Esta nueva madre decidió cambiar sus rutinas y tradiciones en Navidad para darle espacio a las de su nueva familia.

Nuestro bebé crece, nos encanta, está sano y, de repente, es Navidad. Ahora no se trata de negociar con qué familia nos toca cenar en Nochebuena, con quién comeremos en Navidad o dónde vamos a celebrar el Año Nuevo. Hay un bebé en casa que se alimenta a libre demanda, que está conociendo el mundo y que nada sabe de nuestras costumbres familiares. Y, algo importante, estamos dedicadas a cuidarlo y a protegerlo.

Con la llegada de Ana Luisa hicimos una valoración: qué tanto nos importaba estar con nuestras familias, quedar bien con otros y pasar una noche incómoda, por tener que cuidar de la bebé en otro sitio que no era nuestro hogar. La respuesta fue muy clara. En todas ganaba el interés tanto de Alejandro como el mío por estar junto a la bebé y dejar que la Navidad tomara su curso, pero con nuestra hija en casa.

Les explicamos a nuestros familiares cercanos que nos sentíamos más cómodos si los visitábamos otro día, o bien, ellos podían venir a vernos cuando lo desearan. De tal modo que la primera Nochebuena de Ana Luisa la pasamos en casa y nada ni nadie hizo que cambiáramos de opinión al respecto.

Sí, lo sé, van a decir que la bebé se tenía que adaptar a nosotros y no nosotros a ella. Sin embargo, yo no me sentía cómoda en una habitación que no es la mía y con la necesidad de darle prioridad a mi hija, mientras que los demás invitados estaban en una reunión.

En diciembre la temperatura baja mucho y tampoco queríamos sacar a la bebé de dos meses en la noche o quedarnos a dormir en casa de mis suegros. Ninguna de las dos opciones eran viables para mí, pero sí podíamos ir otro día a comer y pasar un rato agradable en familia; mas no en Navidad y con bebé de meses.

Así empezaron las modificaciones que tarde o temprano sentía que debía realizar. Y esos ajustes los ejecutamos los tres primeros años de su vida, luego volvimos a asistir a la cena familiar en Nochebuena y el 25, a mediodía, regresábamos a la casa a ver los regalos que Santa Claus había dejado al pie del árbol para la niña.

Recuerdo las primeras cartas a Santa que yo le ayudaba a escribir, luego ella las hacía, primero con dibujos y luego con más y más palabras. Años después Ana Luisa implementó la costumbre de dejarle leche y galletas a Santa Claus, pues venía cansado de dejar tantos regalos y de un viaje extenuante del Polo Norte a la Ciudad de México y otras latitudes.

En casa desfilaron muñecas de muchos estilos, princesas, no princesas, peluches, cocinas de juguete, juegos de destreza, juegos de té, minions, unicornios, ponys, perritos, casitas en varios formatos hasta una batería de Toy Story con todo y platillos que retumbaban en la sala cada vez que la niña se sentaba a dar de tamborazos.

Cuando Ana Luisa tenía seis años, lanzó una protesta enérgica. “Ya no quiero ir a casa de mi abuelito, me cae bien, pero quiero que cenemos en casa y dormir aquí, esperar a que llegue Santa y despertar muy temprano para ver mis juguetes. Si nos quedamos a dormir  allá, nos tardamos mucho en venir a ver los regalos. No quiero ir”.

En lo personal debo confesar que el reclamo de Ana Luisa me pareció muy bien, pues aunque aprecio y quiero a la familia de mi esposo, no hay mejor momento en la vida para mí que dormir en mi cama, en mi casa, con los míos y no pedir posada en otro lugar.

Alejandro comprendió muy bien lo que solicitaba la niña y la celebración de Navidad tuvo, de nueva cuenta, cambios. Empecé a cocinar una cena para los tres, pues el resto de la familia no ha querido romper con la tradición de reunirse en la misma casa y con la misma gente. En ocasiones, los abuelos y tíos de Ana Luisa han venido el 25 a mediodía a comer en el famoso recalentado o lo que queda de la cena de Nochebuena, y entonces la niña disfruta de ver a más miembros de la familia reunida. Mi hija es un poco o un mucho conciliadora, aglutinante, ideal para convocar personas o integrar una fiesta; no quiero imaginarme cuando sea adolescente y tenga la casa llena de sus amigos.

El hecho de cenar los tres en casa implica que Ana Luisa al menor ruido o inquietud, a las tres, cuatro o cinco de la mañana, se despertará, irá corriendo a ver los regalos que le trajo Santa Claus y animará de inmediato a su papá para avisarle, muy entusiasmada, lo que acaba de encontrar y siente que debe abrir de inmediato.

A mí me muestra sus regalos de Navidad como si se tratara de una segunda función de una obra de teatro que ya hizo ese día, más tarde. Aguarda a que despierte y, antes de que les prepare algo de desayunar, me conduce hasta donde están los obsequios y se encarga de enseñarme cada uno de ellos.

Para las nueve o diez de la mañana en que me despierto, pues soy la que debe dejar todo listo una noche antes —ustedes saben de lo que hablo—, ya Ana Luisa y Alejandro jugaron con lo que dejó Santa, la niña ya trae puesta la ropa nueva o está dibujando con algo que también venía incluido en sus regalos.

La Navidad pasada Ana Luisa le pidió a Santa un juego de mesa que se llama Pastelazo. Por suerte, Santa Claus tuvo la precaución de incluir un bote de crema batida para poder usar la nueva diversión y Alejandro se puso a jugar desde las 5 de la mañana, en medio de un frío atroz. Ana Luisa le tomó fotografías que más tarde me enseñó. Al principio me dio risa, pero luego me conmovió que Alejandro tuviera paciencia para quedar con la cara llena de crema batida cuando aún no amanecía. Debo decir que me pareció hasta un acto estoico, porque mi respectivo pastelazo me tocó dos o tres meses después gracias a que durante la temporada navideña tuve suerte y la libré.

Hoy me río de aquella blanca, muy blanca Navidad, con pastelazo incluido. Nuestra hija crece, aún cree en Santa Claus y en la paciencia de sus padres para seguir disfrutando de sus ocurrencias y los momentos felices que nos hace pasar. Porque nunca la Navidad volvió a ser la misma con ella y el Año Nuevo, en cambio, lo pasamos con sus abuelos, tíos y primos que por alguna razón no vimos o no se reunieron cerca de la Navidad.

Felices fiestas a todos, disfruten a sus hijos.