“Escuchaba las historias de insomnio de otros y me parecían un castigo divino. No entendía cómo se podía vivir con poco o nada de ti”, escribe nuestra autora, en una sentida carta a ese sueño que tanto extraña desde que se convirtió en mamá.

Te extraño. Sueño despierta contigo.

Sé que durante esos nueves meses del embarazo muchos me advertían que nuestra relación estaba en riesgo, pero ignoré sus comentarios porque creí que éramos sólidos y capaces de resistir cualquier desafío, como la maternidad y el posparto.

Hoy, cuando te pienso, siento nostalgia. Esta crisis contigo me tiene el corazón aburrido y el cuerpo cansado. Pasamos de tener una relación tranquila, estable y cómoda, a ser como esas parejas que terminan y vuelven, que lo intentan y desisten, que se reencuentran y se dejan.

Éramos predecibles. Podía confiar en ti. Nuestra cita diaria llegaba hacia las diez de la noche y me cobijabas con sueños profundos y descansos reparadores. Nuestras despedidas nunca fueron problemáticas y siempre fuiste flexible conmigo. Cuando decidía madrugar a correr, entendías que debíamos despedirnos a las cinco de la mañana. Cuando tenía una fiesta, entendías mis llegadas tarde y me acompañabas hasta entrada la mañana. Estabas ahí para mí, siempre.

Nunca fuimos de encuentros diurnos. No era mi estilo. Prefería contener las ganas de verte para nuestra cita a las diez y poder así exprimir el momento.

Escuchaba las historias de insomnio de otros y me parecían un castigo divino. No entendía cómo se podía vivir con poco o nada de ti.

Hoy soy una de esas historias. Te siento a mi alrededor durante el día —tu falta me pesa en cada uno de mis huesos— pero cuando duermo nunca es suficiente.

Necesito más de ti, pero te volviste esquivo.

Imagino que te sientes desplazado por mi hijo. Lo sé, todo se transformó desde su llegada. Me lo advirtieron y no lo creí. Pensé que en la maternidad podría despertarme en la noche y dormirme de nuevo con la inmediatez de un bombillo. Ya entendí que no.

Algo, o tal vez mucho, de mí cambió y reencontrarte en las noches es difícil. Caigo rendida a tus pies tan pronto te veo, hacia las nueve, pero entre la una y las cuatro de la mañana te me escurres y no siempre te vuelvo a encontrar. ¿O me escurro yo?

Sé que te he pedido muchos ajustes en apenas cinco meses y que, cuando te vas adaptando, debemos modificarlos de nuevo. He tenido que soltarte a distintas horas de la madrugada… y lo siento, pero, querido mío, esa parece ser la norma cuando se tiene un bebé: todo se altera apenas uno lo cree resuelto.

En el día no te he buscado lo suficiente, en contravía de los consejos. Pero es que así no éramos tú y yo. El día contigo me cuesta y me asusta porque —en la fragilidad actual de nuestra relación— siento que pongo en juego mi descanso nocturno.

En las noches he hecho hasta maromas por recuperarte. La lista no es corta. Al comienzo, mi marido se despertaba a alimentar a Noa para que yo pudiera dormir y ni así pude descansar bien. Me acostaba a las siete para aprovechar la noche lo más posible antes del insomnio de la madrugada y eso tampoco funcionaba. Usé tapones para aislar el ruido y un antifaz para huirle a la luz. Aún rezo oraciones para conciliar el sueño y evito la cafeína como si fuera el mismísimo demonio. Ceno ligero. Uso cremas con aroma a lavanda y he tomado más infusiones de manzanilla en estas 22 semanas que en 34 años de vida. No estoy exagerando.

Y aunque ya me acostumbré a tenerte poco, miro nuestro pasado y suspiro.

Mi esperanza es que podamos enamorarnos nuevamente. Discúlpame por haberte dado por sentado y por no apreciarte lo suficiente. Ojalá puedas perdonarme y regreses porque acá estaré, ojerosa, cansada y dispuesta a que lo intentemos otra vez. O tal vez eres tú el que está allí, esperándome, dispuesto a que lo intentemos otra vez.