“Amo a mi hija, daría la vida por ella sin pensarlo, pero yo no sentí ese amor que dicen que invade a las mamás en el momento en el que ven a sus hijos por primera vez”, escribe nuestra nueva autora.

En el último shower de bebé al que asistí, uno de los juegos consistía en decir qué cambiaríamos de nuestras vidas si pudiéramos devolver el tiempo. Una reflexión bastante profunda para este tipo de eventos, no había tiempo para pensamientos muy profundos. La posibilidad me atacó por sorpresa y contesté lo primero que se vino a la cabeza: no tendría hijos. Hubo un silencio acusador en la sala llena de mamás que me miraban como si fuera Herodes. Me sentí culpable por la respuesta y traté de retractarme, pero era muy tarde.

Convertirme en mamá fue un trauma, así, como lo definen los diccionarios, un choque emocional que produce un daño duradero en el inconsciente, una emoción o impresión fuerte y duradera producida por un agente generalmente externo.

Amo a mi hija, daría la vida por ella sin pensarlo, pero yo no sentí ese amor que dicen que invade a las mujeres en el momento en el que ven a sus hijos por primera vez. Tampoco esa conexión con su parte maternal y ese halo de amor infinito que rodea todo el momento del nacimiento de un hijo. Lo que yo sentí fue pánico. En el momento en el que me entregaron a mi hija, sentí un tremendo afán de salir corriendo de la responsabilidad que me acababan de poner en los brazos. Al verla conmigo lloré, pero no de la emoción, sino del miedo. Entendí que me había atraído la idea de un hijo, pero la realidad me tomó por sorpresa y me asustó. Cuando la vi por primera vez no me derretí de amor y ella tampoco conmigo, nos fuimos para la casa siendo extrañas y a los pocos días nos fuimos descifrando.

La maternidad, para mí, es una relación construida.

No me nació hablarle a media lengua, ni cantarle canciones de cuna, no soy de hacer cupcakes, ni galletas, ni manualidades. Me aburre infinitamente sentarme con ella a jugar a las muñecas o al mercadito, detesto las princesas y las niñas vestidas como si fueran merengues, o, peor aún, sexis.

No soy mamá de estar compartiendo la misma actividad, pero estoy presente siempre. Respondo preguntas, curo raspones y leo cuentos, tengo conversaciones serias en el carro y también canto a gritos cuando hay una canción que nos gusta. Regaño por el desorden y grito por las tardes cuando he oído la palabra “mamá” más de 200 mil veces.

Me parece que ahora, siete años después del pánico, hemos llegado a un entendimiento, aceptamos que somos distintas y no podemos vivir una sin la otra. Yo cedo y ella, también.

Existe ahora una gran presión social de mantener niños felices, sanos, ocupados y “fit”. Hay mamás que hacen leche de almendras, loncheras con nutricionista, actividades programadas y disciplina democrática. No tengo ese espíritu, lo admiro, pero me parece demasiado trabajo. En mi casa se puede ver televisión, comer papas de paquete, cereales de colores radioactivos y, a veces, helado al desayuno. No vamos a clases de ballet, ni de gimnasia, ni de pintura, ni de yoga.

En mi casa mi hija pasa gran parte de la tarde aburrida, en medias y comiendo porquerías.  Tiene claro que no hay democracia y que en la casa mando yo.  Cuando se puede nos damos gustos y cuando no, se come lo que hay, sin dramas,  votaciones,  terapeutas, ni métodos de libros o niñeras de televisión. En mi casa se trata de hacernos la vida más fácil todos, cada uno hace lo mejor que puede, incluso,  cuando encuentro galletas dentro de la impresora.

Y así, sin comidas orgánicas ni gluten free, tengo en casa un buen ser humano de siete años, generosa, tranquila, respetuosa y creativa. Hay días en que me detesta y días en que yo la quiero picar en pedacitos. No nos interesa ser mejores amigas, ambas preferimos las amigas de nuestra edad, nos gusta más la relación madre e hija. Ella se siente segura conmigo y yo adoro verla crecer, ella dice que nunca se irá de mi lado y yo la empujo a querer irse lejos.

Todavía siento pánico todos los días, pero ya no quiero salir corriendo, prefiero quedarme a ver el final de la película, como un experimento, a ver que sale de una madre sin un lado maternal.