¿Uno escoge colegio para los hijos o para los papás? Nuestra autora tiene una respuesta.

No sé cómo será en lo demás países latinoamericanos, pero en Colombia, la entrada al colegio demanda un año de esfuerzos, decisiones, entrevistas pruebas, formularios, peleas conyugales y reuniones.

Para esta generación de mamás, “las mamás blue”, la educación de los hijos demanda el conocer métodos, sistemas, protocolos y demás. Fue cuando Camila estaba por cumplir los dos años y llegó la hora del jardín infantil, que descubrí que estás mujeres tienen todo un fundamento científico detrás del tipo de educación que escogen para sus hijos.  El método Waldorf, el Montessori, el tradicional y hasta la total desescolarización de los niños. Hay jardines que les enseñan idiomas, otros yoga y mindfulness, otros cocina y mandarín, hay unos centrados en el arte, otros en la disciplina. Yo por mi parte, me decidí por el jardín más cercano a mi casa y con un horario que se acomodara a mis necesidades.

Sobrevivimos. La tuvieron entretenida cuatro horas al día e hizo todo lo que yo no dejo que haga en casa: se untó pintura, comió arena, hizo amigos y también se dio golpes con otros niños. Tuvo gripas, piojos y males estomacales. Aprendió los colores, contaba hasta diez, montaba bicicleta y se sostenía sin hundirse en el agua. Eso me pareció suficiente para un ser de cuatro años lista para entrar al colegio, pero… ¿qué colegio?

Antes de comenzar el proceso de búsqueda nos citaron en el jardín para asesorarnos con el tema. Para ese momento yo había pensando en un colegio en particular, grande, con bastante disciplina, bueno académicamente, muy bueno en deportes y, sobretodo, con una mensualidad alcanzable. De esa reunión salí más confundida que cuando entré y terminé, como todas, leyendo sobre los colegios, los métodos y las corrientes de la “nueva educación”.

Y entonces, comenzó la procesión. Fuimos a las charlas que dan los colegios para los aspirantes, llenamos los formularios, sometimos a la pobre criatura a exámenes de admisión, pruebas de personalidad y una cantidad de cosas sin sentido para mí.   Conocimos colegios grandes, prestigiosos, y nos sentamos en distintas entrevistas posando según el colegio. La típica familia católica, los hippies rebeldes, los informados, los ejecutivos, la mamá que hace cupcakes, el papá que juega fútbol. Fingimos estar interesadísimos en cada uno de los rectores y jefes de admisiones. Pasamos noches haciendo cuentas y discutiendo eso de los métodos de educación.

Finalmente, llegamos a un colegio que no se parece en nada a lo que estábamos buscando, chiquito, poco conocido, bastante experimental y en el campo. Cuando entramos, por primera vez me sentí cómoda yo, no Camila, yo. Y entonces entendí. El tema del colegio es, como casi todo lo que tiene que ver con los hijos, un tema de instinto. El colegio tiene que ser cómodo para uno, uno va a tener que lidiar con las tareas, los proyectos, los profesores y las actividades.

Si hubiera sido por Camila, ella estaría en el colegio que tenía el parque más grande, o la piscina.  Ese es su criterio a los cuatro años.

Pero soy yo la que tengo que lidiar con las entregas de notas, las fiestas infantiles, los eventos sociales. Son mínimo 13 años viendo a los mismos papás y a los mismos profesores. El tema es donde me siento cómoda estando, con que estoy de acuerdo, y es ahí, donde debe uno tener a su hijo.

Yo por ejemplo no estoy de acuerdo con las tareas, sobretodo porque sé que voy a terminar sentada haciéndolas con ella, así que busqué un colegio con esta misma filosofía. Somos felices las dos, ella sin tareas y yo porque me siento absolutamente cómoda yendo cada dos meses a reuniones.

¿Y a ustedes cómo les fue en la búsqueda? Compartan sus comentarios en el espacio abajo.

 

 

Foto por: Angelina Litvin