Nuestra autora compara el ejercicio de su maternidad con el de su mamá y concluye que “estoy lejos de ser como ella, una Jedi”. ¿Estará en lo cierto?

La maternidad es impetuosa y trascendental como cualquier experiencia que cambia por dentro.

La maternidad es una fuerza que envuelve, semana a semana, desde el primer día del embarazo. Es una maestra en el arte de soltar la necesidad de control. Obliga a rendirse y confiar. Revela los extremos entre los que uno ha vivido por años, sin darse cuenta. Destapa las debilidades y acentúa las fortalezas. Empuja a mirarse en el espejo y coquetea con las inseguridades. Redefine identidades, cuestiona, sacude y aviva. Ahí está su belleza.

La maternidad es pura, profunda y constante transformación. No es ni blanca ni negra. Es gris. Y no hay dos mujeres que la sientan igual. Sin embargo, mientras descubro mi maternidad, no dejo de pensar cómo la vivió mi mamá.

Me encantaría regresar a 1985 para espiarla. Ella tenía 34 años y dos hijos, una niña de casi dos y un bebé recién nacido, era ama de casa sin ayuda -porque no quiso- y esposa. Nos cuidaba, lavaba todos nuestros pañales de tela, nos bañaba dos veces al día, limpiaba la casa, preparaba la comida, lavaba la ropa a mano, planchaba, alistaba los uniformes de mi papá y estaba siempre regia, ni un pelo fuera de lugar. No usaba aplicaciones móviles para seguirle el paso a sus dos bebés, ni leía interminables páginas de internet para aprender a ser mamá. Era delgada, atractiva y a la moda. No tuvo que hacer dietas posparto, usar fajas ni entrar a gimnasios para regresar a su peso después de los 25 kilos que aumentó cuando me esperaba.

En la otra esquina, y más de 30 años después, estoy yo -también de 34 años- entrando en la maternidad. Pero entre Patricia y yo hay sutiles diferencias. Tengo un bebé, no dos. Mi esposo, que trabaja desde la casa y en un horario flexible, está presente para cuidar a Noa. Mary Luz viene dos veces a la semana a limpiar la casa, lavar la ropa y hacer la comida. Descargamos una aplicación en el teléfono para seguirle el paso a los pañales, siestas y comidas de Noa. Devoro toda la información que puedo encontrar en internet sobre maternidad y todavía me confundo. Armé un drama hormonal en el primer mes de posparto. Voy por el tercer intento de retomar el ejercicio. No ando ni muy atractiva ni muy a la moda. No he bajado todo el peso del embarazo. Más bien me siento como una muñeca sin fuerzas, desgonzada, con la cara lavada, despelucada y descosida buena parte del tiempo.

Ante semejante contraste me entra un ataque de risa porque intento navegar mi condición de mamá primípara y millennial con el mayor aplomo y dignidad posible, pero ahora me doy cuenta lo lejos que estoy de ser una mamá Jedi como la mía.

Y aunque mi mamá me lo ha hecho ver fácil, dudo que ser mamá haya sido siempre un paseo tranquilo para ella. A menos de que esté armada de otro material, hoy puedo sentir una fracción del cansancio que ella debió sentir. Y a menos de que ella sea sobrenatural, hoy vivo los momentos de duda que debieron acosarla de vez en cuando.

Hoy entiendo su amor sin medida, sin preguntas y sin condiciones porque lo vivo con mi hijo desde que lo vi y escuché llorar primera vez. Hoy, como ella, me rindo a esa entrega amorosa y paciente que sale a flote cuando un hijo llora sin consuelo. Hoy echo mano de un vocabulario empalagoso para hablarle a mi bebé y me imagino haciéndolo por veinte años más. Y hoy, también como ella, vivo ese impulso irrefrenable de poner a todos por encima de uno mismo.

Además de transformadora, la maternidad está repleta de sorpresas. Y una de las más bonitas fue descubrir a mi mamá de otra manera. Desde que llegó mi hijo, ella no es solamente mi amiga, es mi par. Ahora podemos entendernos en una dimensión nueva y es más fácil vernos reflejadas la una en la otra.

A medida que crece mi amor de madre, crece mi amor de hija. Crece porque estoy sintiendo las distintas capas de amor que remueve la llegada de un hijo. Crece porque alcanzo a adivinar los momentos exigentes que ella, tal vez, vivió con nosotros, así no los confiese. Crece porque no me imagino vivir lejos de mi hijo, como ella lo ha soportado hace casi veinte años, desde que nos fuimos a la universidad­. Y crece porque ser madre me ha empujado hacia una vulnerabilidad que tenía dormida, donde ya no me antoja posar siempre como la más fuerte.

Treinta y cuatro años después soy capaz de comprender lo afortunada que he sido de contar con mi mamá y su amor sin límites. Y es posible que hoy, treinta y cuatro años después, la necesite más también.

 

 ¿Qué aprecias de tu mamá ahora que lo eres también?