“Creo que me equivoqué. He debido enseñarles que también es necesario defenderse”, escribe nuestra autora sobre la crianza de sus hijos. ¿Ustedes qué opinan?

Mis hijos ya están grandes, hombres adultos que empiezan a armar sus propias vidas y familias. Los veo crecer con orgullo y emoción, pero nunca dejo de preguntarme si los eduqué de manera correcta.

Los crié con la esperanza que fueran hombres decentes y buenos, compañeros a los cuales los demás podrían siempre recurrir, amigos fieles y leales. En casa los golpes, la agresión y la violencia nunca fueron ejemplo a seguir. Mi intención era que crecieran entendiendo que los puños y las peleas no son necesarios en la vida, que hay otras maneras de enfrentar los problemas; que se puede hablar o ignorar.

Yo pensaba que tenía la fórmula mágica para convertirlos en caballeros y evitarles inconvenientes futuros en su vida. Pero creo que me equivoqué. He debido enseñarles que también es necesario defenderse; a pegar un golpe de vez en cuando, gritar y mostrar la rabia en las situaciones que lo ameritan. ¿Suena absurdo cierto? Pero creo que si lo hubieran hecho, se habrían podido ahorrar uno que otro problema.

Les enseñé desde muy chiquitos a no golpear al otro, que si a ellos los lastimaban debían buscar a un adulto y enfrentar el problema con argumentos; así lo hicieron. Que yo sepa, nunca levantaron la mano a alguien. Ellos sí se ganaron varios golpes y burlas que, aunque jamás devolvieron, les generaron muchas lágrimas y tristeza.

¿Hice mal o bien? ¿Los convertí en posibles víctimas de acoso o les mostré que la vida podía ser distinta de aquello que veían sus amigos y la sociedad? Ahora que son adultos, a veces siento que son tan bonachones que algunas niñas se los tragan vivos y que ellos se dejan porque no “matan a una mosca”.

Actualmente muchos padres quieren blindar a sus hijos contra el acoso frecuente que sucede en la escuela o en el parque; aquella agresión que parece ser muy normal en esta época y que para muchos hace que los niños crezcan fuertes y capaces de enfrentarse al mundo con poder y claridad.

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En muchas casas los hijos aprenden que nunca “se deben dejar” y que siempre es mejor pegar primero que dejarse golpear; que esa patanería física forma y construye, y que hacerse respetar es parte de la masculinidad. Aquellos que –como los míos– no hacen uso de la violencia terminan siendo el saco de boxeo, el arrinconado en el salón, el hazmerreír que no se valora, el “tonto” que se deja porque no se atreve a devolver. Pareciera que estamos siendo testigos de un  mundo al revés, pero es real; la empatía, la compasión y la amabilidad son antivalores en este momento.

Hay un aparte en el libro La bailarina de Auschwitz de Edith Eger que quizás me hubiese servido cuando mis hijos estaban pequeños. Para la autora, una persona buena es altruista, amable, generosa, abnegada; alguien que hace lo correcto. ¿Enseñé a mis hijos a hacer lo correcto? Creo que sí. Más adelante ella se pregunta si alguien bueno se queja o enfada alguna vez y, ante eso, concluye que la ira es un sentimiento humano.

La ira no va de la mano con la maldad. Es simplemente una manifestación de que se está vivo y se siente. Creo que todos tenemos derecho a experimentar todos los sentimientos, sean positivos o negativos. Nuestros hijos –como todos los seres humanos– tienen derecho a expresar su molestia y dolor y eso no los convierte ni en agresores ni en malas personas. Quizás mi error fue mostrarles que debían ser siempre buenos, que nunca había espacio para emociones negativas. A lo mejor, si se las hubiese permitido, se hubiesen formado más fuertes y valientes, con mayor capacidad para gritar ¡No! y para interponerse en situaciones difíciles.

Mirando hacia atrás no me arrepiento de mi forma de crianza. Creo que mis hijos son caballeros, que fueron buenos niños y que en el futuro serán buenos padres y esposos. A pesar de las lágrimas y malos momentos que enfrentamos juntos, disfrutaron en su infancia y juventud; hoy en día tienen amigos y su círculo cercano está conformado por gente que los respeta y quiere.

Sin embargo, si hoy pudiera darles algún consejo para cuando ellos sean padres, simplemente les diría que no todos son tan bueno como ellos creen y que ponerse bravos no los convierte ni en ogros, ni en tiranos; que hay que hacer saber al otro que sus acciones dolieron y lastimaron. Les diría que la bondad tiene que coexistir con la libertad de poder ser feliz.