“Aprendí que ser mamá de un bebé y dormir toda la noche sin que nadie llore son ideas que pueden ponerse en una misma frase”, escribe nuestra autora para explicar las ventajas del colecho.

“En mi casa vive un bebé de ocho meses y no hay cuna”.

Empezamos con una de esas de moda que les falta un lado y se sujetan a la cama. No dormíamos más de media hora continua en la noche. “Es que tener un bebé es difícil”, nos repetíamos mi esposo yo, mirándonos a las ojeras porque ojos ya no nos quedaban. El nuevo integrante, pegadito a mi pecho y aún con cara más de extraterrestre que de ser humano, nos miraba quedándose dormido.

Nueve meses estuvo en mi panza. Nueve meses calentito, mecido, acurrucado, protegido y acolchonado. Nueve meses de pura contención. Y de repente: frío, hambre, ruido, colocado a leguas de ese útero, porque los centímetros se miden en leguas cuando uno no sabe cómo hacer para atravesarlos. Y yo, que embarazada y con tanto amor había medido las alturas de los colchones para que quedaran al rás, me di cuenta de que no era una cuestión de altura.

Dos semanas después de nacer, descartamos la cuna de moda. Decidimos que nuestra cama era ahora también la suya. Aprendí a dar de mamar acostada. Aprendí a quedarme dormida con ganas de ir al baño. Aprendí a no tener miedo al despertar, a no buscarlo en pánico. Aprendí que nuestros cuerpos bailan una danza casi imperceptible pero tan, tan poderosa. Aprendí que ser mamá de un bebé y dormir toda la noche sin que nadie llore son ideas que pueden ponerse en una misma frase.

También aprendí que muchos médicos me iban a tildar de irresponsable, y que hasta yo con la cabeza llena de artículos de internet y advertencias, me iba a juzgar por poner a mi hijo justamente donde pertenece. Aprendí que la cuna y el bebé plácidamente dormido en soledad, no es más que una construcción cultural que nos entra por los ojos como nos entra el sexo barato, el fútbol arreglado o las papas fritas que no contienen papa.

Mi bebé no sabe estar solo. ¿Y acaso por qué tendría que saberlo? ¿Independencia y autogestión? Estas no son cosas que deba aprender un ser que ni siquiera entiende que yo no soy él y que construye su personalidad, su autoestima, su seguridad en función de mis abrazos, mis sonrisas y en función del ritmo de mi respiración.

Su papá y yo compartimos la misma cama. Nada más lindo que dormir abrazados. Que encontrar un tercer pie debajo de las sábanas. Que despertar en el medio del misterio de la noche y percibir el dulce peso de la presencia del otro. Los adultos dormimos acompañados. ¿Y mi bebé? Mi bebé debe dormir en una cuna, sin cubre barrotes, boca arriba y encima, sin despertar en toda la noche.

Por eso, pegadito a mí sé exactamente qué siente, cómo respira, si tiene frío, si se asusta, si algo le duele. Si sabe salir de un aprieto en el enredo de su propio cuerpito dormido. Sé que sabe que estoy ahí, a un manotazo de distancia, como siempre voy a estar. Sé que un día cuando realmente cuente, va a poder pegar ese manotazo en vez de encerrarse en sí mismo. Sé que noche a noche aprende a sintonizar su corazón al de otro ser humano. Sé que un día va a confiar. Va a confiar en el otro, en el mundo, en sí mismo.

No sé qué pasaría con un bebé si su mamá lo dejase durmiendo solo en un nido en el medio de la jungla. Pero no vivimos en una jungla, me dicen. Nuestra jungla es tan sofisticada que no podemos verla. En vez de repelente, necesitamos confianza. En vez de herramientas, necesitamos fuerza de voluntad. En vez de agua, baldes y baldes de amor.

Hoy mi bebé tiene casi nueve meses. Me dicen que me voy a arrepentir. Que me voy a despertar con patadas en la cara. Que no lo voy a poder sacar nunca mas de mi cama. Me dicen que lo estoy malcriando, ahogando y un montón de cosas más. Yo confío en él. Confío en sus ganas de ser él mismo, en su sed de vida. La veo en sus ojos. Confío en sus sueños, veo su insistente autonomía, conozco su inercia de hombrecito lanzado, curioso, inquieto. Confío en que un día va a salir por la puerta del cuarto, de la casa, del mundo, sin mirar atrás más que para sonreír.

El colecho no es para cualquiera. No es cómodo. No es fácil. No es seguro en cualquier circunstancia. No se improvisa ni se hace por moda, conveniencia u obligación. Tampoco es aceptado ni publicitado en las revistas, porque los brazos, el calor del cuerpo, el olor a mamá osa no se vende en un frasquito.

El colecho se respeta, se diseña, se evalúa con honestidad y con entrega. Se integra con humildad, o se descarta con autocompasión y honra. Para mí, el colecho es simplemente algo que me salvó de andar dormida por la vida, en todos los sentidos de la palabra.

Y tú, ¿Ya intentaste probar este método para dormir con tu bebé?