Las mamás que ya han pasado por la tortura de enseñarles a sus hijos a ir al baño saben que hoy las palabras mágicas, que vienen acompañadas de una felicidad sinigual, son “mamá, pipí”. Nuestra autora nos cuenta cómo logró tal hazaña.

 

Llega el día de decir “adiós a los pañales”. Se te va a dibujar una sonrisa en los labios de sólo pensar cuánto dinero vas a ahorrar y en que no volverás a correr por un cambiador donde sea: en el restaurante, a la salida del cine, en los baños de los parques de diversiones, en el dormitorio/cuarto de alguien que te presta su espacio para que le cambies el pañal a tu pequeño.

Por fin ya no tendrás que pasar por eso y tampoco preocuparte de cuál es la siguiente etapa de pañal que le queda: la tres, la cuatro, o la cinco. Y la cremita para las rozaduras que ya sabías de qué marca comprar, será sólo un estorbo, andará rondando de estante en estante porque ya no la utilizarás más.

Eso se acabó, pero… ¿qué crees? Deberás de armarte de una dosis extra de entereza, respirar y comenzar de nuevo como si no hubiera ocurrido nada cuando en realidad es todo lo contrario.

Tu hijo empezará a controlar esfínteres y necesita que lo apoyes, que lo ayudes en esa parte de la transición de bebé a niño. Y tú eres la persona ideal para estas tareas eso no quiere decir que tu pareja no te puede participar, claro que sí, pero tú necesitas estar pendiente de lo que ocurra y de lo que salga en estado líquido o sólido que antes el pañal sostenía en su calidad de red de contención.

Aún recuerdo las palabras de la maestra de maternal/guardería de mi hija: “En octubre cumple dos años, ya está en edad para quitarle el pañal”. Le pedí que dejara pasar el cumpleaños de la niña y que empezaríamos la siguiente semana. La maestra hizo cara de “en realidad no me queda de otra” y nos dimos a la tarea de comenzar con la transición.

Tenía mucho entusiasmo, mi dotación de calzones lista y mis ganas de enseñarle a la pequeña Ana Luisa cómo debía avisar. Le mostré que es como si tuviéramos una llave que abrimos y cerramos, y debemos de sentir cuando nuestro cuerpo pide que abramos esa llave para que salga pipí.

El asunto parecía sencillo, veía que me estaba entendiendo y pensaba que no debería de ser complicado. Pero nadie me dijo lo contrario, nadie. Empezó a bajar la temperatura, hacía frío, a la niña se le olvidaba avisar y llegué a juntar ocho calzoncitos preciosos y apestosos, listos para irse a lavar. ¡Ocho! Y todavía faltaba la noche. No podría creer lo que vendría. ¿Y en qué momento puedo sentarme a trabajar mientras aprende o debo pasarme el tiempo viendo cuándo va a tener ganas de ir al baño para correr y llevarla?

La veía e imaginaba que mi niña era un pequeño baloncito de futbol americano y debía tomarla entre mis manos, avanzar yardas y llegar a mi destino antes que ocurriera una anotación fuera de lugar. Sin embargo, no podía presionar a mi hija y pasar por alto que ella era una novata en el terreno de control de esfínteres.

Pero después de varios intentos fallidos, comencé a perder la calma, mi paciencia se fue por un agujero insondable como cuando jalas la manija del retrete. Por supuesto que el pañal de la noche no se lo iba a quitar así de rápido como quería la maestra que, para ese momento de mi vida, me parecía una dictadora infame y cruel que no podía esperar a que tanto la niña como yo tuviéramos unos días de tranquilidad y serenidad.

Se me ocurrió que era una buena idea mostrarle de manera empírica la forma de sentarse en el escusado. Y así lo hice. Actuación más actuación y otra vez para que no hubiera duda. Incluso abría la llave del lavamanos para que le dieran ganar de hacer pipí, de sólo ver y poner atención a la caída del agua. Y nada fluía de esa criaturita sentada en el baño, nada. Ella me miraba atenta a ver qué otra ocurrencia iba a tener en ese momento.

Recurrí a una tregua, no debía ser obsesiona con el asunto de avisar para ir al baño. Habría que tomar un respiro, relajarlos y hacer otras actividades. Jugábamos, cantábamos, veíamos una película, comía, jugaba, volvía a reírse y no le daba tiempo de llegar al baño como habíamos ensayado. Fueron días complicados, me sentía incomprendida y estuve a punto de subirme a un banco y bajar un paquete de pañales que tenía escondido en un rincón del clóset. Pero no, pude resistir la tentación. Sabía que si daba marcha atrás, todo el esfuerzo de los días anteriores se iba a venir abajo. Tenía que ser firme: no más pañales.

Cuando ya pensaba que mi hija tenía dominado el asunto de avisar e ir al baño, parecía que no. Una tarde me quedé pensando en las palabras de la maestra: “Señora, deben pasar ocho semanas para que la niña adquiera el hábito”. Esperé y esperé, seguí limpiando manchas y pipí por varios sitios del departamento hasta que, antes de lo previsto, tuve una agradable sorpresa. “Mamá, pipí”, fue lo mejor que había escuchado, música para mis oídos, las dos palabras más bellas y anheladas. Sí, lo logró. ¡Anotamos!

Seguramente pensarán que exagero, pero las personas que han vivido esto me comprenderán. “Mamá, pipí”. Todo salió como debía ser y no hubo fuga de líquido por ningún lado. ¡Eso fue maravilloso!

Una vez que estuvo controlado el complicado problema de la orina, se sumó que avisara cuando su cuerpo de nenita linda tenía ganas de desechar los sólidos que, tras el proceso digestivo, ya no le sirven. “Popó”, comenzó a repetir.

El pañal de la noche tardó en irse un año más. Nos abandonó en una época que hacía calor, cuando si se mojaba en la madrugada no se iba a enfermar, pero sí iba a sentir que algo había pasado. Seguí las indicaciones que me dieron: limita el agua o leche por la noche, de preferencia que tome una cena ligera que no implique mucho líquido y así pudo superar esa otra etapa. Y, claro está, llevarla al baño antes de dormir.

Para ya no extrañar más al pañal nocturno, yo le había prometido que iba a comprarle una película que ella quisiera. No obstante, debía esforzarse por avisar o despertarse e ir al baño sola. Poco a poco lo fue logrando y fui muy feliz. Tanto para ella como para mí fue una dura prueba de paciencia y de constancia.

Una vez que decides iniciar esta nueva etapa, te recomiendo que:

  • Consigas un inodoro pequeño o una tapa que se adapta al escusado para facilitarles a los niños que vayan al baño, y el hoyo no quede tan grande para ellos.
  • Adquiere un banco de plástico, decorado, al gusto del pequeño, porque lo acompañará cuando se siente a ver si sale pipí o popó. Ese banco le servirá  como soporte para colocar sus pies y que no queden volando.
  • Compra una docena de calzoncitos que estarás lavando y lavando. Hay algo que se llama calzón entrenador, está hecho con tela más gruesa, aunque también se derrama el líquido. Lo que ayuda es que las gotitas que se le llegan a escapar, no se escurran inmediatamente entre sus piernas o en el resto de su ropa.
  • Cerciórate de que tu hijo puede subirse y bajarse la ropa interior sin problemas.
  • La edad en que un niño está listo es entre los 18 meses y los dos años. Cuando ya camina y se mueve solo.
  • En los libros sobre crianza dicen que llegan a cambiarse de ropa 6 veces al día. No es verdad. Ten paciencia y pronto serán menos veces.
  • Debes reconocer sus logros y hacer que el niño se sienta satisfecho con lo que ha conseguido.
  • Hay quienes dicen que el pañal del día se quita en conjunto con el de la noche. Cada quien optará por la manera más efectiva. Yo preferí esperarme un año y estar menos presionada. En realidad no hay reglas, cada quien aplica los consejos de la forma que le conviene. Nunca dudes de la capacidad e inteligencia de tu hijo.
  • Resulta esencial que el niño logre controlar esfínteres. Cuando algo no anda bien con él, hacerse pipí en la cama es una de tantas maneras de demostrar que algo le está incomodando. Y si no logras que avise cuando va al baño, no podrás detectar este importante síntoma.
  • Una vez que los pañales te abandonan, jamás deben regresar. Hay que ser firmes.
  • Adiós al pañal es una estrategia en equipo. No dejes que otras personas intervengan o presionen a tu hijo. Llegará el momento en que las palabras más simples, serán muy apreciadas por ti: “Mamá, pipí”.