“Llegué a un punto de mi vida en el que comprendí que lo más hermoso estaba en casa, en mi hogar maravilloso y no en las reuniones de trabajo en el hospital o en los congresos”, escribe nuestra autora en una conmovedora columna.

Cuando uno tiene un trabajo en donde casi las 12 horas son con pacientes, de pronto dejar todo eso y acomodarse para un par de horas me sacó mucho de onda, pero la recompensa está al llegar a casa.

Antes de quedar embarazada tenía una rutina muy organizada, tenía dos empleos donde trabajaba un total de 12 horas y tenía calculado cada momento de mi día: levantarme a las 4:50 de la mañana para hacer ejercicio, arreglarme y desayunar a las 5:50, entrar a trabajar desde las 7:00, almorzar a las 3:00 de la tarde y correr a mi consultorio para empezar atender a las 3:30 hasta las 7:00 de la noche.  Incluso embarazada seguí con todo este trabajo.

Ser médico, como muchos otros trabajos, es agotador y demanda tus cinco sentidos. Tenía en mi cabeza los casos de los pacientes y encontraba forma de agilizar trámites para los estudios de aquellos diagnosticados con cáncer.

Pero cuando tuve a mi bebé, todo cambió. Me di cuenta de que los primeros tres meses de maternidad son para que no te pongas a hacer tres cosas a la vez. Durante los primeros meses de lactancia me olvidaba casi de todo, desde qué iba hacer al entrar a la cocina, hasta de acordarme el nombre de la paciente que llamó para agendar una cita. En el puerperio tus cinco sentidos deben estar con tu bebé.

Cuando di a luz tuve en mi cabeza este tiempo de maternidad, pero en mi consultorio privado me di 15 días, fueron realmente 15 días de “descanso” mental. Ahora toda mi rutina se centraba en cuidar a mi hijo.

Desvelarme o pasar mala noche no eran problema, luego de diez años haciendo turnos en el hospital no era nada nuevo.

Una vez retomé mi rutina, empecé poco a poco atendiendo a mis pacientes en las tardes, dos o tres pacientes y corría a casa para no pasarme con el tiempo de la lactancia. Me parecía muy complicado sacarme la leche en el trabajo, y como vivo cerca no era problema mientras mi esposo se quedaba en las tardes al cuidado del bebé.

Pero llegué a un punto de mi vida y de la rutina en el que comprendí que lo más hermoso estaba en casa, en mi hogar maravilloso y no en las reuniones de hospital o en los congresos.

Mi vida dio un vuelco cuando nació mi hijo, un bebé te ata de manos y pies. Por eso tuve que elegir entre los dos trabajos, uno en el sector público y el otro en mi consultorio, antes de terminar mi licencia de maternidad y así tomé el de las tardes con el apoyo de mi esposo.

Mi hijo me necesita para su desarrollo, cuidado y, sobre todo, no me quiero perder ni un solo momento de su proceso, es algo que no se repetirá.

Tomé la decisión porque basado en evidencia, los primero cuatro años de vida de un niño marcarán su desarrollo intelectual, emocional y físico. Son los años que definirán  su futuro, a él no le sirve lo material, ni todo el dinero que pueda hacer trabajando 12 horas. Mi hijo me agradecerá porque le dejaré los pilares que le llevará a ser una persona segura, que pueda cumplir sus metas y salir adelante.

Es fácil encontrar la ayuda de la abuela o de la niñera, pero los hijos necesitan afecto atención y cariño, puede estar feliz con una caja vacía, y no con unos zapatos de marca carísimos. Así que hay opciones por si la parte económica te lo impide dejar tu trabajo, hay maneras de buscar actividades emprendedoras. Una alternativa es trabajar desde casa, dependiendo de lo que te guste puedes fabricar joyería, artesanías, etc., y venderlo por internet, o dar asesoría de maquillaje por medio de videos o visitas a domicilio, si eres profesional, dar asesoría de tu profesión. Hay mil maneras de salir adelante sin dejar a tu bebé, es cuestión de conocerse a uno mismo y las capacidades a las que puedes llegar.

Un hijo te trae tantas cosas nuevas y muy hermosas,  a veces dejar una rutina cuesta pero es importante para tus hijos e implica entrar a una nueva etapa de la vida, la de ser mamá.

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