el pequeño amarrado a mí, sostenido por un fular. Mis senos producen el doble y sufren de varias obstrucciones de tubos lactíferos –nunca mastitis–, superadas con tres días de antiinflamatorios y vitamina E. Tenía leche como para alimentar a una comunidad entera de infantes; entre más lactaba, más leche. Un par de veces vi a mis hijos intentando parar la producción con su lengua.

Las noches se agudizaban, pues las utilizaba para estudiar, hacer trabajos y adelantar lecturas de clase, y ellos exigían mi presencia en cama para dormir con la tranquilidad de la succión. Yo luchaba para no caer en el mundo de los sueños, con el cansancio en el cuerpo de ir y venir con las crías, por las calles, el jardín infantil, la universidad, el bus, la casa.

Esos momentos de lactancia nocturna también eran valiosos, se convertían en jornadas largas de introspección, algo así como momentos de meditación mientras amamantaba  a ambos hijos. El ejercicio de pensar por horas sin moverme, estar mucho tiempo cavilando, creando ideas, jugando con mi conciencia, deconstruyendo paradigmas, los pude lograr en los momentos de lactancia.

Ahora veo para atrás y no sé cómo lo hice.  Las personas que me vieron varias veces sacándome las tetas para mis hijos me ven como un referente de la lactancia. Esto se convirtió en mi activismo: la defensa del cuerpo y las decisiones de las mujeres. Así abracé  el feminismo para que cada mujer haga lo que quiera con su cuerpo, con sus maternidades, que haga con su tiempo lo que considere, así cada una va a aportando a destruir prejuicios y barreras.

Si estás interesada en los mitos al rededor de la lactancia y el embarazo, te invitamos a desmentirlos haciendo clic aquí.

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Foto: Jorge Luis Pulido