¿En verdad nos conformamos con un desayuno en la cama, el dibujo o la artesanía que, a pedido de la maestra, nuestros hijos hacen en el jardín de infantes? Algunas mamás responden.

Tendría unos diez años y con mi padre deseábamos que por fin llegara ese segundo domingo del mes de mayo para darle a mamá su regalo del Día de la Madre: una batidora color naranja rabioso. Fue un regalo que duró muchos años. Con ella mi mamá me cocinó las tortas marmoladas más ricas del mundo hasta que me fui de casa. Hoy ya no se venden batidoras tan duraderas, ni las madres queremos que nuestros hijos nos regalen una para celebrar nuestro día. ¡Por favor, cualquier cosa menos un electrodoméstico!

Cada Día de la Madre, y más aún desde que lo soy, me pregunto lo mismo: ¿Está bien que exista ese domingo especial para nosotras las madres? En mi país, Uruguay, es en mayo al igual que en la mayoría de los de la región (Ecuador, Guatemala, México, El Salvador, Cuba, Brasil, Perú, Puerto Rico, Venezuela, Nicaragua y Colombia).

¿Qué esperamos para ese día? ¿En verdad nos conformamos con un desayuno en la cama, el dibujo o la artesanía que, a pedido de la maestra, nuestros hijos hacen en el jardín de infantes? ¿Pretendemos que maridos e hijos corran al shopping por nosotras? ¿Debemos seguir el rollo comercial y exigir nuestro regalo?

Esto no era con lo que soñaban sus fundadoras, las activistas estadounidenses, Anna Maria Reves Jarvis y Anna Marie Jarvis, madre e hija, allá por el año 1900. Ellas lucharon por un día especial que reconociera a las madres trabajadoras que además de tener que ocuparse de las tareas hogareñas y crianza de los hijos, debían salir a trabajar por distintas necesidades, en tiempos más duros para la mujer. En 1914 el presidente de Estados Unidos, Thomas Woodrow Wilson, lo declaró como un día de fiesta para las madres en general. Se fueron sumando otros países, y hoy, el día se festeja en unos 50 países.

Anna Maria Jarvis, hija, vivió sus últimos años luchando porque su propósito no era convertir la fecha en un evento comercial tal como lo conocemos ahora, se dice que sufrió varios arrestos por sus manifestaciones.

Analía, mamá de Clara, Juan Pedro y Tomás, me confesó que el día no le ilusiona demasiado, pero que igualmente lo festeja. “Sigo la corriente”, fueron sus palabras. Desde que es mamá su percepción cambió un poco. “Estos días comerciales, de la madre, el padre o del niño, no me convencen tanto. Me dan pereza”, dice, a pesar de que de niña en su familia siempre se vivieron con mucha intensidad y recuerda el ritual que era ir con su padre y hermanos a comprarle regalos para su mamá. Ahora que Analía trabaja en un colegio, para ella lo más lindo es recibir lo que le preparan los alumnos y, más todavía, las cartas y dibujos de sus hijos, “maravillosas ofrendas”, así las describe.

“El regalo me lo compro yo”, me cuenta sin ninguna timidez Fabiana, mamá de María Paz y Belén. Mi amiga prefiere ser práctica y, así, evitar tener que ir a cambiarlo, pues su marido nunca acierta.

Fabiana comienza a disfrutar de su día mucho antes, paseando por el shopping/centro comercial, eligiendo su regalo, tranquila, sin culpas. A escondidas de sus hijas se lo da a su esposo que acepta encantado. El desayuno en la cama también es a petición de la celebrada. “El sábado me toman el pedido ¡y el domingo de mañana lo tengo listo! ¿Qué más quiero? Pasar un día tranquilo, sin hacer nada: ese día yo no cocino, no lavo, no tiendo camas, no hago nada. El Día de la Madre, es mi día”, dice Fabiana sin dudarlo.

Y el mío también. Me gusta festejarlo con un poco de todo. Un regalo sorpresa, humilde, del que se encarga mi marido, quien tiene buen gusto e intuye lo que quiero. Un desayuno en la cama, ¡si es con una flor, mejor! Y las cartas de mis hijos. Tengo mellizos de 11 años que ya las escriben sin ser una obligación impuesta por la maestra, y que me dicen cosas sinceras como “mamá, disfrutá más de la vida, no rezonges tanto, no grites, que te hace mal”. Y tienen razón.

Quizás dentro de unos años opinaré como mi amiga Patricia. Ella tiene cinco hijos ya adultos y su sueño es despertarse y tenerlos a todos en su cama como cuando eran chiquitos. “Pero han crecido y ya hasta festejan sus días de la madre, así que agradezco que hayan crecido, que quieran homenajearte compartiendo un rato, un almuerzo, el té o la cena, o lo que a ellos les venga mejor y que ese compartir no sea por obligación sin porque les gusta hacerlo”, me cuenta.

Y sí, cuando hacemos cosas que sentimos de verdad, quedan buenos recuerdos como cuando elegimos con mi papá aquella batidora color naranja rabioso, que mi mamá usó para hacerme las tortas marmoladas más ricas del mundo.