Nuestra autora comparte su historia y nos cuenta cómo ha encontrado algunas soluciones. Así espera ayudar a otras mamás que pasan por lo mismo.

Casi nadie en mi familia o casi ninguno de mis amigos sabe esto. Me sucedió a mí, como a otras miles de mamás, y le puede suceder a cualquiera. Se preguntarán por qué decido hablar de mi proceso en una plataforma en la que me puede leer todo el mundo, cuando pocos de mis cercanos saben que estoy pasando por esto. La diferencia es que a ellos saberlo no les cambia en nada su día, pero tal vez  sí le pueda beneficiar a alguna mamá que lucha contra la depresión como yo lo hago.

Quisiera que mi historia le ayudara a otras mamás a desestigmatizar las enfermedades mentales y a buscar ayuda ante el primer síntoma. No hay que normalizar ciertos comportamientos ni atribuírselos al famoso baby blues, ni a “ay las hormonas.” No es lo mismo tener miedo de no ser una buena mamá, que tener miedo de salir a la calle. Ni es lo mismo sentirse un poco abrumada con el cansancio, que no poder dormir una semana mirando la cuna para asegurarse que el bebé está respirando. Yo fui ambas. Y no es normal.

Tener depresión posparto no es lo mismo que estar triste. Tener depresión posparto es como ser triste, como si la esencia de uno se comenzara a apagar. Por eso creo que lo más importante es aceptar que se tiene la depresión posparto y pedir ayuda.

De acuerdo al Centro de Control y Prevención de Enfermedades del gobierno de Estados Unidos, entre el 10 y el 20 por ciento de las madres sufren de depresión posparto. En mi clase prenatal éramos diez, y tres hemos tenido dificultades.

Las causas son múltiples, desde la predisposición familiar, hasta un embarazo difícil. Las manifestaciones son varias y van desde llorar profusamente, pelear con la pareja por cosas pequeñas, preferir estar en silencio que compartir con la familia, no sentir una conexión con el bebé, sentir que se podría lastimar al bebé o a uno mismo, estar cansada todo el día, o no tener hambre. La dificultad radica en que la depresión se apodera de todo el hogar, de la relación de pareja, de la relación con el bebé, del bebé mismo. Al inicio ellos y nosotras somos uno, y si no estamos bien ellos no está bien.

Cuando mi hijo tenía dos meses mi esposo regresó a trabajar luego de estar con nosotros día y noche. Ese día, abrumada por la soledad de la labor materna, en un país ajeno al mío, sin familia, con pocos amigos (todos sin hijos) una nube negra se posó sobre mi cabeza. Con el paso de los días una confusión mental que yo le atribuía a la falta de sueño me impedía pensar en las cosas más básicas. El apetito voraz de la lactancia disminuyó con los días y así mi peso. Las lágrimas sin razón aparente se me escurrían por las mejillas cuando caminaba, en el mercado, trabajando… Comenzaron a surgir miedos y paranoias sin fundamento. Pesadillas. Y de repente una agonía que no puedo explicar. Tuve miedo de la oscuridad como un niño de cuatro años, tuve miedo de que el bebé pudiera lastimarse o enfermarse, tuve miedo y tengo aún miedo de ciertos olores. Desarrollé rutinas obsesivas que me ayudaban a poner mi ansiedad en otro lado porque claro, limpiar la casa de arriba abajo todos los días con un bebé recién nacido parece normal ¿No? No puedo verbalizarlo como quisiera pero tuve miedo de tener miedo. Comencé a vivir con miedo de vivir.

Y en ese círculo vicioso de miedo, ansiedad, insomnio, lactancia y soledad las cosas solo empeoraban.

A veces se me hacía un nudo en la garganta cuando salíamos al parque a tomar aire puro y sentía que me iba a desmayar. Tuve ataques de pánico en el metro de Nueva York con un bebé dormido plácidamente en el cargador. Viví con anticipación, con total pre-ocupación.

Para poder sentirme un poco más “normal” fui a terapia dos y hasta tres veces a la semana. Aún me preocupo más de la cuenta, pero aprendí y sigo aprendiendo a reírme de mí misma y a racionalizar mis miedos y pisotearlos con argumentos. Todos los días lucho contra mi cabeza.

También todos los días me rio un poco más.

Yo debo vivir un día a la vez. No puedo anticipar qué va a pasar mañana porque hoy es suficiente. No puedo planear el mes que viene porque la hora que viene es tal vez demasiado. Tenemos en la casa una rutina de predictibilidad que me ayuda a tranquilizarme, y si yo estoy tranquila el bebé está tranquilo. Aún así, añoro una vida más espontánea, pero tener un esquema claro me ayuda a sanarme. Ya vendrán más días con menos horarios y más flexibilidad.

Yo hago mi trabajo de terapia semanal, voy a una nutricionista, tengo chequeos periódicos de niveles de vitaminas y minerales en la sangre, tomo poco café, no tomo licor, medito en las noches, como saludable y hago ejercicio a diario. Pero nada de eso me serviría si yo no reconociera que sufro de depresión y que debo hacer algo cada hora para combatirla. Es una mezcla de aceptación y de una voluntad infinita por destruirla y mejorarme.

Contar esta historia no es fácil, porque tiene comienzo pero no sé dónde termina. Solo sé cómo quiero que termine. Espero que si hay mamás que me leen y se identifican con lo que escribo sepan que no están solas, que sufrir depresión posparto no las hace peores mamás, que pedir ayuda está bien y que hay soluciones. Nuestra generación se ha enfocado en querer hacer todo al tiempo y hacerlo todo bien, pero nuestro cuerpo y nuestra mente necesitan una pausa, amor y compasión. Ser mamá es difícil y sufrir de depresión posparto lo hace todavía más. Hablen con sus parejas y familia, lloren y digan en voz alta que no están bien. Guardarse las tristezas solo genera más depresión y ser vulnerable está bien. Hay especialistas que pueden guiarlas en su proceso y les puedo asegurar que aunque el camino es largo, cada día es más fácil. Háganlo por sus bebés, pero sobretodo y en primer lugar, por ustedes mismas.

Ahora, once meses después cuando abrazo a mi hijo en las mañanas y aún tiene las mejillas calientitas, sonrío emocionada porque siento que a pesar de mis dificultades he logrado más de lo que pensaba. He criado un bebé feliz. Ya no pienso en el futuro mucho, pienso en qué va a pasar hoy. Y hoy estoy feliz porque está dando sus primeros pasos, diciendo sus primeras palabras. Y en esas pequeñas victorias está la energía que me anima a ser mi mejor versión por y para él.  No es fácil.  Pero su sonrisa, sus dientecitos enanos, los rulos desordenados en su pelo, la emoción que le produce ver algo por primera vez, verlo ser, esa es mi mejor terapia… aunque aún necesite de todas las demás.

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