Nuestra autora buscó su conexión con la naturaleza para sanar su cuerpo enfermo y poder convertirse en madre. ¿Lo habrá logrado?

Crecí en un mundo de avenidas, de motores y veredas de cemento. La suela de los zapatos separándome de la tierra. La ropa separándome del viento y el bloqueador solar del mismísimo sol. De chica la naturaleza nunca me llamó la atención. Mis ojos hipnotizados por los dibujitos animados de la tarde no conocían la diferencia entre un gorrión y un picaflor. Mi idea de naturaleza era un jardín cercado con el pasto recién cortado y, francamente, no me interesaba. Mi cuerpo me llevaba de lugar en lugar como un camión que lleva bolsas de batatas. Mi mente todo se lo apropiaba. No quería correr. No quería saltar ni ensuciarme. Solo quería volar con la mente a un mundo sin el peso que tenía este.

A los veintiséis años mi cuerpo se enfermó. Una de esas enfermedades autoinmunes en las que el organismo se confunde porque no sabe quién es. ¿Y cómo iba a ayudarlo cuando apenas lo conocía? Tuve que tomar una decisión: tratamiento con químicos o tratamiento natural. Desde algún lugar de mi instinto más profundo se me despertó una sed, un anhelo, una desesperación por unirme a la naturaleza, por ser salvaje. Ansias empedernidas de correr por la pradera con el pelo trenzado por el viento y tomar agua de los ríos, irme a dormir sobre pastizales y hablar con los animales. Hacerme amiga de la luna.

Y eso mismo hice. Empecé a respirar, mirar, oler, tocar y comer naturaleza. Adiós a la comida envasada y bienvenida la lechuga. Era el plan perfecto. Lo era. Sólo que faltaba un detalle: la naturaleza no sabía quién era yo. Las plantas se me morían en sus macetas, el viento me daba dolor de oído, el sol me destrozaba los labios y cada vez más y más comida me daba alergia. El mundo se convirtió en un lugar hostil y me invadió el miedo. Dos veces un hijo llegó y dejó mi vientre sin poder siquiera conocernos. Mi útero no había hecho más que aprender a ser un mundo hostil como el que yo habitaba afuera.

Es que yo, sedienta, abierta de par en par, habiéndolo entregado todo, era ahora una hija no reconocida de mi Madre Tierra.

Me enojé. Golpeé su suelo desnudo y llené sus lagos de lágrimas. Era muy tarde para volver atrás. Había aprendido a pisar la tierra sin zapatos y a distinguir un gorrión de un picaflor. Había hablado con los animales y tomado de los ríos y no tenía otra opción que tirarme en los pastizales, totalmente perdida, dolida, quebrada, suplicándole que me amara.

A través los pastizales alguien me miraba, con su potencia encandilante, vestida de noche, grandiosa y entera: la luna.

De fase en fase, me hice amiga de la luna que como buena amiga me regaló un desfile de desafíos en un viaje sin retorno. Ella, mi espejo. Mi cuerpo, el vehículo que, sanando, aunque parecía lo contrario, se convirtió en mi mayor maestro. Aprendí su lenguaje de sensaciones y sutilezas. Aprendí a amar al dolor por igual que el placer y me hice adicta a sentirme viva. No pude más que empezar a confiar en él. Cada vez que dudaba, él me regalaba una certeza, clara como el agua, simple como la vida misma.

Sos sano, sos sabio, sos fuerte. Le repetía este mantra a mi útero, reconociéndolo en toda su majestuosidad, con mis manos sobre mi vientre, en las noches en las que me desbordaba la convicción. La luna, tan delicada, tan cíclica, tan ella, me miraba mirarla, con mis ojos llenos de lágrimas, o éxtasis, o angustia, o todos a la vez.

Hasta que un día y sin pensarlo, el mantra cambió: Sos sana, sos sabia, sos fuerte. Porque ¿qué es mi cuerpo? ¿Qué son mi vientre y mi útero sino yo misma en mi versión más cruda? ¿Qué es la luna sino mi propio reflejo en medio de un cielo lleno de estrellas? Así, con el poder de un mantra, la luna y mi propia fe, me empecé a desplazar de la escasez a la abundancia.

Entonces, un hijo llegó a mi vientre. Más obstáculos. Más lecciones. Yo, escuchando el sutil estruendo de ese lenguaje aprendido. Mi hijo, firme, plantado, arraigado a mis entrañas, con su saber infinito de recién llegado. Y toda la fe que había crecido en mí se depositó también en él. ¿Cómo iba a hacer para que él también quisiera correr en el viento y tomar de los ríos y hablar con la luna? Es que todavía le temía al sol. Todavía me alteraba el frío. Todavía se me moría la rúgula en el jardín. Solo podía confiar en él y en mí, en él y en mí contra el mundo. El mundo hostil. La Madre Tierra abandónica. Y la luna, siempre la luna.

Mi panza se empezó a expandir y con la expansión vino un fuego, un abrazo desde adentro, una magia solo propia de este mundo. Una noche salí al frío de la madrugada y me sentí acariciada por el rocío. Otro día la tibieza del sol me cantó una canción de cuna. Empecé a comer lo que fuera me diera placer y no pasó nada. En mi jardín nacieron pimientos, tomates y un melón bebé.

Algo está pasando, le dije a él que desde ahí adentro todo lo escuchaba.

Mi hijo nació. Mi hijo nació y semejante evento de tres palabras culminó la revolución que había comenzado con comer lechuga, hablar con los perros y rogarle a la luna: mi hijo nació y lo pude amamantar.

Mi bebé recién nacido, con sus ojitos de topo entrecerrados y cuerpito inmaduro sabía exactamente donde posar su boca. Mi cuerpo, dulce hogar de una psiquis conmocionada, supo exactamente qué hacer. Así comenzaron, él y mi cuerpo, la danza más ancestral de todas: la del ser y su sustento, la del hombre y la naturaleza. Y así me convertí en el mundo de alguien. Así me convertí yo en la mismísima naturaleza. Así la Madre Tierra entró en mí para darle todo. Para darme todo.

Una madre no se aferra a su cachorro cuando este no sabe cómo crecer. No le roba el deleite de descubrir las respuestas por sí solo. Una madre provee, sostiene, acompaña. Observa el dolor, el desconsuelo, la angustia. Respeta la transformación. Regala acertijos, laberintos, soles y lunas. Cuántas lunas. Una madre regala vida, con todo lo que conlleva vivirla.

Mi Madre Tierra no hizo más que maternarme, de la manera más perfecta, en cada paso del camino.

Y a ti, ¿estar embarazada te reecontró con la naturaleza y su grandeza? Cuéntanos en los comentarios.