“Las confesiones ayudan a sortear la locura y pasar las situaciones agobiantes y no tan maravillosas de la maternidad”, escribe Katherine Villavicencio, en un texto que sirve como expiación.

Que la maternidad es maravillosa, que un hijo nos cambia la vida para siempre y que nunca imaginamos que tanto amor podría cabernos en el corazón. Que toda noche sin dormir ha valido la pena cuando sentimos que su manito agarra nuestro dedo o sonríe. Aunque suene a cliché, nada más cierto para definir un cambio en la vida que supera lo emocional y también lo psicológico.

La escritora argentina Laura Gutman, en su libro ‘Maternidad y el encuentro con la propia sombra’, lo describe bien: al nacer un bebé también nacemos como mamás y es tan fuerte el cambio que uno llega a pensar que por momentos transita cerca de la locura. Y eso es también una certeza, sobre todo en la etapa del puerperio.

“Las mujeres puérperas tienen la sensación de enloquecer, de perder todos los lugares de identificación o de referencia conocidos; los ruidos son inmensos, las ganas de llorar constantes, todo les molesta, creen haber perdido las capacidades intelectuales, racionales. No están en condiciones de tomar decisiones domésticas. Viven como fuera del mundo; justamente, viven dentro del ‘mundobebe’.”’, dice en ese libro, una herramienta poderosa para entender lo que nos pasa.

Resulta que mamá y bebé somos uno solo al nacer y, lo que para ellos es una normalidad, a uno le puede resultar una dependencia asfixiante o esclavizante, como me dijo una vez una amiga respecto a la lactancia.

Las confesiones ayudan a sortear la locura y pasar las situaciones agobiantes y no tan maravillosas de la maternidad. ¡Las hay! Aunque muchas mujeres las callen (las callamos) por miedo a ser señaladas o vistas como malas madres (hay libros y comedias al respecto).

Tengo un grupo de amigas, todas profesionales y madres jóvenes, que hemos encontrado la manera de hacerle frente a esos momentos en que te sientes superada: contar nuestros conflictos más íntimos -sin desparpajo- y reírnos de ellos, reírnos de otras madres y de nosotras mismas.

Lo hacemos en grupos de WhatsApp, en chats de Facebook o tardes de tertulia. En una de estas, una de mis amigas contó que lo primero que pasó por su cabeza cuando recibió a su hija en brazos en el quirófano fue “y ahora, ¿qué hago? No hay vuelta atrás”. Fue un momento de shock en el que no sabía si abrazarla, hamacarla o darle de lactar. Ella misma una madrugada en la que de sus pechos no fluía leche y su hija gritaba de hambre, fue a despertar a su marido, que trabajaba al día siguiente, y le entregó a la nena. “Toma, no puedo más, no la quiero”, le dijo y corrió a encerrarse en la otra habitación.

Salió horas después sintiéndose culpable, pero hoy se ríe: “la verdad no sabía qué más hacer”.

No es la única. Me pasó cuando mi hijo tenía un mes y medio: comenzó con los cólicos del lactante y una noche estos fueron tan intensos que después de tres horas no había logrado calmarse. Estaba sola. Mis brazos no daban más. Sentí unas ganas inmensas de ponerlo en la cama y echarme a correr una maratón. Tal vez 42 kilómetros ayudaban a despejarme. Luego, a los cuatro meses, cuando tuve que dejar a mi hijo en la guardería una semana antes de reintegrarme a trabajar, sentí una mezcla de alivio y tristeza. Fui a casa, tomé una siesta de dos horas, me bañé –por primera vez sin apuro- y sentí ganas de cantar aquella canción de la película Frozen: “libre soy, libre soy”. Luego salí a buscarlo porque me hacía falta.

Esos instintos salvavidas, como les denomino yo, parecen desnaturalizados, pero nos pasan a todas. Unas se arman de paciencia, respiran hondo y pueden seguir; otras sienten culpa, lloran o quieren huir, aunque sea momentáneamente.

Tengo una amiga que literalmente corre. En los primeros meses de dar a luz a su segunda hija alternaba los tiempos con el marido y tomaba su bicicleta o sus zapatillas de correr y salía sin rumbo. Con eso y una copa de vino o cerveza, cuenta entre risas, se lleva mejor la maternidad.

La maternidad empieza llena de expectativas y planes que infinidad de veces se estrellan contra una realidad distinta. Y, cuando eso sucede, nos deja en un limbo absoluto, o nos acomoda a lo que mejor creemos, aunque socialmente no sea bien visto. Antes de dar a luz tenía como libro de cabecera ‘Duérmete Niño’, o más conocido como “el método Estivill”, para hacer que los recién nacidos duerman toda la noche. Yo, acostumbrada a la independencia, estaba segura que mi hijo dormiría en su cuna y de corrido, además había oído a tantos amigos con hijos decir que los suyos dormían desde las primeras noches, que lo di por sentado, ¿qué podía fallar? Nada, excepto que el corazón se te parte al dejarlo llorar o que el cansancio de llevarlo a su cuna por tercera vez en la madrugada te supera tanto que hoy somos una familia colecho.

No fui la única. A tres más de mis amigas les pasó y a una cuarta le ocurrió con su segundo hijo. Concluimos dos cosas: los padres mienten todo el tiempo (no hay recién nacidos que duerman de corrido, bueno tal vez sí, pero es un mejor consuelo) y ningún bebé es igual a otro, aun aplicando una crianza similar. Cuando nuestro hijo más duerme está en medio de nosotros, así que bienvenidas las camas king size.

Tengo otra amiga que no saca a su hijo menor a restaurantes porque, como todo niño, se cansa de estar encerrado, sentado en una mesa esperando por la comida, y corretea por todos lados o grita. Inventa excusas con los que no tiene confianza porque prefiere no ir antes de tener que pasar por esa escena que es cotidiana para muchos: dejar conversaciones a medias para ir detrás ellos, tenerlos alzados un rato o armarnos de tablets y celulares, que también juramos que no usaríamos. Dice que no puede, que debe hacer cosas del trabajo, pero a nosotros nos cuenta: “No gracias, para estar así, no voy, espero a la niñera”.

La hermana de una amiga le suele decir que ama a su hija pero que piense bien si quiere bebés porque la maternidad le resulta horrible y, si pudiera, tendría una niñera 24 horas. Siempre bromeamos que ese es el sueño de todas y que en esta época se puede no tener marido pero jamás prescindir de alguien que nos dé una mano con los niños. ¡Lo asumimos! Y sin culpa, pues la mujer que quiere ser profesional de éxito, independiente económicamente, tener tiempo para ir al gimnasio, al yoga, lucir espléndida y también criar a los hijos requiere sí o sí ayuda en casa.

En ese camino de éxito también hay amigas que confiesan, cuando les consulto por Facebook sobre lo que callan de la maternidad, que a ratos están tan sumidas y apasionadas en el trabajo que cuando miran el reloj son las 17:00 y no han llamado en todo el día para saber cómo están sus hijos. No es que no sean la prioridad, simplemente se les pasó el tiempo. No se lo cuentan a nadie pero se van con la culpa a la cama, más si llegan y su hijo se ha dormido preguntando a qué hora llegarán.

Mi suegra repite siempre lo que le decía una amiga suya cuando ella se aturdía entre la crianza de dos chicos que tenían apenas un año de diferencia: “quedate (o quédate, para los que no son del Cono sur, como su suegra) tranquila, son los primeros 20 años, después los problemas son mayores”. Entonces nos echamos a reír,  ¡otra vez!