Juliana Achury está criando a su hijo con lo mejor de dos mundos: el de ella y el de su esposo. Sin embargo, los retos en su familia bicultural y bilingüe están a la orden del día.

Yo nací en Colombia. Mi familia materna es muy católica y creyente. Mi familia paterna no lo es en absoluto. Tuve la oportunidad de vivir en otros países de niña y de adulta, y en mi casa lo más importante siempre fue el respeto por los demás, la inclusión, el diálogo, las artes, la literatura y la buena mesa, además de una vida saludable.

Hablábamos mucho de nuestros problemas, y toda la familia se metía a opinar en la vida privada del resto. Mis papás estuvieron casados veinte años antes de que mi mamá muriera.

Mi esposo nació en Nueva York. Su familia materna es de ascendencia judía de Europa del este. Su familia paterna es alemana, primera generación en Estados Unidos. Su mamá creció en la tradición judía, aunque no muy apegada a las normas, su papá creció católico y habló alemán antes de inglés.

En la casa de mi esposo no hubo religión, ni misticismo; la ciencia y el pragmatismo eran la filosofía del hogar. No había comidas en familia, ni discusiones acerca de sentimentalismos o problemas. Cada quien se guardaba sus pesares. Sus padres siguen casados.

Mi relación con Frederick comenzó por una de esas casualidades de la vida. Nos conocimos seis años antes de comenzar a salir y llevamos casados siete años. Nuestra relación comenzó en inglés y solo con la llegada de nuestro hijo a mutado lenta y dolorosamente hacia el español.

Yo hablo y siento en español, comunico todo lo que pienso, todo lo que siento, todo lo que se me pasa por la cabeza, con filtro, pero no me guardo nada. Por las maneras en las que nuestras dinámicas familiares se dieron en nuestra niñez, yo hablo mucho, y él habla poco.

En inglés dicen que es como “halar dientes” cuando uno quiere saber qué piensa la otra persona. Así es entre nosotros. Pero funciona, tal vez nos equilibramos y yo he aprendido a medirme y él a comunicar más.

Criar un hijo en una familia bicultural es una tarea diaria, porque ambos hemos tenido que poner de lado nuestras creencias y nuestro bagaje emocional, además de nuestras taras culturales, para darle a nuestro hijo un ambiente de crecimiento sano, objetivo y en donde sienta que ser quién es él, no importa cómo, está bien.

El primer obstáculo que encuentro en criar este pequeño es el idioma: yo solo le hablo español y este pareciera tener más poesía y emoción. Por el otro lado, mi esposo solo le habla inglés, un idioma “económico” en el que con poco se dice mucho, pero es también aséptico y frío a ratos.

Yo veo que mi hijo expresa sus sentimientos en español y sus necesidades en inglés: “quiero un abrazo” y “I’m hungry” me indican que él ha entendido más de lo que nosotros creemos acerca de lo que significa en su vida tener una mamá latina y un papá gringo.

En segundo lugar, me ha tomado tiempo y esfuerzo entender que la reserva de los locales acerca de su vida privada es cultural y no anecdótica. Aquí todo se planea con anticipación y se reconfirma con email o mensaje de texto (jamás una llamada).

No hay la espontaneidad de las amigas que llegan con una caja de galletas a auto-invitarse a un café. Hacer nuevos amigos ha sido importante para crear nuestra comunidad, pero también un recuerdo constante de lo mucho que extraño a mis queridas amigas, a mi familia…y del por qué detesto que me pregunten por mis planes de Navidad en agosto. ¡No tengo idea qué voy a hacer! Aquí no hay posibilidad de improvisar. Y nosotros los latinos que somos tan buenos para inventarnos una fiesta…mi hijo tiene eso mío, todo es una oportunidad para hacer desorden, pero de su padre heredó, por suerte, cómo ordenar el caos.

Luego está la comida. Poniendo de lado mis preferencias alimentarias (soy vegana y mi hijo vegetariano) aquí prevalece, en general, la conveniencia sobre la salud. Yo crecí con frutas, plátano, arroz y verduras (nunca me gustó la carne) y estaba acostumbrada a las sopas caseras. Y así hago en mi casa, cocino todos los días porque veo la diferencia en la salud de mi hijo y en la de los otros niños, y porque creo que “somos lo que comemos.”

Aquí la comida congelada y la comida chatarra prevalecen en loncheras y reuniones. Y es un esfuerzo constante enseñarle a mi hijo por qué comemos diferente y por qué es mejor para él la comida que yo le hago.

Por último, aunque mi lista podría ser sustancialmente más larga, está la diferencia en los límites que se le pone a la familia no-nuclear. En ese aspecto me siento más local que hispana porque siempre vi con repelús la falta de privacidad que prevalecía en mi familia materna. Todos opinaban acerca de todos y eso no solo le quitaba autonomía a la familia, sino que invadía la toma de decisiones de cada quien.

Aquí, en general, nadie se mete con nadie. Nadie opina. Tal vez las relaciones familiares se sientan un poco frías pero las prefiero, porque mi núcleo familiar es solo mío y lo que hagamos aquí es solo nuestro. Siento hay más respeto por lo límites que cada quien le quiere poner a su vida privada, y eso me gusta.

Somos una familia bicultural e intentamos darle a nuestro hijo lo mejor de cada mundo, comenzando por dos idiomas, pero también queremos contribuir a su formación con las fortalezas culturales que cada uno tiene: las artes y la literatura de mi lado, la ciencia y la matemática del lado de mi esposo; hablar de sentimientos como en mi familia y también respetar los límites del otro como en la de mi esposo; comer saludable como nosotros pero probar cosas menos nutritivas a veces; sentirse hispano y local al tiempo; reconocer en sus orígenes la riqueza de la tradición judía, de la católica, de los europeos y los suramericanos. La música que a los latinos nos hace tan nosotros, el amor a los deportes que es tan común aquí.

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Pero creo lo más importante es darle una identidad en la que sepa que no es mejor ser ni lo uno ni lo otro sino identificarse con ambos mundos con orgullo, tomando de cada lado lo que mejor se acomode a quien es él.