El bombardeo en los medios con imágenes de mujeres perfectas, con pieles impecables, pelos brillantes y abdominales fuertes y definidos nos pone, siento, en un lugar emocional donde es fácil olvidarse de que esas mujeres viven de su cuerpo y son tan esclavas de su figura como nosotras somos, a ratos, de la idea de conseguirla.

También creo que el malestar acerca de nuestro cuerpo es un sentimiento: cuando decimos “me siento gorda,” o “me siento fea,” estamos expresando una emoción y no una realidad.

La belleza viene en todos los empaques y todas somos bellas a nuestra manera. Únicas e irrepetibles. Y aunque es más fácil escribirlo que sentirlo en una realidad donde a la mujer se le juzga también por su aspecto, es casi imposible no pensar en cómo nos vemos, o pensar que el físico es irrelevante.

Antes de mi embarazo tenía el mejor estado físico de mi vida, pero aún así encontraba razones para estar inconforme. Objetivamente estaba bien, subjetivamente siempre encontraba carencias.

Luego el embarazo y los cambios abruptos en mi cuerpo me hicieron una jueza más dura e implacable de mi aspecto. Miraba con agradecimiento y amor la panza que crecía, la sobaba hablándole y la llevaba con orgullo a todas partes. En la intimidad de mi cuarto, frente a mi espejo, veía como los senos ya no cabían en ningún lugar y cómo, uno a uno, los pantalones iban quedándose en sus ganchos y la ropa con elásticos hacía su debut. El concepto de ganar peso por salud era ajeno a mí. Pero así, poco a poco, todo se iba inflando. Yo disfrutaba ver la barriga crecer pero siempre me imaginaba qué iba a pasar después del parto. Escuchaba que la sabiduría popular apuntaba a “nueve meses subiendo de peso y nueve bajando,” y me asustaba pensar en que mis inseguridades pre-embarazo se iban a multiplicar una vez llegara el posparto.

Entiendo ahora que el cuerpo es sabio y hace lo que necesita para llevar a término una gestación; además, no todos los embarazos son iguales y luchar contra la biología es un despropósito. Independiente de los cambios en cada una de nosotras, muchos o pocos, supongo que no soy la única en haberse sentido insegura de mi cuerpo luego del nacimiento del bebé. En esos pocos momentos de reposo en las primeras semanas de vida de mi hijo, era inevitable verme y recordar, comparando, cómo me veía antes.

En mi caso los cambios tangibles y muy visibles llegaron cuando nació mi hijo y no durante el embarazo. En nueve meses tuve la fortuna de no sumarle más estrías a las que ya tenía. En los tres primeros meses del bebé aparecieron todas –perder peso también genera estrías. En nueve meses mis piernas, brazos y barriga no perdieron firmeza; pero en apenas un mes de posparto todo parecía más blando y redondo. En nueve meses no tuve muchos problemas en mi piel, dos semanas después del parto tenía eczema y algo de acné, además de manchas en la cara que antes eran muy leves. La peluca brillante y abundante con la que el embarazo me bendijo perdió vida, y aún hoy mi pelo sigue acumulándose por el piso de la casa en volúmenes alarmantes. El busto, primero hinchado y adolorido, se fue cayendo poco a poco con cada mes de lactancia. Y tuve incontinencia. Nadie habla de eso y no hay que apenarse, es más común de lo que yo creía.

En esas primeras semanas de posparto me miraba quería recuperar mi figura. Una horda de sentimientos encontrados es una descripción que se queda corta.

¿Que fue difícil ver los cambios? Sí. Pero ¿que vale la pena vivir con ellos? También.

Entre las pocas horas de sueño que conseguía y las muchas horas de lactancia, pensaba también en que recuperar mi cuerpo de antes era un despropósito porque yo no era la misma. Los cambios físicos y emocionales me habían convertido en otra persona. “Soy mamá. Nada de lo que haga de ahora en adelante va ser igual así que no debo pretender querer ser igual”. Con los cambios llegó una claridad con la que intento vivir y es que yo no quiero ser como antes, quiero ser como ahora. Porque ahora soy otra, con estrías, con una cintura menos definida, con mi pelo cayéndose a manotadas, con la resequedad en la piel, con todo lo bueno y lo malo, soy otra.

No hay suficientes sentadillas en el mundo para cambiar la percepción mental con la que nos vemos. Pero convertirme en mamá sí me ayudó a desarrollar una percepción de mí misma más amable, amorosa, y bondadosa. Mi cuerpo no es el mismo y no pretendo que lo sea, solo quiero verme bien por mí en primer lugar, por mi esposo, y por mi hijo, y mostrarle que la belleza es sobretodo la manera en la que una se siente y como una se proyecta en el mundo. No es solo un cuerpo.

Hay una cultura en los medios digitales que celebra los cambios del embarazo como medallas de honor, algo así como “mis estrías son mi medalla.” La mía es haber crecido y madurado gracias a mi hijo, es poder verme distinta y celebrarlo.

Veo mi cuerpo y siento que puedo ser feliz independiente de y no a pesar de los cambios. No me siento “más mujer” por ser madre. Me siento una mujer diferente, y tener la oportunidad de reinventarme es más de lo que puedo pedir. Una nueva percepción del mundo, nuevas metas, nuevos logros, un cuerpo nuevo, y un hijo! Nada mal para unos pocos meses en todos estos años de vida.