Pasa a menudo que los problemas de salud, como los miomas, nos hacen abandonar el sueño de ser madres. Pero falta un poco de persistencia, como la de nuestra autora, para seguir adelante con lo que realmente se desea.

En casa de mis padres guardo un libro desde que tenía trece años. Es uno de ciencias naturales. Su contenido académico no guarda nada especial para mí, pero sí una carta que escribí en la parte de atrás: es un saludo de la Andrea adolescente a la del futuro, o, mejor dicho, a las del futuro. Le escribo a la Andrea universitaria, a la Andrea ennoviada, a la Andrea ya casada y madre y a la Andrea anciana con nietos. Y sí, desde muy chica siempre tuve el sueño y deseo de tener mi familia, de ser madre.

Sin embargo, a veces lo que nos sucede en la vida nos hace cambiar el pensamiento y el 2017 fue un año bastante difícil para mí. En marzo perdí a mi papá de corazón. Su adiós fue imprevisto. Solo fueron cinco días en la unidad de cuidados intensivos. Como médico, a sus 83 años aparentemente tenía su salud controlada, como siempre lo había hecho.

El saber que habíamos dejado que él se hiciera cargo de su salud y la de mi mamá, nos hizo recapacitar a mi hermana y a mí. Así que en abril nos pusimos a agendar citas con médicos especialistas para nuestra madre. La primera fue con el ginecólogo. Es entonces cuando inicia mi historia.

Con mi hermana aprovechamos para sacar cita también para nosotras y hacernos los chequeos necesarios. Una semana después la noticia inesperada para mí: tenía dos miomas en mi útero. Enterarme de ello en ese momento difícil fue devastador. Yo había ido por rutina, no porque me sintiera mal. No me lo esperaba. Miomas. La palabra me sonó super fuerte y también lo sentí así. El único consuelo que tuve fue que no eran grandes. La operación podía ser en un año, me dijo entonces el médico.

¿Una intervención quirúrgica en mi útero cuando aún no he sido mamá? ¿Y si sucede algo y termina mi posibilidad de serlo? Fueron preguntas que me venían, una y otra vez, hasta que mi hermana se acordó que una homeópata, amiga de mi papá de corazón, ayudó a una de mis amigas para que los miomas salieran de su útero y así la operación fuera más fácil. La busqué y empezó a trabajar conmigo. Eso sí, debía guardar una dieta estricta y seguir sus consejos al pie de la letra porque antes tenía que sanar otros problemas, como mi colon irritable. Al inicio, aunque costó llevar una nueva rutina alimentaria, fue un poco más fácil porque trabajaba independiente. Pero retomar el trabajo de oficina me hizo caer otra vez en las tentaciones de la rica comida rápida. Adiós dieta.

Septiembre llegó y otra noticia en contra de mi salud. Un prolapso en la válvula mitral fue el resultado de unos exámenes que explicaban el porqué de los dolores continuos en mi brazo izquierdo, las corrientes y las fuertes punzadas en mi pecho.

Miomas, un prolapso… y ver a mi hermana más irritable que mi colón, superada por las hormonas aún un año después de dar a luz a su hijo. ¿En realidad quería ser madre? ¿Estaba preparada para serlo? ¿Y si mi salud no era la ideal para que mi hijo naciese sano? Empecé a dudar y el sueño se fue desvaneciendo.

En septiembre también me mudé de ciudad. Aproveché el pretexto de ser forastera para finalmente bajarme el famoso Tinder. No perdía nada. Por chat entré en contacto con algunos hombres hasta que conecté con uno: espontáneo, de buen sentido del humor, responsable, con trabajo, pero también divorciado, con tres hijas y una biopsia. La relación iba bien. En realidad, no estaba segura de si quería ser mamá. Así que ese cuadro no me molestó hasta que llegaron las fiestas de diciembre y con ello el repaso sobre lo que uno ha hecho y lo que se replantea.

La relación no llegó más allá de enero. Lo decidió él. Me dijo que ya no sentía igual, que, aunque a veces no decimos nada, las vibraciones llegan cuando algo no va bien, y él sentía así. Y sí, desde fin de año yo estaba dudando día a día. La ruptura, como siempre, me pasó factura (el duelo, como suelen llamarle), pero también me hizo revisar lo que venía haciendo con mi salud y lo que en realidad quería y quiero para mí. Y sí, desde pequeña quiero tener mi familia. Así que, como me dijo un amigo, debo estar lista y preparada para el momento en que el indicado llegue.

He retomado la dieta que me envió la homeópata: no carnes rojas, no pollo (solo si es de campo alimentado con maíz), no embutidos, no lácteos, no azúcar, no harinas. Difícil, ¿verdad? Sin embargo, esa prohibición tiene lógica: la carne que compramos en los supermercados por lo general no proviene de animales felices, sino de industria. Solo hay que ver el documental Ámame enCARNEcidamente para entenderlo.

Y acá en Quito, la ciudad donde vivo desde hace algunos meses, he encontrado un ginecólogo que combina lo que aprendió en la academia con la homeopatía. Un médico como mi papá de corazón: que no se cierra a la medicina convencional para poder sanar los cuerpos. Y en ello estoy ahora. En pocos días tengo la primera cita con él. A seguir trabajando y no perder la fe, que la Andrea adolescente debe recibir respuesta.