“¡Dejemos jugar con libertad, untar, crear y transformar!”, dice nuestra autora en una reflexión sobre la importancia del juego en la infancia y el papel que juegan los padres en esta misión.

Muchas veces vuelvo a un recuerdo personal de infancia. Una vez a la semana mis padres nos llevaban a la casa de mis abuelos maternos a cenar. Allí mi abuela nos consentía con unas preparaciones culinarias deliciosas – que hoy día lamento no haber aprendido – y mi tío nos deleitaba con uno de los mejores pasatiempos que conocíamos en esa época.

Sobre el piso, regaba decenas de cartones de juegos de mesa (loterías, bingos, “Monopolio”, “Life”, Escaleras y Rodaderos y tantos otros que ya no recuerdo). Con estos, mis hermanos y yo construíamos casas y cuevas en las cuales jugábamos. Las atravesábamos con sumo cuidado y durante un rato maravilloso habitábamos en esos castillos. Era un juego de construir y destruir.

La gracia radicaba tanto en apropiarse de esos nuevos mínimos espacios apretando muy bien las rodillas contra el cuerpo y manteniendo la cabeza bien gacha, como también – y en el momento indicado- en tumbar todo para quedar totalmente cubiertos con los tableros y tener que volver a arrancar para construir un túnel más largo y con más recovecos, o un circulo más amplio totalmente tapado y que no permitiera la entrada de la luz.

Al recuerdo motriz y lúdico se le suma el de nuestra risa, el reclamo constante de mis abuelos para que tuviéramos cuidado y el grito de mis padres para que bajáramos la voz.

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Hoy en día me llama mucho la atención cómo el arte y el juego exploratorio son propuestas que padres, niños y profesores evitan o manejan con “delicados pinceles”. En muchas ocasiones, tocar, sentir, revolver, explorar, inventar, crear, mezclar y untarse de pies a cabeza son acciones mal vistas por docentes y padres porque producen “desorden, relajo y suciedad”, y son actividades en las cuales el adulto trata de controlarlo todo para que el niño no “se ensucie demasiado” o no termine lastimado.

Se estimula el juego, pero no cuando va asociado al desorden o al ruido, y cuando la situación se sale de las manos (porque parece que el juego sobrepasa los límites determinados por los adultos, o porque se vence el tiempo del juego), en muchas ocasiones los adultos intervienen terminándolo con presteza o, lo que es peor, entregando al chico un dispositivo electrónico para que se “divierta más tranquilo y calladito”.

Me preocupa ver cómo en ciertos espacios lúdicos las propuestas para los más pequeños que involucran arena, agua, colbón, pintura o desorden, provocan inmediatamente en los adultos acompañantes una cara de angustia y una reacción de distanciamiento.

Pero, ¿qué puede ser más agradable para un niño que voltear una cesta de juguetes y jugar con todos ellos a la vez? En medio de ese aparente “caos” y reguero, los juguetes se mezclan, se exploran entre sí y los niños descubren relaciones que estimulan no solo las áreas sociales y de lenguaje, sino también la imaginación. Los carros de juguete se convierten en ambulancias que llevan crayolas rotas al hospital situado detrás de las montañas de balones de futbol.

Allá los atienden los osos de peluche y los acuestan al lado de las muñecas que han perdido una pierna o que fueron atacadas por un marcador imborrable que les contagió un virus letal en su cuerpo.  ¡Quién dijo que eso no es posible y quién puede negar que así se aprende y se juega al mismo tiempo!

Acostumbramos a los niños a jugar con balones en el campo abierto, en el parque o en la cancha; a las niñas a vestir y desvestir muñecas cual princesas; a colorear solo en los libros destinados para ello y a colocar ordenadamente los muñecos de peluche sobre la cama para que los cuartos se vean lindos y ordenados.

Y cuando los chicos trasladan los objetos de un lugar a otro descubren otro potencial, otra posibilidad. Abren la mente y se entusiasman porque se dan cuenta de que son capaces de crear y transformar.

Actualmente muchos padres sólo compran y/o regalan juguetes electrónicos con los cuales las posibilidades están predeterminadas por el fabricante. O juguetes con los cuales “se juega así” porque son costosos y hay que cuidarlos. Las cajas vacías, el barro y la arena no son opciones porque están impregnados de gérmenes y de bacterias y es mejor “que allí no se metan”.

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Para algunos niños el único juego real es el que hay en el celular de mamá o papá. Los otros no valen y no porque no les guste, sino porque los adultos no hemos permitido que conozcan algo distinto. Construir con cajas y chapotear en los charcos haciendo ondas más amplias cada vez no es una opción válida para aquellos niños que pueden tener tantos juguetes hermosos en casa; juguetes costosos que les pedimos no dañar y tratar con cuidado.

Hace muy poco, en un taller con familias pregunté quién se acordaba de este juego:

Una jugadora con una pelota va lanzándola a la pared, recitando la siguiente letra a la
vez que cumple las acciones que la letra le va pidiendo:

Regular, 
singular, 
sin moverse,
sin reír,
sin mirar,
sin hablar.
De puntillas,
de tacones.
Con un pie,
con el otro.

Con una mano,

Con la otra.

Agachados
La media cruz, (se hace media cruz con un brazo a la altura del pecho)
La cruz entera (se hace una cruz con ambos brazos a la altura del pecho).
La media vuelta, (se da medio giro con el cuerpo)
La vuelta entera (se da un giro completo con el cuerpo).

Para mi sorpresa, muy pocos sabían de qué hablaba. Sólo los mayores (abuelos) reconocieron las palabras y el juego de su infancia. Los niños que estaban presentes en el auditorio me miraban con cara extrañada.

Y yo sentí mucho pesar, porque cuando se me trabó el computador, muchos de las incrédulas criaturas que no quisieron ponerse a explorar fueron quienes me dijeron qué hacer para solucionar mi problema electrónico. En cambio, poco sabían de promover un juego en el cual una pelota rebotaba y marcaba una pared. Y entonces me cuestiono si acaso no es más fácil limpiar la pared que destrabar el video beam.

¡Dejemos jugar con libertad, untar, crear y transformar! ¡Ensuciarse, enredarse y volverse a levantar! El día de mañana ellos agradecerán esos recuerdos de juegos naturales y espontáneos, felices e infantiles.