En Latinoamérica muchos padres ven el aprendizaje del inglés como la mejor inversión para el futuro académico y laboral de sus hijos. A pesar de las múltiples ventajas, esto supone varios desafíos para las familias.

Cada vez hay mas familias latinoamericanas que se enfrentan al desafío de hablar dos idiomas diferentes en casa. Ya sea por la migración, los matrimonios biculturales o la educación en lengua extranjera, el bilingüismo se ha vuelto mas frecuente.

Yo estudié en un colegio donde nos daban tres horas de inglés a la semana y no aprendí gran cosa. Cuando entré a trabajar me di cuenta de la importancia de hablar otro idioma y comencé a tomar cursos por mi cuenta, pero siendo adulto es más duro. La gramática, la escritura y la pronunciación son muy difíciles. Por eso cuando nacieron mis hijos, decidí matricularlos en un colegio bilingüe”, señala Carolina Reyes, una administradora de empresas de 45 años, quien optó por una educación en inglés y en español para sus hijos.

Si bien en Latinoamérica la educación bilingüe ha ido ganando terreno y, hoy en día, muchos padres de familia la consideran un criterio indispensable a la hora de elegir colegio para sus hijos, el bilingüismo sigue despertando dudas y suspicacias. Entre los mitos más generalizados se encuentran las siguientes creencias: para ser bilingüe hay que ser superdotado; el bilingüismo engendra confusión en la mente del niño, quien termina mezclando los dos idiomas y no domina bien ninguno de los dos; solo se puede ser bilingüe si se vive en otro país; los padres monolingües no pueden educar hijos bilingües y la crianza bilingüe retarda el desarrollo del lenguaje.

Como señala el psicolingüista François Grosjean, profesor honorífico de la Universidad de Neuchâtel en Suiza y experto en bilingüismo, esas ideas son infundadas y han sido rebatidas por numerosos estudios. “Se cree que una persona bilingüe debe tener un dominio perfecto y equivalente en sus diferentes lenguas. En realidad, a causa del principio de complementariedad, las lenguas se distribuyen en ámbitos sociales diferentes y en actividades y situaciones diversas lo que hace difícil un dominio total de las dos. De ahí que muchos bilingües dominen mejor una lengua en particular y tengan acento extranjero en la que aprendieron más tarde. El reconocimiento de esta realidad sociolingüística y discursiva ha hecho que los investigadores cambien su definición de bilingüe, la cual ya no se basa esencialmente en la soltura que tenga una persona en las dos lenguas sino en la utilización habitual que haga de ellas en la vida cotidiana(Ver entrevista).

En esta nueva definición de bilingüismo las condiciones para adquirir una segunda lengua pasan por cuatro factores indispensables: necesidad, intensidad, continuidad y afectividad. La necesidad corresponde a la utilidad que el estudiante le atribuye a la segunda lengua. Si el niño no ve un beneficio para su vida cotidiana ya sea en el contexto escolar, familiar o social es más difícil que se interese en adquirir un nuevo idioma. En el caso de los colegios bilingües, el alumno es consciente de la necesidad de aprender la segunda lengua pues, de lo contrario, no podrá comprender las materias que se enseñan en ese idioma y, por consiguiente, no podrá adquirir nuevos conocimientos y aprobar las asignaturas. Además de las obligaciones académicas, también pueden presentarse necesidades de tipo afectivo como ocurre con los niños de padres latinos que viven en el exterior.

Yo no había pensado educar a mi hijo bilingüe español-francés. Todo fue fruto de las circunstancias cuando me vine a vivir a Francia. Mi familia no habla francés así que, de repente, se volvió una necesidad que mi hijo pudiera hablar español para comunicarse con sus abuelos. Mi hijo tiene apenas cinco años, pero ya sabe que a la familia de Colombia toca hablarle en español o sino nadie le entiende. Cuando vamos de vacaciones, luego de una semana cambia el chip y comienza a hablar en español”, añade María Jaramillo, una bogotana radicada en Francia desde hace ocho años.

Contacto y perseverancia

La intensidad, por su parte, es una condición que se refiere al tiempo de exposición a la segunda lengua. La lingüista y psicosocióloga  Barbara Abdelilah-Bauer, autora del libro ‘El desafío del bilingüismo’ ha estimado que un niño necesita por lo menos 2700 horas de exposición a un nuevo idioma para volverse bilingüe. Cuando la escolarización no puede suplir esa demanda, es preciso buscar alternativas para llenar el vacío que pueden ir desde clases particulares, actividades lúdicas, viajes y contacto directo con personas que hablen la segunda lengua.

“Además del colegio bilingüe, en la casa tratamos de hablar en inglés para ayudarles con el aprendizaje. Lo más eficiente es hablarles en la cotidianidad. Les digo en inglés cosas básicas que sé que me van a entender, por ejemplo, cuando les digo a dónde vamos, cuando les pregunto si tienen hambre o si quieren ir a dormir. Lo hacemos como un juego, como si fuera nuestro idioma secreto. Les gusta mucho y mi hija me pide que le hable en inglés en el supermercado así ella no me entienda todo. También practican cuando visitan a sus primos que viven en Estados Unidos y muchas veces vemos las películas de niños en inglés”, apunta Anamaría Gómez,  madre de dos niños de 6 y 4 años.

La continuidad es el tercer requisito fundamental para mantener vigente la segunda lengua y no perder los conocimientos adquiridos. Así como la práctica hace al maestro, es preciso utilizar el segundo idioma con frecuencia para no olvidarlo y su uso depende de la necesidad de comunicación. En países monolingües como los latinoamericanos, donde no se requiere otro idioma para realizar las actividades de la vida cotidiana, es normal que las personas se vean tentadas a dejar de emplear la segunda lengua una vez terminados los estudios. “Mis hijos solo usan el inglés cuando viajan y entre ellos hablan en español. Ven televisión en inglés y yo les compro libros, pero mi hijo mayor ya no lo usa tanto y se le ha olvidado un poco”, señala Emiliana Urrutia, comunicadora social para quien el bilingüismo es un proyecto familiar donde los padres también deben ponerse al día y, según el caso, aprender o reforzar el nuevo idioma para apoyar a los hijos.

La situación para los latinoamericanos en el exterior es aún más compleja dado que sus hijos se encuentran inmersos en culturas en las que el español es una lengua minoritaria y su práctica se limita a espacios reducidos como se evidencia en el caso de Giovanna Díaz, quien educa a su hijo preadolescente en Canadá: “Mi esposo habla inglés y yo español. El siempre me ha apoyado para que le hable al niño en mi idioma y estuvo de acuerdo en ponerlo en un colegio bilingüe. Mi hijo entiende casi todo, puede leer y escribir, pero todavía le cuesta trabajo la gramática. El habla en español con sus amigos en el colegio, pero no le gusta hablarlo en la casa. No me responde en español y cada vez es más difícil hablar el idioma en el hogar pues con mi esposo hablamos en inglés”.

Una historia similar le ocurre a Vanessa Criollo, una colombiana madre de dos niños, que intenta transmitirles a sus hijos su lengua materna en Alemania: “En octubre pasado inscribí a mi hijo mayor en un colegio público bilingüe español y he notado avances. Pero lo más difícil es ser consecuente conmigo misma y hablarle solo en español. No es fácil porque con mi marido hablamos en alemán. La confusión también se debe a que vivimos durante tres años en Arabia Saudita por cuestiones de trabajo. En ese tiempo el niño iba a un colegio y socializaba solo en inglés por lo que el español y el alemán se volvieron idiomas pasivos. Cuando regresamos a Alemania, el inglés se volvió pasivo y ahora habla en alemán y un poco en español. Mi hijo pequeño solo quiere hablar alemán, aunque entiende bien el español. A los niños les gusta su segunda lengua pero necesitan practicarla más”.

Si bien uno de los métodos más empleados para inculcar el bilingüismo en familias como las de Giovanna y Vanessa en las que los padres hablan idiomas diferentes es que cada padre le hable al niño exclusivamente en su lengua materna, esta práctica no es tan sencilla de implementar.  Si el cónyuge no entiende la lengua de su pareja y se siente excluido de las conversaciones familiares es posible que la persona que habla la lengua minoritaria decida sacrificar su idioma y emplee la lengua dominante con tal de lograr una comunicación armónica en el hogar.

Algo parecido ocurre con las familias migrantes donde los padres necesitan aprender rápidamente la segunda lengua para adaptarse a la vida en el nuevo país  por lo que deciden comunicarse con sus hijos en el idioma extranjero con tal de acelerar el proceso de inmersión.

“Cuando llegué a Italia no hablaba italiano y como quería aprenderlo bien tuve que practicar con mis hijos. Yo cambié el chip y siempre estuve hablando en italiano. Mi hijo mayor no tuvo problema con las dos lenguas, pero mi hija si hizo un bloqueo. Cuando llegó no entendía lo que le decían en el jardín y decidió no hablar más el español y se dedicó solo al italiano. Yo lo respeté porque sentí que era su necesidad. Luego en las primeras vacaciones en Colombia se soltó y empezó a hablar. Mi hijo menor nació aquí y, al comienzo, solo le hablé en español, luego solo en italiano y ahora trato de hacerlo en español, pero cuando el discurso es muy largo y no me entiende prefiere que le hable en italiano. No creo que haya que estresarlos mucho por aprender una segunda lengua. Debe ser algo que viene del afecto, no debe ser una imposición ni un trauma para ellos”, sostiene Paola García, periodista y madre de tres niños.

Lazos de afecto

El cuarto componente para llevar a buen puerto un proyecto de bilingüismo es la afectividad. Es importante que el niño desarrolle un sentimiento positivo hacia el segundo idioma y valore lo que éste representa. Debe sentirse orgulloso de hablar otra lengua y reconocer la riqueza que le puede aportar desde el plano personal y colectivo. Cuando se trata de una lengua dominante como el inglés, no es necesario ir muy lejos para encontrar argumentos positivos para su aprendizaje pues el inglés es el idioma de la tecnología, del entretenimiento, de la ciencia, del turismo y de los negocios. La situación se vuelve más delicada cuando la lengua en cuestión no tiene un peso muy relevante en la sociedad en la que se vive y las razones para adquirirla son meramente familiares o culturales.

Cuando nos vinimos a vivir a Nueva Zelanda teníamos claro que debíamos mantener vivo el español para que los niños pudieran comunicarse con la familia pues ninguno de los abuelos habla inglés. El español es el idioma de la casa y les pedimos que hablen en inglés  afuera. Ellos entienden que el español es importante en nuestra familia. Que es algo que nos hace diferentes a los demás, es algo que nos une y de lo cual nos sentimos orgullosos. Es un elemento de arraigo, de pertenencia e identidad”, explica Angie Morales, una psicóloga madre de dos hijos de 7 y 4 años.

Esta reivindicación cultural también la sintió Ángela Jiménez, una colombiana radicada en Francia, cuando tras varios años de discriminación escolar, su hijo bilingüe por fin obtuvo un reconocimiento en su colegio gracias al español: “los primeros años del kínder fueron muy difíciles porque las maestras que tuvo lo castigaban porque hablaba en español. Tuvimos que llevarlo a un ortofonista, a un psiquiatra y a una psicóloga que establecieron que el niño no tenía ningún problema. A los seis años entró a un colegio público con una mentalidad más abierta y el bilingüismo se volvió un plus. El año pasado llegó a su clase  un niño sirio que no hablaba francés sino español porque había vivido en España y la profesora encargó a mi hijo de ser el intérprete”.

Pese a los esfuerzos que realizan las familias migrantes por mantener vigente la lengua nativa, muchas veces se encuentran con un pequeño obstáculo que, a pesar de no ser grave, puede llegar a producir un grado de frustración. Se trata del acento. Los niños hablan español con cierta fluidez, pero lo pronuncian como lo haría un extranjero lo cual puede generar burlas por parte de la familia en el país de origen. En estos casos los padres temen que los niños, al escuchar las risas, se sientan desmotivados y prefieran no hablar más la segunda lengua. “Mis hijos hablan español en la casa y la niñera siempre es hispana. Practican en los viajes, pero a veces la familia no les entiende muy bien. Hablan “raro” y las erres dejan mucho que desear. Les falta ese “no sé qué” que no puedo describir, pero que solo tienen los nativos. Son modismos, expresiones, pronunciación. Detalles, pero que cuentan. Mi hija de seis años dice que el español le gusta más que el francés, pero a mi hijo de diez años le gusta menos. No es un rechazo sino una limitación. A veces me pide que lo deje contarme algo en francés porque en español le cuesta más hacerlo”, apunta Juliana Gonzales quien fundó su familia en París.

La enseñanza de un segundo idioma es una apuesta familiar a largo plazo que requiere un alto nivel de compromiso y tiempo por parte de ambos padres ya sea que vivan en Latinoamérica o en el exterior. Son el contacto personal y la interacción constante con la segunda lengua los que marcarán una diferencia. Contrario a la creencia popular, los niños no se apropian de otro idioma por osmosis. Es cierto que los pequeños escuchan, ven y absorben lo que sucede a su alrededor como si fueran una esponja,  pero si no existe una necesidad real, un deseo de comunicación duradero, un diálogo recíproco y un sentido de valorización que los motive a usar el segundo idioma el proyecto corre el riesgo de desvanecer y generar apatía.

Al final de cuentas, todo pasa por el amor, el tiempo y la dedicación como afirma Ángela Jiménez sobre el bilingüismo de su hijo en Francia: “Mi consejo no tiene que ver con aprender un idioma, sino con ser mamá. Háblele a su hijo, consiéntalo, salga con él, hagan cosas juntos, muéstrele lo que a usted le gusta, cuéntele su historia, su cultura, vayan a cine, visiten museos…. y si le sale del corazón, hágalo en su lengua materna. Es la mejor forma de aprender ».

Consejos de papás y mamás bilingües

• “Vean películas en la segunda lengua y pongan los subtítulos en el mismo idioma. También pueden buscar episodios en Internet de las series favoritas de sus hijos en el idioma que están aprendiendo”, Rosalía Pérez (Colombia)

• “Yo sigo hablándole en español de manera natural a mi hija así ella me responda en inglés. No la regaño todo el tiempo si mezcla palabras en los dos idiomas. Los niños no están confundidos, simplemente son pragmáticos y usan la primera palabra que se les viene a la mente pues lo que les interesa es comunicar una idea. Entonces la dejo terminar y luego le explico cómo se construye la frase correcta”, Diego Sánchez (Estados Unidos)

• “Ahora que mis hijos están creciendo, se dan cuenta de que hablar en español entre ellos, es como un código que les ayuda a hablar de los otros sin que les entiendan. Nunca han rechazado el idioma. Al contrario, se les hace raro que yo les hable en inglés. Les encanta ver la reacción de sus amigos que se asombran de que me entiendan”, Andrea De Greiff (Estados Unidos)

• “Yo les hablo a mis hijos en español, les leo, vemos películas, viajamos y me invento juegos. Cuando hemos ido a España he visto que mis hijos se animan y comienzan a soltar palabras que antes no decían. Es el juego con los otros niños lo que los motiva. Hay que tener disciplina para hablarles en español ya que eso no afecta el aprendizaje de la otra lengua ”, Félix García (Suecia) • “El desafío en Colombia es encontrar profesores nativos o con un nivel excelente de inglés. No quisiera que por aprender esta lengua se descuidara el aprendizaje y la ortografía del español. La familia debe complementar el trabajo en casa escuchando música en inglés, leyendo y hablando”, Luisa Berrocal (Colombia)

• “En la casa lo mejor es solo hablar con tus hijos en el idioma que quieres enseñarles y no mezclar. No importa si ellos te responden en otra lengua. En mi caso mi pareja me apoya, él viene de un país (Líbano) donde hablar y escribir  tres  idiomas no es raro, es lo normal”, Mariangela Guerrero (Francia).