Nuestra autora va en contra de lo que, al parecer, se espera de las mamás: que no pierdan los estribos, ni las invada la impaciencia a veces.  Además, da valiosos consejos para recuperar la serenidad en tiempos de desesperación maternal.

Les habla una impaciente confesa. Con el permiso del sacerdote que escucha mis penas todos los domingos en el confesionario, debo admitir que, en su mayoría, la falta de esa virtud es el motivo por el cual le pido perdón a Dios casi todos los domingos, y si pudiera lo haría más días de la semana.

He sido impaciente toda mi vida. Cuando era pequeña, ya quería crecer para estudiar mi carrera en la Universidad. Cuando estaba estudiando, hice toda clase de contactos para poder entrar a un medio de comunicación y ganar experiencia. Cuando ya trabajaba en el medio, ya quería ahorrar lo suficiente para tener mi carro. Cuando lo tuve, empecé a ahorrar para irme a estudiar una maestría fuera y así…

Y no solo ha sido con mi vida profesional. He sido impaciente con mis padres, con mis amigos, con todos mis novios y, actualmente, con mi amada familia.

Tengo una compañerita, mamá, con la que suelo toparme en el parque cerca de mi casa, por las tardes, cuando salimos a caminar con nuestros hijos.

Por cierto, tengo tres hijos, el mayor de cuatro años, otra de tres y la última de uno. Al salir de paseo al parque, yo sola con ellos, me topo con toda clase de miradas, desde las “juzgatorias”, aquellas que con la mirada te dicen ‘lindo tu jardín de infantes’; otras como ‘pero bueno, ¿ya te vas a ligar?’, y hasta las que llamo de “espectáculo de circo”, que señalan y miran con asombro. Y hay otras que en la lejanía puedes escuchar que en su pensamiento te dicen: “You go, girl!” [Inserte emoticón de fuerza]. Mi compañerita, es de estás últimas.

Ella tiene un bebito contemporáneo con mi última hija. Un día, con toda la naturalidad del mundo y sin conocerme, se me acercó y me empezó a interrogar sobre mi maternidad, siempre en buena onda. Me causó gracia que me dijo, casi susurrando:

Mamá: ¿Y… pierdes la paciencia? ¿Los retas? ¿Qué te pasa cuando te enojas?

Yo: Pues, cuando me enojo, me convierto en un gorila.

Mamá: – ¿Les has gritado?

Yo:

Mamá: ¿Les has pegado?

Yo: No. Pero si lo hubiera hecho te lo contaría, realmente no lo he hecho porque creo que no está bien pegarles; tampoco gritarles, claro, pero a veces uno pierde los estribos. Y aunque ganas no me han faltado, recuerda que soy un gorila enojado, súper impaciente, me contengo porque sé que el golpe me va a doler más a mí que a ellos. Y al final, creo que los golpes enseñan a tener miedo. Y no quiero que el miedo sea el motor de aprendizaje de ellos.

 Me cuestionó su pregunta, pero más que el fondo, la forma. Parecería que es un tabú hablar de la impaciencia de las mamás . En algún momento, nos han metido algún chip que nos dice que al parir debemos convertirnos automáticamente en “mamás perfectas”. Como si al nacer nuestro hijo, de manera inmediata nos transformara en una mamá de comercial de detergente: siempre amorosa, que sonríe al ver que su hijo mancha las paredes, o que contempla amorosamente cuando se están matando unos a otros, y espera pacientemente que acabe la discusión, y luego los convoca a discutir sobre el tema en la Asamblea de la ONU.

Al inicio de mi maternidad yo también daba por supuesto que debía ser perfecta. Escuchaba comentarios tipo: que no te vean perder la paciencia, no te enojes en frente de los niños, te deben ver siempre feliz; hasta otros que me invitaban a madurar y comportarme como “grande”.

Entiendo el espíritu de esos comentarios. Nosotras somos una especie de ‘influencers’ para nuestros hijos, nos imitan, nos ven siempre, y terminan haciendo lo que nosotros hacemos. Eso está muy bien. Pero seamos honestas, esto no es sostenible en el tiempo, porque no podemos vivir la perfección en el día, y llorar las penas en las noches, cuando los niños se duermen. Las emociones no pueden postergarse todo el tiempo. Y tampoco creo que sea muy honesto fingir estabilidad frente a nuestros niños cuando la hemos perdido, ya que en algún momento tanta tensión interna nos puede causar mucha ansiedad, o frustración, y para ellos, no va a ser algo real, pues el mundo no funciona de esa manera.

Por eso, de un tiempo para acá he optado por ser transparente, en todo el sentido de la palabra, con mis hijos, con mi familia, con mis amistades. Dejar de lado posturas, decir lo que siento y expresar mis emociones con toda la intensidad. Cuando me he sentido triste, he llorado; ellos obviamente reaccionan, y dejo que me consuelen, a su manera, luego conversamos y les explico lo que ha ocurrido. También cuando me he enojado, (recuerden que soy un gorila) algunas veces he perdido los estribos, otras no. Cuando ha ocurrido, he pedido disculpas, les he explicado lo que pasó y seguimos adelante.

Lo interesante de esto, es que ahora puedo evidenciar en cada uno su propia forma de ser. El mayor, por ejemplo, es muy cariñoso, él me abraza e incluso repite lo que le he dicho a él cuando se enoja: “Ya mamá, enojarse es normal. Respira, cuenta hasta 10. Vamos, 10, 9, 8…”, o la que le sigue, una vez que me vio muy triste, me intentó consolar con comida (a ella le gusta mucho comer) “Mamá, ponte feliz, cómete un chocolate”.

En estos casi cinco años de ser mamá, mis hijos me han enseñado muchas cosas positivas. Con ellos he aprendido el gran valor de ser auténticos, que está bien ser imperfectos y que estamos aquí para dejar una huella. Yo no quiero que ellos crezcan pensando que está mal cometer errores, lo contrario, quiero que aprendan a levantarse cuando han cometido alguno, que sepan pedir perdón y perdonar a otros, a reírse de ellos mismos, y a mirarse con el mismo amor que los veo yo, cada día, aceptando sus fragilidades, y que eso no signifique un obstáculo para cumplir sus metas. Finalmente, lo que quiero, es que sean felices.

La idea obviamente es ayudarnos mutuamente a ser mejores. Por eso, desde el propio seno donde la impaciencia impera, quiero compartir con ustedes algunos consejos que me han ayudado a conservar esta virtud:

1.- No eres SuperMamá: Paradójicamente, en este momento llevo puesta una blusa que dice SuperMamá, que me regaló mi esposo. Para mí es una ironía, porque soy de todo menos un súper héroe, pero algún día le pondré el signo de prohibido.

2.-   Cuenta hasta diez: Ayer justamente tuve estas situaciones tensas de las que les hablo. Mi hijo le quiso dar de golpes a mi hija por un juguete y luego mi hija se echó al piso a llorar porque no pude acompañarla a lavarse las manos. Los dos fueron berrinches al mismo tiempo. Aquí conté hasta diez y me sirvió. Acompañé y esperé pacientemente a que mis hijos terminaran de expresar sus frustraciones y luego hablé con cada uno.

3.- Piensa en algo valioso y promete conservarlo:  Por ahí leí un consejo interesante. Una mamá se pone cinco ligas en un brazo, y cada vez que pierde los estribos se la cambia de brazo, y la única manera de volverla al brazo original es si tiene un gesto que repare su comportamiento.

Para mí, es muy valioso estar en gracia de Dios y dejar lindos recuerdos a mis hijos de su infancia. Así que cuando estoy en situaciones tensas, pienso en esa armonía que anhelo y que me gusta tener. Eso me motiva a conservar la calma.

4.- Pide ayuda: Hay días en que nada sale bien. Cuando los tengas, pide ayuda. Un día, en que sentía que todo me fastidiaba a mi alrededor, le pedí a mi esposo que se quedara con ellos dos horas. Salí a dar una vuelta, comerme un chocolate y comprar algo lindo para la casa. Realmente eso mejoró mi día.

5.- Cómprate algo lindo / Ten un momento para ti: Sí, suena superficial. Pero son cosas que ayudan. No esperes a tener momentos tensos para buscar ese respiro. Hazlo como un hábito. Y síguelo a rajatabla. Recuerda que ser mamá, esposa y profesional es dar todo de ti; pero también necesitas recibir, estos momentos que son tuyos, son para recibir. Recuerda, uno da lo que tiene. Si tienes armonía y paz en tu interior, eso darás a tu familia.

¿Cuáles de estos consejos has aplicado en tu vida como mamá ?