“Sigo sin entender por qué nuestra especie necesita enseñarle a sus crías las cosas más básicas como dormir”, escribe Juliana Achury, una madre que hoy sabe que no hay tal cosa como “dormir como un bebé”.

La primera vez que mi hijo pasó la noche sin despertarse me levanté sobresaltada a las seis de la mañana pensando que algo estaba mal. Luego de casi seis meses de despertadas constantes, teta y tetero, arrullos, paseos por la casa, abrazos, bebé en la cama de los papas, llanto (del bebé y mío), desespero y frustración, mi hijo, finalmente, había aprendido a dormir.

Pero ¿dormir seguido es en realidad es un aprendizaje?

El tema es espinoso, porque hay tantas teorías como contradictores. En las librerías y en internet hay miles de métodos para ayudar al bebé a dormir seguido en la noche así como hay miles de foros que hablan de cómo estás técnicas son abuso infantil y violencia psicológica.

Quienes dicen que “durmieron como un bebé” no tienen hijos. O ya olvidaron lo que es tener un recién nacido. O puede que sean ese escaso porcentaje de la población cuyos hijos durmieron seguido desde pequeños. Dormir como un bebé, desde mi experiencia, debe ser una cosa horrible.

Mi hijo nació bajo de peso y por ende nos recomendaron despertarlo cada tres horas para darle de comer mientras engordaba. Pero pareciera que había nacido, además de con pulmones muy fuertes y piernitas flacas, con un reloj despertador dentro. Sin falta, y sin yo acercarme al moisés a alzarlo, cada tres horas se oía un “gua” en mi casa, aunque era más como “guaaaaaa”. Y así pasaron unas semanas hasta que, ya con un peso sano y más grasa en su cuerpo, el médico nos dijo que podíamos dejarlo dormir “la noche entera”. Claro, ni más faltaba.

Con doce semanas de vida se despertaba, mínimo, tres veces cada noche. Con dieciséis, y no miento, se despertaba cada hora entre 11pm y 5 am. Ningún médico tenía una explicación para su comportamiento porque en el día era sonriente y juguetón, aunque sus siestas también eras un poco desastrosas.

Descartamos dentición, enfermedad, migraña, alergias, frío, calor, cambiamos de marca de pañal, de pijama, de crema, sacamos al perro del cuarto, ¿reflujo?, lo pasamos a la cuna, volvimos al moisés, el perro regresó, ¿será un gas?, bebé en brazos, luego no, le hablábamos, luego no, besitos, sin besitos… Y así noches enteras de hazañas y un agotamiento con el que hacíamos hasta lo imposible por ayudarlo a dormir y poder así dormir un poco nosotros.

Ya sé por qué evitar que alguien duerma es una forma de tortura.

Cuando cumplió cinco meses de vida yo era una madre orgullosa y feliz, aunque agotada como en la escena de G.I Jane en la que deben estar despiertos como tres días seguidos. No es mal ejemplo: Demi Moore, tan atlética, ponía a prueba su físico y su mente. Yo, menos atlética, hacía lo mismo. Pero lactando y con un bebé de brazos. Misma talla de brassiere eso sí.

En todo caso la psicosis nos llevó a una decisión que, en NUESTRO CASO, fue la mejor. Vamos a entrenar a este pibe para que duerma mejor, de día y de noche.

Pongo en mayúsculas NUESTRO CASO porque, de nuevo, no todos los bebés son iguales ni todas las circunstancias en los hogares son las mismas. En nuestro hogar la falta de sueño afectaba todos los aspectos, mi salud incluida. Ya me lo había dicho una sabía amiga que con los hijos, “no importa lo que uno escoja, siempre las rutinas deben ser sostenibles en el tiempo”. Y yo no podía pasar una noche más rebotando en la pelota de pilates para arrullar a un bebé que, además, rosado y gordito, ya pesaba como una arroba de papas y no se parecía en nada al sapito escuálido que había llegado al mundo cinco meses antes.

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Mi decepción con los rasgos evolutivos de nuestra especie había crecido exponencialmente desde la llegada de mi hijo, pero tener que enseñarle a dormir al bebé me parecía el escalón más bajo al que yo había llegado como madre. Me sentía un fracaso. Mi bebé no duerme y todos los demás sí duermen, o por lo menos eso oía en las reuniones con otras madres. O yo era muy honesta o ellas mentían.

Armados de valor leímos muchos libros, hablamos con especialistas y nos decidimos por el método Ferber. Mi hijo, ya bien grande y con peso suficiente para, según los expertos, no necesitar comida por diez-doce horas, ya tendría que haber aprendido a dormir.

En Francia le dicen aider son bébé à faire ses nuits, y según los libros, sucede de manera orgánica porque los padres aprender a faire la pause antes de salir corriendo a la cuna ante cualquier ruido. Yo me los leí todos, pregunten no más. Todos los libros los conozco y sabía de la famosa pausa que hay que hacer y de no ir a la cuna con cada llantito. Lo hicimos, desde el primer día. Pero mon bébé n’a jamais fait ses nuits y je n’ai rien dormi. No nos funcionó, no somos franceses.

El método, también conocido como extinción (¿se extingue el cansancio de los padres o el llanto del bebé?) apunta a ayudar el infante a poderse calmar sin ayuda externa y a conciliar el sueño sin ser cargado, arrullado o consolado por sus padres. Nosotros comenzamos por entrar al cuarto cada tres minutos mientras el bebé lloraba y calmarlo siempre diciendo lo mismo. En teoría el bebé comienza a acostumbrarse a estar solo y luego llora menos, y menos, y menos, y uno entra a intervalos cada vez más largos. Cinco minutos, seis, siete, diez, luego ya no entra porque el bebé duerme. En papel suena muy lindo. En la vida real fue una experiencia tan dolorosa como una contracción, desgarradora para una madre primeriza. ¿Dejar llorar a mi bebé, ahí solito? Se va a traumatizar, me va a odiar, no va a hablar, no podrá caminar…Yo lloraba con él y mi esposo me calmaba en lapsos más seguidos que al bebé. Fue horrible. Y necesario.

Por donde se le mire para mí fue muy doloroso, hasta que una buena noche, seis días después de comenzar, con noches en las que se despertó solo una vez y no tres u ocho, todos dormimos seguido de siete de la noche a siete de la mañana. Y ahí, con la claridad de una buena noche de sueño supe que ayudarle a dormir era una necesidad.

Sigo sin entender por qué nuestra especie necesita enseñarle a sus crías las cosas más básicas como dormir, pero ya no me siento un fracaso. Yo seguí mi instinto porque sabía que el cansancio me hacía daño a mí y por ende al bebé, pero entiendo también porque mucha gente está en contra de estás técnicas de “entrenamiento de sueño.” Desde mi punto de vista, de mamá, creo que cada hogar debe elegir lo mejor para sus rutinas y si usar alguna técnica es lo que creen necesario entonces bienvenida. Nadie puede juzgar a nadie al respecto, simplemente hay que contar con la asesoría del pediatra y entender que no todos los niños están listos al mismo tiempo.

Mi bebé lo estaba, y funcionó. Pero también hay que decir que no es una solución definitiva. Los bebés tienen etapas y cada etapa y desarrollo físico y emocional puede alterar el sueño. A veces nos toca repetir el entrenamiento una o dos noches por mes, y entre más grande el bebé es más difícil porque ya no es “guaaa” sino viene con efectos de sonido diferentes y golpes a la cuna. Una protesta en todo el sentido de la palabra.

Yo todavía lloro cuando él grita, ya menos; pero también creo que sus rutinas se deben adaptar a las mías y no al revés. Y si el duerme bien, todos en la casa somos más felices. Incluido el pobre perro que ha entrado y salido de todos los cuartos de la casa…y ahora duerme al lado de la puerta del bebé quien, por cierto, anoche se despertó a la una de la mañana. Nada está escrito.