Nuestra autora decidió que su hijo entrara a la escuela o guardería infantil a los doce meses. No se arrepiente, pues encontró más beneficios para el niño que desventajas.

En inglés dicen “it takes a village” refiriéndose a que la crianza de un bebé necesita de todo un pueblo para poder suceder y ser exitosa. Ahora, casi un año y medio luego de la llegada de mi hijo, entiendo de dónde viene el adagio popular. Un pueblo entero no es suficiente para ayudar con el trabajo que requiere criar un hijo.

Mi pueblo era y es mi esposo. El día del parto éramos él, yo y la doula. El día después y desde entonces hemos sido él y yo. Con ayudas ocasionales y visitas familiares una o dos veces al año, nosotros somos el pueblo de mi hijo, su comunidad entera, y entre nosotros hacemos malabares para aportarle todo el amor y cuidado que necesita.

Y hemos sido exitosos. Hasta cierto punto.

Los primeros doce meses de su vida yo estuve junto a él día y noche. Decidí no trabajar para dedicarme a su cuidado y disfrutar la maternidad que tanto había pospuesto. Descubrí que ser mamá es una labor que aísla, aún más en un país que no es el de uno y sin familia cerca, pero también es un trabajo que requiere una paciencia y entrega que agota física y emocionalmente. Mis dificultades con depresión posparto y ansiedad  hacían estos primeros meses aún más abrumadores.

En las horas en las que mi hijo estaba despierto íbamos a clases de música, al parque a respirar aire puro, a museos y jardines de vez en cuando, e intentábamos rodearnos de otros bebés y sus mamás para sentirnos acompañados y socializar. Algo importante para ambos. Aún así, la mayoría del tiempo estábamos solos, y en la noche mi esposo llegaba muchas veces a encontrar un bebé ya dormido.

No me arrepiento por un segundo de haber dejado de trabajar, y me siento muy afortunada de que así haya sido, pero hace unos meses comencé a entender que yo sola no era “suficiente” para todo lo que mi hijo necesitaba. Su aprendizaje y sobretodo su socialización requerían precisamente eso, socializar. Él necesitaba más y a veces yo no podía darle todo.

Mi año de maternidad llegaba a un fin que yo me había auto-impuesto. Para mí trabajar es importante y me hace feliz. El dilema al que me enfrentaba era sí iba a dejar el cuidado de mi hijo en manos de una niñera o si iba a ponerlo en la escuela. La niñera era aislarlo como yo estaba con él y, por muy cariñosa y dedicada que ella fuera, al final mi hijo iba estar en la mismas circunstancias.

Muchas conversaciones con otras mamás me indicaban que la escuela era lo mejor porque ahí iba a tener más ojos atentos a su cuidados, niños para jugar, actividades variadas, la posibilidad de desarrollar nuevas habilidades, crecimiento en adaptabilidad y flexibilidad y, además, tiempo libre para mí. ¿Tiempo libre? ¿Qué es eso? La idea me parecía tan ajena como atractiva.

Para evitar un cambio muy abrupto visitamos la escuela elegida algunas veces antes de su primera semana para que viera el ambiente y se familiarizara con las nuevas caras.

Y luego llegó su primer día.

Tener el corazón del tamaño de una uva pasa/pasa de uva no alcanza a describir lo que yo sentí al dejarlo. Él muy sonriente agarró un juguete y se quedó ahí sentadito. Yo lo abracé con los ojos encharcados, lloré al despedirme de las profesoras y lloré de camino a la casa. También seguí llorando en la casa.

Por primera vez en doce meses eran las diez de la mañana y él no estaba conmigo, no íbamos al parque, no había a quién leerle libros antes del almuerzo. Almorcé sola, llorando.

Las primeras semanas fueron muy duras, más para mí que para él, y aunque iba solo media jornada a mi me parecía un rato eterno. Pero así, poco a poco, mientras él se adaptaba a un nuevo lugar y una nueva rutina, yo hacía lo mismo. El tiempo libre se volvió tiempo de trabajo, las horas ya no eran tan largas y comencé a ver por qué las mamas con hijos en la escuela veían tantas bondades en ella.

Mi hijo aprendía cosas todos los días, parecía más curioso. Los primeros pasos que dio en la casa se convirtieron en pasos rápidos y seguros en cuestión de días. Comenzó a imitar ritmos de canciones, a hablar más, a comer mejor. Se ponía contento al ver a sus profesoras y muy pocas veces lo oí o vi llorar.

Ese universo que yo sentía no lo podía proveer estando los dos solos se comenzó a revelar delante de mí. Él necesitaba ese espacio para aprender y jugar, y yo para recomponerme emocionalmente y comenzar a reinstaurarme como profesional y como mujer, más allá de como mamá.

Con el paso de las semanas comenzó a pasar más tiempo en la escuela y ahora a sus 17 meses va de nueve de la mañana a tres de la tarde, a veces un poco más o a veces un poco menos. Como freelancer tengo días muy ocupados y otros no tanto, y cuando puedo estar con él más tiempo lo recojo y salimos de paseo como antes, los dos solitos; vamos al parque, a las compras, jugamos en la casa. Pero ahora es diferente, porque es más especial. Nuestro tiempo juntos no es parte de un día más sino es solo nuestro. Cada libro es una novedad, cada cena juntos es única, no porque antes no lo fuera, sino que, sumergida en la rutina, a veces todos los días parecían el mismo día.

La escuela le dio a él un espacio que es suyo solo, me dio a mí tiempo para trabajar y para concentrarme en mis ocupaciones con la certeza que está bien, que lo cuidan, alimentan y quieren. A mi esposo le dio una esposa más tranquila y un bebé que lo sorprende todos los días con cosas nuevas.

He dicho en muchas de mis entradas que cada familia necesita cosas diferentes y todos los bebés son distintos y sus necesidades únicas. Mi hijo es inquieto, curioso, activo y necesita estimulación constante, así como ejercicio físico. Yo le puedo dar todo eso, pero la escuela le da un mundo más grande y amplio, más allá de su casa y sus papás.

Soy una abanderada de la escuela y sus bondades, pero también seré muy honesta: mi hijo nunca se había enfermado tanto como en los últimos meses. Pareciera que cada aprendizaje nuevo viene con una gripe, con tos, con mocos. Allá juega y aprende, y comparte gérmenes, se pasan virus los unos a los otros. Intento ver esto como una ganancia porque en palabras del médico “desarrollan así su sistema inmune.” Dicen que los primeros seis meses de escuela es cuando se enferman más y luego todo mejora. Y aunque cada fiebre o episodio de tos me retuerce el estómago, lo veo como un malestar menos y una ganancia en su futura salud.

También anoto que no todo fue color de rosa en su proceso de adaptación: mi hijo no tomó siestas en la escuela durante los primeros dos meses. No hubo cómo, simplemente no quería y al llegar a recogerlo tenía los ojos brillosos y la cara de cansancio de un bebé que no ha dormido en muchas horas. Al final, un buen día, cuando lo dejamos ser, sin afanes, sin angustia, sin preocupaciones, recibió el tetero, agarró su cobijita y durmió dos horas seguidas. Y ahora lo hace regularmente, con unos días mejores que otros. Pero ya sabe que dormir allá está bien y que va a estar bien. Necesitaba él solo sentirse cómodo para poder cerrar los ojos y descansar.

No cambiaría nada de su primer año porque fue muy especial poder estar con él; pero ahora que tenemos esta nueva rutina tampoco la cambiaría porque él pasa feliz con sus amiguitos, aprende cosas nuevas y sobretodo está reforzando los lazos sociales que son tan importantes.

No tengo un “pueblo” a mi lado ayudándome, pero encontré en la escuela la comunidad que tanto anhelaba, y él encontró más planetas en ese universo que entre los dos ya habíamos comenzado a explorar.