Entre todas las reglas y consejos, nuestra autora decidió dejar que su bebé se moviera con libertad. Así aprendió que los métodos de crianza pueden enseñarnos mucho más de lo que parece.

Me enteré de un método llamado Movimiento Libre cuando mi hijo era recién nacido. Me llovían los métodos: Continuum, Baby Led Weaning, Lactancia a Demanda… tantos títulos para el viejo y querido sentido común. La palabra clave fue “libre”. Yo, un pez (aún un pez globo) y esa palabra la carnada perfecta. No hay absolutamente nada que le desee a mi hijo con más fervor y determinación, que la libertad. Qué maravilloso, pensé. Un método para la libertad.

Entonces, las reglas.

La premisa es dejar al bebé en libertad, obstruyendo lo menos posible sus movimientos, para que así pueda desarrollar su autonomía. Así que cuando no está en brazos, el bebé nunca debe colocarse en una postura a la cual no sabe llegar por sí solo. Pero si por sí solo no sabe hacer nada… ¿Cómo lo pongo? Pensaba yo. Debe estar en una superficie firme, como el suelo. ¡El suelo! ¡¿Mi bebé nuevito, el ser mas preciado que jamás conocí, apoyado en el suelo?! …se le debe vestir con ropa que facilite el movimiento y descalzo para permitir la fricción con el suelo. ¡¿En invierno?!

Mi neurosis colapsaba de indignación. Pero yo aún lo quería libre.

No fue fácil aplicar un método que me invitaba a hacer todo lo contrario a lo que se ve en los comerciales, películas y casas de familiares. Nada de sillitas que limitan el movimiento. Nada de juguetes colgando por encima de su cabeza que lo dejan pasivo. Nada de ponerlo boca abajo como indica la pediatra. Aplicar Movimiento Libre era como de repente convertirme en algo así como una mamá rebelde y, tengo que confesar, esa parte me gustaba.

Empezamos en la cama. Boca arriba, pies descalzos, su oso a un costado por si de casualidad lo veía, le daba intriga y decidía girar. Y la verdad es que por mucho tiempo fue muy aburrido. Por supuesto que Emmi Pickler, la feliz austríaca diseñadora de este método para la libertad, podría haber apreciado que cada movimiento impreciso de una mano, cada patadita de talón en el colchón, cada torneado imperceptible de torso eran el nacimiento indiscutible de la autonomía de mi hijo. Pero yo estaba enfrentada a un milagro a fuego lento, tan tan lento que me hacía bostezar.

Encima, una razón más para sentirnos raros. No es nada fácil criar a un bebé que no sabe qué es estar limitado por un artefacto de algún tipo, que no conoce otra cosa más que libertad o estar en brazos. Un bebé que no sabe hacer lo que hacen el resto de los bebés es un bebé raro. Y más raros aún son sus padres (en público, claro).

Como buena PPP (puérpera, primeriza, perfeccionista) me daba ansiedad cada vez que lo tenía que poner en su sillita para cambiar las sábanas, cuando le regalaban un par de zapatos que nunca le iba a poner, o cuando algún familiar bien intencionado lo sentaba cuando él estaba a siete años luz de saber lograrlo solo. Mi esposo lo ponía boca abajo por recomendación de la pediatra y yo nerviosa le daba vuelta. No tenía idea de estar haciéndolo bien y para colmo, en mi imperfecta perfección, aún no había logrado la hazaña más grande de todas: colocarlo en el suelo.

Pero entre medio de la rareza, las dudas y el aburrimiento, mi hijo un día roló (dio la vuelta). Roló solito y quedó boca abajo, después de mucho esfuerzo y sin que nadie se lo enseñara. Después, semanas quejándose porque no sabía volver a estar boca arriba y luego porque no sabía sostener la postura de gateo. Mi esposo y yo lo observábamos anonadados: su queja no tenía respiro, su fuerza no tenía descanso, su determinación no tenía límite. Solo quería practicar. Dicen que los bebés no tienen personalidad, pero la tenacidad fue el primer rasgo que le conocimos, con solo cuatro meses y tres pelos en su cabeza.

Más semanas intentando reptar, armando y desarmando, haciendo lagartijas igualitas a las que hace su papá en el gimnasio, y triángulos como los que hace su mamá en clase de yoga. Fue increíble. Fue increíble presenciar a otro ser humano desplegar los movimientos que todos conocemos sin que nadie se los enseñara, simplemente por haberle dado el espacio para hacerlo. A pesar de esto, yo seguía DD (decidida, dudosa) y mi esposo me seguía la corriente solo por no discutir.

Hasta que llegó el día en el que todo por fin tuvo sentido. La cama dejó de ser segura. Por más que tenemos el colchón a la altura del suelo, la caída era enorme en relación a su tamaño. No podía verlo rolar y quedarme tranquila. Empecé a entender por qué lo más recomendado es el suelo. Desenrollé mi mat de yoga. Abrí el ventanal para que entrara el aire primaveral. Respiré profundo, lo alcé y lo apoyé. No duró ni dos segundos en el mat (colchón). No sé como llegó al piso frío y duro de baldosa, al piso del cual quise protegerlo tanto tiempo. Aún no se desplazaba, pero de alguna manera lo encontró. No intervine. Respiré hondo unas cuantas veces más. Lo vi hacer todo lo que ya sabía hacer, pero mil veces más preciso. Un éxito tras otro y un deleite de ver. Al final tenía razón la austríaca, me decía la voz en mi cabeza.

Aún así, con solo cuatro meses, ver su cabecita tierna apoyarse a descansar contra la cerámica del suelo me movilizó hasta el tuétano. Pensé que si alguien me veía me iba a sacar a mi bebé para que lo criara alguien cuerdo. En medio de mi discurso interno mis brazos se estiraron. Lo levanté del suelo. Lo di vuelta para uparlo y casi me viene un ataque de nervios: estaba cubierto en pelos del perro: pecho, piernas, cara y manos – sí manos, esas mismas que por ese entonces vivían adentro de su boca. Junto con el pelo, alguna suciedad propia del suelo transitado, manchas en su ropa que nunca había visto antes. Y no es que yo sea particularmente prolija, pero en la suciedad es donde viven todos esos gérmenes de los que lo quería resguardar todo este tiempo. Un pequeño pánico empezó a subir por mi garganta. Tiene apenas cuatro meses, me decía la voz en mi cabeza, desaprobando.

Entonces la vi. Vi la sonrisa en su cara. El brillo en sus ojos. Una expresión de plenitud y satisfacción que no le conocía. Sus piernitas todavía practicando en el aire. Lo vi libre. Lo vi libre con los pelos caninos pegados a los cachetes y las manchas de suciedad. Y en ese instante, sucedió algo en mí. En ese preciso instante supe que siempre lo voy a poner exactamente donde él es feliz, por más que ese lugar sea el suelo que todos pisamos, por más que sea incómodo para mí, por más que un día ese lugar sea uno que yo no entienda.

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Pasaron los meses. El poder de ese momento creció en mí, convirtiéndome exactamente en quien él necesita que yo sea para ser libre. Mi hijo juega y crece en todo tipo de superficies . Con cada caída, con cada golpe, mi nueva yo lo sostiene, lo consuela sin sobresaltos, desde un lugar de fuerza y no de alarma y lo suelta de nuevo. De verdad me desconozco, pero a la vez me descubro más genuina que nunca.

Mi hijo aprendió a gatear, subir las escaleras y caminar todo antes de cumplir un año. No me importa en lo más mínimo a qué edad suelen suceder estas cosas. Lo aprendió todo sin que nadie se lo enseñara, dejando fluir su sabiduría interna y tan perfecta. Eso sí me importa y mucho.

Obtuvimos los beneficios que promete este método: siempre supo evaluar los riesgos, medir alturas, decidir si lanzarse o pedir ayuda. Moverse con una autonomía y decisión que hace que, con 70 centímetros de estatura, cualquiera lo respete. Confieso que no lo creí hasta que vi los resultados. Confieso que el libro de la austríaca es más aburrido que leer un diccionario. Confieso también, que no puedo decir con total certeza que el Movimiento Libre causó todo esto porque no lo sé, porque sólo tengo un hijo y todo lo que le pasa es meramente anecdótico. Pero sí se lo que ocurrió en mí. Quizás los métodos no sean para criar hijos, sino para crear madres.

Porque yo, que pasé noches de insomnio acariciando mi panza embarazada, pensando cómo iba a hacer para respetar esta vida que me fue prestada por un rato, pensando en cómo iba a lograr guiarlo sin interferir, preservar su sabiduría, honrar su luz interior sin proyectarle mis sombras, ahora lo entiendo.

Movimiento libre. Pensamiento libre. Emociones libres. Hombre libre. ¿Qué diferencia hay? Ninguna. El método ya es nuestro.

Y tú, ¿aplicarías este método con tu bebé? Te leemos