“Cuando pensaba en cómo sería ser mamá nunca se me pasó por la mente que fuera así de maravilloso y así de difícil”, escribe Juliana Achury, ya casi al otro lado de su depresión posparto.

Esta mañana mi hijo, sentado en su sillita de comer, tomó un pedacito de pan y lo partió en dos, se llevó el trozo más pequeño a la boca y luego me dijo “¿agua?” señalando el vasito que no podía alcanzar. Y luego me sonrió.

Con el corazón hinchado de amor tuve un flashback a hace un año y pensé en todo lo que ha pasado en estos últimos doce meses, lo grande que está él y lo mucho que yo he cambiado y mejorado en mi proceso de recuperación. Hace un año yo no podía dormir más de dos horas a la vez, lloraba constantemente y tenía que mentirle a todo el mundo diciéndoles que todo estaba bien.

La depresión posparto nubló mucha de mi maternidad inicial y me llenó de angustia y tristeza. Lo dije en el post pasado acerca de mi proceso, más que un sentimiento era un estado. Y más que una dificultad se convirtió en mi norma. Pensaba que ser mamá traía todos esos sentimientos y que debía entonces respirar profundo y proseguir el camino.

Sentía que me faltaba el aire y seguro mi bebé sentía lo mismo aunque era muy pequeño para expresarlo. Ahora desde la distancia veo que él también estaba angustiado porque me sentía mal.

Sufrir de depresión posparto fue como querer correr una maratón con ampollas en los pies: lento, doloroso, y arduo. Se logra, pero apenas. Lo que debería ser una experiencia extraordinaria se vuelve a veces una tortura. Ser mujer o mamá apenas no es suficiente.

Con el paso de los meses y con la mejoría que noto acerca de ese estado, veo que sentirme mejor y pedir ayuda no fue solo una necesidad sino mi obligación como mujer, esposa y mamá. Entendí que yo soy el soporte de mi familia y que si yo no estoy bien las paredes se derrumban o, por lo menos, comienzan a resquebrajarse. Para ser fiel a quien quiero ser en todas las facetas de mi vida debo estar bien.

Con ayuda, paciencia, amor, y determinación, la depresión ya no me acompaña. Es  un recuerdo que duele aún. No puedo decir que me hizo más fuerte porque en realidad me dobló en mil pedazos, pero me ayudó a darme cuenta quién quiero ser. Y cómo quiero ser.

Pero, como en algunas enfermedades, quedan secuelas. Como una bronquitis mal cuidada que nos deja con tos varias semanas, así es mi caso. Ya tengo claridad en mi vida y me siento más tranquila, pero quedan fragmentos débiles en mi ánimo en los que aún debo trabajar. En mi caso, esa tos crónica es un desorden de ansiedad que, aunque leve, aún ocupa un espacio sustancial de mis emociones y pensamientos.

Decía que creo en la medicina alternativa y en métodos menos invasivos. Pero también creo en la ciencia y en la medicina occidental; luego de muchos meses viendo que había mejoría pero que aún quedaba mucho por trabajar, decidí, en contra de la terquedad que me caracteriza, aceptar una medicación para la ansiedad. Me di cuenta que mucha voluntad a veces no es suficiente y que todas las buenas intenciones se quedan cortas cuando hay una enfermedad de este tipo. Porque, llamémosla por su nombre, la depresión y la ansiedad son enfermedades, como lo son la artritis o la pulmonía.

Hay mucho estigma al respecto y no me avergüenza hablar del tema porque creo que ser honesto normaliza el hecho que en el planeta hay cientos de miles de personas y mujeres que sufren como yo lo hice. Las mismas mujeres que no piden ayuda abrumadas por el que dirán o porque en la cultura hispana, en general y tristemente, tener una enfermedad mental se iguala y se disminuye peyorativamente a estar loco.

Tener depresión o ansiedad no me hacen menos ni más, pero tampoco me definen, yo no estoy loca. Como dicen, la verdadera locura es hacer lo mismo esperando resultados diferentes. Yo dejé de hacer lo mismo y busqué ayuda.

Espero la próxima vez que escriba acerca de este proceso sea para poderle poner punto final. Yo me recuerdo feliz y plena, claro que en otras circunstancias y con otra edad, pero sobretodo recuerdo la paz y la calma. Y hacia ese sentimiento es hacia donde me dirijo y hacia donde trabajo por llegar.

Ver a mi hijo aprender cosas todos los días y realizar gestos tan simples como partir un pedazo de pan me llenan de alegría y esperanza, y espero que toda esa felicidad de un hogar tan lindo como el que tengo, más la medicación psiquiátrica y mi terapia semanal con un psicólogo, me ayuden a sanar todos esos vacíos que aún tengo en el alma. Que ya son bien pocos, y bien pequeños.

Cuando pensaba en cómo sería ser mamá nunca se me pasó por la mente que fuera así de maravilloso y así de difícil. Pero con dificultades y tristezas, con todo lo malo, no cambiaría un minuto, porque ser mamá de este bebé me ha mostrado que la vida es más simple de lo que yo pensaba y que para ser feliz yo necesito muy poco. La verdadera locura sería querer cambiar esta experiencia por otra cosa.